Dos barrios al borde de la M30. Uno, en la parte interior del primer anillo de circunvalación de Madrid. El otro, en la parte exterior. Dos distritos, Arganzuela y Usera, separados físicamente por el estrecho y recuperado río Manzanares, pero con realidades sociales, laborales y económicas muy diferentes. En ambos lados, las mujeres organizadas preparan la manifestación que recorrerá este 8 de marzo las calles de la ciudad para reclamar la igualdad real. Mientras, la incidencia de la huelga feminista no se deja ver en la vida del barrio.

«Yo me lo he pensado esta mañana, pero…». En la fachada del mercado municipal Guillermo de Osma se sitúa una de las tahonas de Arganzuela que más clientela atesora. Son las diez de la mañana y la afluencia de público es todavía menor. Dos mujeres atienden la barra a un hombre ya mayor que compra el pan.

Ninguna ha hecho la huelga. «Hay que trabajar», apunta resignada la compañera. En el horno, tras una puerta, aparecen y desaparecen otros cuerpos de hombres y de mujer que siguen su quehacer.

Dentro del mercado, la imagen es similar. Los puestos abiertos y preparando la mercancía en los expositores. Tras los mostradores, mayoría de hombres. A este lado, ganan las mujeres. La edad media entre las clientas, alta. La huelga feminista es laboral, pero también de consumo, de cuidados y de educación, donde la presencia de las mujeres es abrumadoramente mayoritaria.

El 8M se cuela en las conversaciones mientras el mercado se prepara para la entrada de clientela, que todavía se retrasará un buen rato. Dos trabajadoras de sendos puestos del mercado comentan: «A mí esto no me representa», señala una. La respuesta llega en forma de ‘fake news’ con una referencia al supuesto «castigo» sin recreo a niños de un instituto de Huelva. 

Ambas reconocen que la igualdad entre sexos no existe y es necesaria. Y se lamentan de la violencia machista, sin etiquetarla así. Una de ella, rápidamente, acude a otro de los mitos reincidentes: las denuncias falsas. «Al hombre no se le escucha», asegura, mientras relata el caso de un conocido al que una mujer quiso denunciar sin que, al parecer, él hubiera hecho nada.

A la salida del mercado, la primera señal clara de que este viernes se celebra una protesta feminista. Una pintada en rosa decora la pared de un café recién inaugurado: «Juntas somos más fuertes».

Camino de Usera, al otro lado del río, hay que pasar por la Plaza de Legazpi. Nudo de comunicaciones entre el sur y el centro de la ciudad. En la boca del Metro, dos mujeres reparten propaganda sobre el 8M.

Pertenecen al colectivo EVA (Espacio Vecinal de Arganzuela), situado en unas naves municipales abandonadas anejas a la plaza. El Ayuntamiento tiene programado reconvertirlo en servicios dotacionales para el barrio, pero no llegará en esta legislatura.

«Mientras nuestros chicos cuidan a los pequeños y nos hacen la comida, nosotras hacemos este piquete informativo», apunta la mayor. Reparten información sobre los motivos de la huelga. ¿Tiene aceptación? «Depende. Hay brecha generacional. No es lo mismo los mayores que las jóvenes», asegura.

En un lapso de cinco minutos, varias personas se interesan por la información. No todas mujeres. Pero sí todas jóvenes. El trasiego de coches, taxis y personas por los alrededores es el habitual en un viernes del atípico invierno primaveral que vive la ciudad.

La Plaza de Legazpi se une con la Glorieta de Cádiz por el Puente de Andalucía, que cruza el Manzanares. Un poco más arriba, el Club Deportivo Moscardó y el metro de Usera, epicentro del barrio, que desarrolla su vida normal, con presencia masiva de hombres en las calles y labores.

A mediodía, un centenar largo de mujeres se concentra frente a la Junta de Distrito, en una gran plaza de reciente construcción que contrasta con los edificios que la rodean. 

La concentración se alarga durante una hora, mientras las promotoras negocian el uso de un megáfono para poder leer el manifiesto del 8M desde una posición elevada. Mientras, corrillos donde se comenta la jornada y, sobre todo, se prepara la manifestación convocada para las siete de la tarde.

«Hoy no he hecho ni las camas», asegura una de las mujeres presentes. «Le he dicho a mi marido, ahí te quedas. Y luego a la manifestación», zanja. 

Dos mujeres jóvenes llegan a la concentración con una gran figura de cartón. Es «el monstruo trifálico», que representa a una suerte de hidra de tres cabezas, con los rostros de Pablo Casado, Albert Rivera y Santiago Abascal. La definición que dio la ministra de Justicia, Dolores Delgado, en una entrevista en la Ser ha calado. Aunque ella luego renegó del invento, que consideró un error. «Yo quería decir derecha tricéfala, no trifálica», aseguró después.

A la convocatoria se unen tres mujeres con el uniforme de Correos. La huelga incluye también la opción de paros de dos horas. Tras la lectura del manifiesto por parte de dos mujeres jóvenes, se disuelve la concentración con la siguiente cita en la agenda para partir todas juntas desde ese mismo lugar a la marcha de la tarde.

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