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Leer ‘Rebecca’ con los ojos de la ‘nueva mujer’

Rebecca (1938), de Daphne du Maurier, quizás nos sonará más por la adaptación cinematográfica de Alfred Hitchcock (1940) que por la novela. Sin embargo, la obra de du Maurier sigue resultando perturbadora y visionaria hoy en día, y contiene muchos detalles que merece la pena explorar.

Además, ninguna de las múltiples versiones audiovisuales ha conseguido todavía capturar la complejidad del libro, inspirado por dos narrativas victorianas que se entremezclan: Jane Eyre (1847) de Charlotte Brontë y el cuento popular de Barba Azul.

Du Maurier reescribe estas dos historias en un contexto de principios del siglo veinte, y de esta manera reflexiona sobre discursos culturales de la época en torno al matrimonio y la emancipación de la mujer.

La novela consigue todo esto a través de un personaje ausente pero omnipresente: Rebecca, la difunta mujer del señor de Winter. De él se enamora abruptamente la inocente protagonista y con él se muda a su mansión de Manderley, convirtiéndose así en la segunda señora de Winter. Obsesionada con la imagen que otros personajes y ella misma tienen de la primera señora de Winter, la protagonista pone de manifiesto el deseo de acercamiento al modelo de feminidad transgresiva que simboliza Rebecca, como versión a la vez temida, satirizada, pero, de alguna manera, idealizada de la nueva mujer.

Barba Azul y la loca del desván en Jane Eyre

La fábula de Barba Azul, esa historia sobre un hombre adinerado que asesina a una serie de mujeres curiosas que entran en la cámara prohibida de su mansión, se reformula en Jane Eyre y se convierte en algo más que un aviso moralista sobre los peligros del matrimonio para las mujeres. En esta novela, la protagonista rompe con el ideal de mujer sin deseo que la sociedad victoriana espera de ella al enamorarse de Rochester, el Barba Azul de Brontë, a pesar de que este tiene encerrada a su primera mujer, Bertha Mason, en el ático de su mansión Thornfield Hall.

Tachada de loca para justificar su confinamiento, a Mason se la considera la doble de Jane porque puede verse como una encarnación de la parte más liberada y pasional de la protagonista. Esta conexión la une de manera subversiva con la noción de la mujer caída de la época. Esta se caracteriza por su feminidad transgresiva en contraposición a la concepción del ángel del hogar, un ideal patriarcal que relegaba a la mujer exclusivamente al ámbito doméstico y a una feminidad restrictiva y recatada.

Sin embargo, la relación entre Jane Eyre y Bertha Mason podría decirse que se construye a nivel metafórico, y está teñida de visiones patriarcales y coloniales que dejan a Bertha en un segundo plano.

La ideación de Rebecca como mujer excéntrica

La narrativa de du Maurier traslada el modelo transgresor de Jane Eyre a su contexto, en el que la aparición de la figura de la nueva mujer suscitaba recelo entre las esferas más conservadoras ¿Y por qué?

Esta figura representaba la transición social a una nueva época en la que las mujeres tenían un poco más de margen para cuestionar los roles de género que les eran impuestos, gracias a las luchas sufragistas que surgieron con el cambio de siglo y a su progresiva inclusión en la esfera pública. Sin embargo, al ser una figura de transición entre el orden antiguo y el nuevo, estas mujeres aún eran en gran medida económicamente dependientes y podían ser socialmente castigadas si se alejaban demasiado de los roles de género aceptados.

La imagen de Rebecca que la segunda señora de Winter va reconstruyendo en base a relatos de otros corresponde con la idea de sujetos excéntricos de Teresa de Lauretis, un concepto que ayuda a entender lo que significó la nueva mujer.

Como excéntricos, estos sujetos toman una “posición crítica excesiva… que se logra sólo por medio de prácticas del desplazamiento político y personal a través de los límites de las identidades sociosexuales y de las comunidades, entre los cuerpos y los discursos.”

Rebecca es recordada como una mujer transgresora debido a su sexualidad y, de hecho, la novela sugiere que tenía amantes extramaritales de distintos géneros. Además, se la describe de alguna manera como una mujer determinada y en sintonía con características tradicionalmente “masculinas”; como sus habilidades ecuestres y navales, o su presencia autoritaria.

Estos atributos son en ocasiones exagerados, lo que favorece la sensación de agobio que sufre la segunda señora de Winter en Manderley. También se aproximan a la sátira de la nueva mujer que las facciones más conservadoras del cambio de siglo intentaban propagar.

Aun así, la “sin nombre” señora de Winter, en su intento de acercarse más a la presencia excéntrica de la primera mujer, termina sufriendo una metamorfosis de alguna manera. Eso no sólo la hace comportarse como cree que Rebecca lo haría, sino que le da las herramientas para romper con lo que se espera de ella al acercarse a un modelo de feminidad fuera de la norma al final de la novela.

Revisitando la herencia de Villette

Pese a que Rebecca se ha estudiado generalmente en relación a Jane Eyre, hay otra novela de Charlotte Brontë que nos muestra una relación similar a la que se da entre las dos señoras de Winter.

En Villette (1853) encontramos también una idealización por parte de la protagonista, Lucy Snowe, mucho más explícita y detallada que el vínculo que se puede inferir entre Jane y Bertha.

Ante una representación teatral del personaje bíblico de Vashti, la primera mujer del rey persa cuyo destino influye en el de su segunda mujer Esther, Lucy la describe en términos similares a Rebecca, tanto en su apariencia física como en su actitud. Lucy considera que Vashti, aunque a veces demonizada, no es “ni una mujer ni un hombre” y desea acercarse al sufrimiento con fortaleza incluso en situaciones adversas.

Aunque el personaje resulta ambivalente y orientalizante, Lucy no solo la admira, sino que consigue imaginarse y acercarse a identidades no normativas a través de la ideación excéntrica que hace de Vashti. De esta manera, se puede interpretar la relación entre la segunda señora de Winter y Rebecca de formas que van más allá de una dramatización de la idea patriarcal de rivalidad entre mujeres.

Incluir a Villette en estos debates es clave para reconsiderar la enorme influencia de las mujeres excéntricas y revalorizar el deseo transgresor de acercarse hacia modelos de feminidad alternativos, algo que contradice directamente ciertos discursos de la cultura patriarcal hegemónica.

Cuando se estrenó la última adaptación de Rebecca en Netflix (2020), un artículo en The Guardian argumentaba que no era necesaria, porque ya contamos con numerosas versiones de la novela. No obstante, seguimos y seguiremos necesitando revisitar Rebecca, porque solo así se logrará reconocer el legado de las mujeres excéntricas.

Tráiler de la adaptación de Rebecca en 2020.

Desde luego, ya va siendo hora de dejar atrás concepciones patriarcales y hegemónicas cuyo interés es perpetuar la fantasía del amor romántico o de feminidades restrictivas que han imperado en las reescrituras populares de la narrativa de du Maurier. En este sentido al menos, quizás no hayamos sido, hasta el momento, más perspicaces que nuestros antepasados victorianos.

Marta Bernabeu – The Conversation

Redacción

Luchando contra la información manipulada y tendenciosa. Periodismo incómodo.

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