¿Por qué lloran las cunetas?

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Por Javier Díaz Ortiz @JaviRanvich

La Guerra Civil fue un conflicto armado acaecido en España entre 1936 y 1939, y que finalizó con el triunfo del bando militar golpista. Así lo dicen los libros, y así lo quiere creer la Historia. Pero es bien sabido que las guerras no terminan cuando se dispara la última bala. Un enfrentamiento así abre heridas muy profundas, heridas que maltratan la conciencia de un país. El dolor causado por la pérdida de un ser querido nunca desaparece, solo se aprende a convivir con él. Pero, ¿cómo hacerlo cuando la injusticia de su muerte no puede ser investigada?

Más de 114.000 seres humanos desaparecidos. Personas que fueron arrebatadas de sus familias y condenadas al olvido. Una cifra que le ha valido a España el segundo puesto en el ranking mundial de desapariciones forzosas sin investigar, únicamente superada por Camboya. Los delitos cometidos durante la Guerra Civil y la posterior dictadura han transcurrido más allá de su consumación. Delitos como Crímenes de Guerra, Crímenes contra la Humanidad e incluso un posible delito de Genocidio, no han sido investigados como exige el Derecho Internacional y la observancia de los Derechos Humanos.No es odio ni rencor. Es dolor. Es recuerdo. Los crímenes del fascismo durante la guerra y el franquismo hieren hasta el día de hoy. Cada minuto que siguen olvidadas miles de personas es un paso más lejos de un país democrático, responsable de su pasado y consecuente con la justicia. La condena de las familias ha perdurado en los años, sobreviviendo a cambios de régimen y de gobierno.

El sufrimiento de quienes no pueden despedir a los suyos ha sido ignorado por la Constitución y por los sucesivos gobiernos desde la finalización de la dictadura franquista. Esta ignorancia culminó a las 14:35 horas del 14 de octubre de 1977 siendo aprobada, por una abrumadora mayoría de 296 votos, la Ley de Amnistía. La amnesia por decreto pareció la solución más efectiva de acallar las voces críticas que demandaban la detención y procesamiento de los responsables de los crímenes fascistas. Una medida condenada, entre otros organismos, por el Consejo de Europa, la Alta Comisionada de Naciones Unidas para los Derechos Humanos y el Grupo de Trabajo contra las Desapariciones Forzosas de la ONU.

Sin embargo, la gravedad de esta amnesia provocada no reside en la mera exhumación de los cuerpos o el encarcelamiento de los responsables. La mayor atrocidad de todas es la complicidad silenciosa de una sociedad que se hace llamar democrática y respetuosa con los Derechos Humanos. Somos responsables de nuestra memoria histórica; somos el fruto de un proceso manchado de sangre que no podemos ignorar. No es una venganza sino un acto de humanidad, una liberación de nuestras conciencias. Su huella perdura en todas las personas que todavía buscan a sus padres y madres, hermanos y hermanas, seres queridos que yacen olvidados en una fosa a la espera de una sociedad valiente que se cuestione por qué lloran las cunetas.

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