Iria Bouzas

El 8 de marzo del 2018 fue un día mágico para el feminismo.

Después de muchos años de trabajo atomizado, después de muchísima incomprensión y después de habernos cargado a las espaldas con el peso del rechazo sistemático por parte de muchos sectores de la sociedad, ese día las feministas vimos como las calles se llenaban reivindicando la lucha que, por fin, se había entendido que no era nuestra y que era de todas y para todas.

Han pasado ocho meses desde entonces. Unos meses en los que hemos visto como muchos de los que hasta entonces nos intentaban denigrar transformaban a golpes de encuestas de intención de voto en acérrimos defensores (cuando no intentos de líderes) del movimiento feminista.

Meses en los que hemos empezado a ver como se ponían en marcha medidas reales para llegar a lograr la igualdad por la que venimos trabajando generación tras generación a lo largo de la Historia.

Durante este tiempo, cada vez más, los mensajes feministas se han ido sucediendo en todos los ámbitos de nuestra vida y lo han hecho cada vez con una mayor normalidad y una mayor aceptación.

Y ocho meses después, en vez de seguir luchando juntas, en vez disfrutar de lo conseguido y en vez de estar planteándonos las próximas metas, lo que hemos hecho es ponernos a discutir entre nosotras de una forma que resulta de lo más peligrosa para mantener lo construido hasta ahora.

Alguien de un partido político, en concreto de Podemos, ha dicho que hay que “arriesgar el sujeto político del feminismo” y a partir de ahí nos hemos lazando a pelearnos entre nosotras de una forma que a mí me tiene dividida entre las ganas de llorar y las ganas de mandar todo a la mierda.

No voy a dar ni quitar razones sobre el tema de discusión en este artículo. Tengo mi propia opinión y es pública pero no es el tema que quiero tratar hoy.

Lo que ahora mismo me desespera son los modos en los que estamos tratando la primera discrepancia grande que ha surgido desde el 8 de marzo.

No nos hemos planteado un debate. No estamos discutiendo ni opinando. ¡Para nada!. Directamente hemos guardado la sororidad en el fondo de un cajón, la hemos olvidado ahí dentro y nos hemos dedicado a comportarnos como el estereotipo de mujer que siempre le ha gustado tanto a algunos echarnos en cara.

¿Y lo peor? El desprecio y la sensación de superioridad intelectual con las que veo que estamos empezando a tratarnos lasa unas a las otras en función de lo que pensemos al respecto.

Si en un movimiento político como es el feminismo no existe la premisa básica entre sus integrantes de que pueden existir diferencias de opinión y que estas deben ser respetadas entonces ese movimiento terminará pareciéndose más a una secta que a un elemento que pueda ser transformador de la sociedad.

¡Sorpresa! ¡No existe la verdad universal!

El “yo tengo razón y tengo que destruir a los que me lleven la contraria” además de infantil, es que es estúpido.

A lo largo de un camino que por definición va a ser largo y duro, vamos a tener cientos o miles de debates. No somos una masa uniforme de cabezas cuadradas que piensan lo mismo. Es más, si eso fuese lo que la mayoría desea por mi parte me bajo aquí desde este mismo momento.

Somos mujeres diferentes, con vivencias diferentes y con formas distintas de interpretar la vida. Si eso empobrece nuestra lucha en lugar de enriquecerla, es que hay algo estamos haciendo de pena.

Hablamos del próximo 8 de marzo y yo ya no estoy segura de que si no nos imponemos todas un poco de sentido común, un poco de respeto y sobre todo un poco de capacidad de escucha ante las opiniones diferentes, esta vez no vayamos a provocar que sea un rotundo fracaso. Y no quiero imaginar entonces como van a aprovechar las circunstancias algunos.

Es increíble lo que hemos hecho hasta ahora. Yo, por mi parte, siento muchísimo orgullo de ser una parte de todo esto.

Pero si por cerrazón e incapacidad de comunicarnos, nos lo llevamos por delante, no sé como vamos a poder soportar la vergüenza cuando tengamos que mirar a la cara de las que ahora son niñas y explicarles que nosotras pudimos cambiar las cosas para ellas pero que no quisimos porque estábamos ocupadas peleándonos.

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Gallega sobre todas las cosas. Directora comercial. Escribo en Diario SXXI, Papel de Periódico y Contrainformación.

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