Por Chus Martín Bravo

Ignacio Castro muestra una gran fascinación por el lenguaje y quienes lo conocemos lo sabemos. Desde el punto de vista del lenguaje literario, Lluvia oblicua (Pre-Textos, 2010) tiene fundamentalmente dos características: la oración simple asertiva («ser adulto aleja de la verdad») y la oración subordinada compleja, en donde abundan las paradojas y las antítesis: «el recuerdo del porvenir»; «cuanto más baja el corazón a sentir cómo las cosas sufren, más tiene que subir y armarse la cabeza».

Creo que esas dos características señaladas tienen lógicamente mucho que ver con el contenido de sus exposiciones, pues hace afirmaciones rotundas que crean un espacio muy delimitado y, por otro lado, realiza una filosofía de lo sensitivo -iba a decir del devenir, pero  creo que lo temporal no es tan potente como lo espacial en su texto-, y que llamaría de lo terráqueo más que terrenal. Pues es de la tierra y de lo subterráneo, que nos constituye, de lo que Castro habla. De ese subsuelo que no se deja mostrar porque vive ahogado en un orden plástico y virtual.

Lo sensitivo terráqueo que señalo es lo que, según Ignacio Castro, queda constreñido y ocultado bajo la capa de la plasticidad técnica imperante, en una sociedad homogeneizadora que no solo desubjetiva el primordial ser común, sino que trata de insensibilizarlo y dejarlo inerte. La tarea titánica de su filosofía es mostrar ese humus una y otra vez en un texto que recorre las espesuras de lo existencial: de lo emocional a lo verdadero, de la belleza al orden imperante, de los huecos de la lógica a lo que se muestra como real.

Ignacio Castro Rey Lluvia Oblicua
Ignacio Castro Rey Lluvia Oblicua

Lluvia oblicua es como una cascada de agua, de ideas y pensamientos que nos recorren de principio a fin, un libro cuya tarea es repetir que hay un ser «verdadero» por debajo de esta superficie artificial y gritona. El libro entero bordea y trata de rescatar lo subterráneo de nuestro ser, una presencia imborrable que se oculta tras una costra que no permite huir, una inmensa superficie asfixiante. Pero se trata de una filosofía poética donde el texto se llena a menudo de potentes imágenes. Imágenes clásicas de opuestos: cabeza y corazón. O metáforas de la naturaleza: tierra, subterráneo, raíz, niebla, tiniebla, luna, lluvia… Un encadenamiento muy «gallego» porque entronca con esa sensitividad de su homónima, Rosalía de Castro, que no cesó de buscar ese algo que se escapa en sombras, entre nieblas de una realidad fugitiva.

En su libro de 2018, Mil días en la montaña (Roxe de sebes), la naturaleza cobraba animismo en la sensibilidad de la contemplación, en un modo de estar que transciende lo histórico y que enlaza con un absoluto sensible. Pero ese estar en la naturaleza, esa materialidad atemporal y eterna, cobraba también individualidad y memoria, configurando la experiencia humana. Este nuevo texto podemos entenderlo en cierto modo una continuación de aquel.

Aquel libro era la poesía de los instantes naturales. En Lluvia oblicua el lenguaje es principalmente el de la abstracción, pero sirviendo a un texto que dibuja lo inasible dentro de un orden histórico que trata de hacerlo desaparecer.

Castro Rey inicia cadenas semánticas que se repiten, junto a enumeraciones sobre el orden social imperante, que se presenta esencialmente como enemigo. Tierra y ser riman con absoluto. Oscuro, con lo real humano, una sombra temerosa en esta sociedad clasificatoria. La raíz oscura que no cambia tiembla frente a la fútil identidad servida a domicilio. Ingestas de series, tribus radicales, sexualidad tántrica, ecoansiedad, ejecuciones informativas, cocina de fusión, géneros de cruce, pornoterrorismo, música ambiental programada: vivimos bajo la proliferación engañosa de simulacros.

Desde el abrirse al ser heideggeriano, al insolente nietzsheano que espera endurecerse afrontando el desamparo, pasando por el estoicismo o la religiosidad, cualquier camino le parece a Castro Rey mejor que adaptarse al orden de esta seguridad, al confort y la superficialidad comunicativa. Lluvia oblicua cita muchas películas y autores que han reflejado lo oscuro del ser que resurge: Agnes dei y Boyhood, Rilke, Tolstoi, Lispector, Kafka, Beckett, D. Foster Wallace…

Ignacio Castro no puede dejar de dialogar con sus filósofos de cabecera, Nietzsche y Heidegger, pero trae a su recorrido las otras voces de su formación filosófica. Platón y Aristóteles, abuelos queridos, aparecen junto a unos cuantos nietos también cercanos: Benjamin, Adorno, Deleuze… Sin faltar Freud y Lacan. Son muchos los que no cito, para no hacer una pesada enumeración.

Lluvia oblicua es un libro de filosofía que quiere insolentar a los poderosos y al orden social reinante, sobre todo anglosajón. Los poderosos son una élite desalmada, con muy distintas ideologías y un gran superyó. Castro presenta a los pueblos como la multitud de los débiles que reconocen a sus semejantes, aquellos que tienen que endurecerse para sobrevivir y no sucumbir. Por eso «La humanidad sentimental debe huir de los mimos y de las facilidades como si fueran la peste».

El título Lluvia oblicua solo lo podemos entender como algo opuesto a la horizontalidad del orden establecido. Pero Castro Rey ha elegido un título poético porque se da cuenta de que, en la amalgama que somos, lograr salir de la funda plástica para ver requiere demasiadas perspectivas, donde no es fácil la separación. De ahí la paradoja y las antítesis que aparecen de continuo.

Ignacio Castro dice al comienzo: «Se estudian unas potencias corporales cuyo órgano de fondo es el desierto de la condición humana». Lo subterráneo, la raíz y lo antiguo no han podido sustraerme al origen de su autor, Galicia. Me han venido a la mente sus lugares «naturales», en los que ha nacido a la filosofía necesariamente. Su maravillosa casa familiar junto a Santiago, rodeado de bosques en los que encuentras un riachuelo corriendo en el jardín de una casa llena de historias y piedras antiguas con musgo.

A Rosalía de Castro se la ha comparado con muchos poetas, en especial con Bécquer por su sensibilidad exquisita. Hay quien, como Aurora Albornoz, la considera precursora del Modernismo simbolista por cuanto ha sido una autora dedicada al «canto lírico de voz baja con música de alas, aire y sombras». Poemas breves en donde lo que se pretende reflejar es la sensibilidad de la existencia, su dolor. En paralelo, la de Lluvia oblicua es una literatura que vibra con la naturaleza y sus elementos, algo también experimentado por su autor en el anterior Mil días en la montaña.

Me parece que, en esta experiencia, filosófica y poética, se muestra donde uno se abre al ser que siente y sufre esa existencia. Tratando de abordar lo indecible. Esto es lo que Ignacio Castro intenta en Lluvia oblicua.

Chus Martín Bravo, profesora de Lengua y Literatura