Por Javier Díaz Ortiz @JaviRanvich


Rodear el Congreso no es una amenaza a la democracia, como piensan algunos, sino un refuerzo. Un acto legítimo de soberanía que pone de manifiesto el sometimiento de los poderes públicos a la voluntad popular en un momento en que algunos de sus representantes han optado por la abstenerse de aceptar su responsabilidad con las personas. Hoy que las instituciones parecen secuestradas por trajes elegantes y corbatas apretadas, que siglas históricas han sido enterradas en cal viva, que venden nuestra dignidad a plazos a Bruselas; hoy es más necesario que nunca.

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Ilustración de El último mono

No somos golpistas. Nadie pretende irrumpir en el hemiciclo a punta de pistola; eso ya está muy visto en este país. Los diputados y diputadas allí reunidos han sido elegidos, aunque con muchas carencias, de forma democrática. Pero el riguroso respeto al resultado electoral no es incompatible con la libre manifestación. De hecho, la participación electoral y la protesta ciudadana no son sino vías complementarias en la expresión de la voluntad de la sociedad.

Es el pueblo, constituido por la totalidad de personas que habitan este país, el emisor único e inalienable de soberanía. De esta forma, las instituciones, que adquieren legitimidad por nacer de la voluntad soberana, han de estar siempre sometidas a la voluntad popular en el ejercicio más básico y fundamental de una democracia. Si de verdad aspiramos a vivir en una sociedad justa y libre, no podemos entender la democracia como el derecho de participación electoral cada 4 años, sino como la relación de obediencia del poder hacia la ciudadanía, única depositaria del mismo, y que libremente lo administra para el interés común de todas las personas que la integran.

No hay que proteger la democracia de las manifestaciones sino de los traidores y de los que nos despojan de nuestros derechos

Es nuestro. El Congreso, el Senado, la Moncloa y hasta la indigna corona de su majestad. Nos pertenece todo por la naturaleza de su ser y de la legitimidad que lo sostiene. El control de las instituciones y el poder no se pide, se exige. Una firme voluntad que nos mueve como cuerpo único para recuperar lo que es nuestro, lo que nadie nunca nos debió arrebatar. No hay que proteger la democracia de las manifestaciones sino de los traidores y de los que nos despojan de nuestros derechos, ellos son la verdadera amenaza que hay que combatir. Un pueblo debe ser consciente de su responsabilidad central en la democracia porque, cuando las instituciones desobedecen su voluntad, la política se hace en la calle.

Nacido en Cebreros (Ávila), tengo 21 años. Estudiante de Derecho y Ciencias Políticas en la UCM. En colaboración con proyectos de Derechos Humanos, Derechos LGTBI y otras ONG. Coordinador de Opinión de Contrainformacion.es

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