Rebeca Torres

Esta es la historia de una mujer, pero podría ser la historia de miles de mujeres a las que le enseñaron que el amor era anteponer al otro sobre una misma, que perdieron su yo, que se fueron desdibujando en manos de un hombre que las quería moldear a su antojo, arrebatándoles su voluntad. 

Antes de llegar a ser mujer, esta niña que nació en 1977 tuvo una infancia feliz. Se sentía más mayor que lo que su cuerpo aparentaba y su cabeza siempre le hacía cuestionarse lo que le enseñaban o intentaban inculcarle. Le gustaba bailar y leer.  

Ilustración de Javier F. Ferrero

Con los años empezó a darse cuenta en su propia casa que a las mujeres y a los hombres no se le asignaban las mismas tareas. Su madre se encargaba siempre de todo lo relativo a la casa y su padre era el director ejecutivo de la misma. Se preguntaba por qué tenía que ser así. No le gustaba la idea de que cuando se hiciese mayor toda la responsabilidad de limpiar, cocinar, planchar… recayese en ella por el mero hecho de haber nacido niña.  

Los años fueron pasando sin grandes sobresaltos. Su carácter se fue forjando y llegando a la adolescencia, se prometió a si misma que ningún hombre determinaría que podía o no hacer, como se vestiría, como podía pensar. 

Fueron años apasionantes, el instituto y después la universidad. Conoció a muchas personas interesantes, empezó a tener un gran interés por temas sociales y políticos y fue descubriendo su sexualidad. Perdió su virginidad a los 18 años en una experiencia francamente decepcionante. A partir de este momento quiso ser tan libre como lo eran sus amigos hombres. Quería experimentar, conocerse, sentir lo que era el placer. Tuvo muchas relaciones esporádicas tanto con hombres como con mujeres. No quería faltar a su propia promesa e intentaba no implicarse emocionalmente. Si no sentía, no sufriría.  

Finalizo sus estudios universitarios y comenzó a realizar prácticas en un despacho de abogados con gran entusiasmo. Sentía que era una privilegiada. Pudo estudiar una carrera que le gustaba y tenía la idea ,quizás infantil, que podría cambiar la realidad ejerciendo como abogada. 

La vida que es una montaña rusa y todos estos sueños se truncaron por una hecatombe en el centro de su núcleo familiar. Despidieron a su padre por tener relaciones sexuales con una de sus secretarías. La admiración que tenía por él se cayó como un castillo de naipes. No podía entender como su madre había decidido seguir al lado de él. La situación en casa era insostenible y decidió dejar el despacho en el que no cobraba y buscar trabajo para poder escapar. En menos de un mes empezó a trabajar como teleoperadora y se independizó. 

A partir de estos acontecimientos no volvió a ser la misma. No sólo no quería perderse en una relación, sino que comenzó a desarrollar una cierta intolerancia a los hombres. Cuando menos se lo esperaba, habiendo cumplido 36 años conoció a un hombre 11 años mayor que ella. Sin darse cuenta, se enamoró de él. Se sentía feliz a su lado, podía ser ella, le podía contar todo. Fue absolutamente sincera con él respecto a sus relaciones sexuales y afectivas. Creía ver en él hasta cierta admiración, por ser y haber sido una mujer libre.   

A los 6 meses de estar juntos se fueron de vacaciones a Andorra y la realidad en la que vivía dio un giro de 360º. Ella no quería esquiar, le daba miedo y él comenzó a hacerle sentirse culpable. Al final accedió. Todo el cuerpo le temblaba al subirse a los esquíes y sólo pensaba lo hago por él, tengo que hacerlo por él. Afortunadamente el coche en el que habían viajado sufrió una avería y tuvieron que volverse antes de lo esperado. La compañía aseguradora les presto uno. El viaje de vuelta a casa fue horrible, sentía que se había autoestafado. Ella que se había prometido no renunciar a su yo por ningún hombre. Así que, decidió atacar el problema de raíz y dejar esa relación. 

Después de esa ruptura hubo muchas más, pero ella siempre volvía. Estaba enganchada a su presencia, tenía síndrome de abstinencia cuando no lo tenía cerca. Él fue consciente del poder que ejercía sobre ella y empezó a realizar un férreo control sobre sus movimientos, sus redes sociales, su teléfono. Ella no oponía resistencia, lo importante era que él estuviese tranquilo.   

Dos años de idas y venidas, de renuncias, de coacciones hasta llegar al punto de no retorno. Ella tenía un retraso con su periodo, pensaba que podía estar embarazada. En parte lo deseaba con toda su alma, pero en la pequeña parte de su cerebro que funcionaba aún de forma independiente sabía que ese hombre no quería ser padre de nuevo, sabía que esa relación era una auténtica cárcel y obviamente ninguna madre quiere criar a su hija en cautiverio. Se armó de valor y se lo contó a él. Ese hombre sólo acertó a decirle que se iba de vacaciones con sus hijas y que ese no era un buen momento para hablar de ese tema. Como ella se había acostumbrado a relegarse a sí misma a un segundo plano, se dijo a si misma que él tenía razón como siempre. Su carcelero se fue de vacaciones y ella decidió hacerse una prueba de embarazo, por supuesto no le diría nada a él, no había que molestarlo. El resultado de la prueba fue negativo. Sintió alivió y desolación al mismo tiempo. Tenía ya 38 años y pocas posibilidades de tener hijos en un futuro. Decidió contárselo a él, para que pudiese disfrutar más plácidamente de sus vacaciones. Como no le contestaba las llamadas, le envió un mensaje. Horas más tardes por fin contestó. Le decía que era una puta, que ese supuesto embarazo nunca podría ser de él, que era una ninfómana y miles de calificativos despectivos más. Ella sintió que no podía respirar, había hecho todo lo que él quería, todo para que estuviese seguro de sí mismo, todo para que él tuviese la autoestima alta. No podía más. Quería dormir y no despertar nunca. Su vida era una pesadilla de la que no quería ser protagonista. Se tomó una caja de imnoticos, desde que estaba con él sus problemas de insomnio se habían acrecentado, y sólo podía dormir con ayuda química. Se durmió de forma profunda, dejo de sentir, dejo de doler, por fin…  

Afortunadamente su madre llegó a tiempo, llamo a una ambulancia y consiguieron reanimarla. Tras salir del hospital se sentía una cobarde, una miserable. No había conseguido mantener a su lado a ese hombre, no había sido capaz tampoco de quitarse del medio. Los días y los meses pasaban y ella deambulaba por la vida en un estado de sedación permanente.  

Una mañana se miró al espejo, hacía mucho que no lo hacía. No pudo reconocer la imagen que éste le devolvía. Estaba extremadamente delgada y tenía muchas ojeras, sus ojos habían perdido toda la luz que tenían antaño. Empezó a llorar de rabia, de impotencia, de dolor, de tristeza y se recordó con 20 años menos. Repitió delante del espejo «tengo que ser yo, tengo que recuperarme, tengo que vivir«. Los barrotes forjados por las palabras de ese hombre empezaron a diluirse. Pensó en todas las mujeres que habían dejado de ser ellas para ser lo que “su hombre” quería. Fue su catarsis, su renacer. Empezó a volver a hacer ejercicio, a cuidarse, a quererse, a poner en valor todas sus virtudes y a entender sus defectos como parte de su perfecta imperfección. 

Esta historia es mi historia, pero podía ser la vuestra. Es la historia de muchas mujeres. Mujeres que viven en cárceles creadas a través del control psicológico y los golpes. No te preguntes porque lo aguantan, porque lo consienten. Pregúntate cual es la razón por la que muchos hombres no quieren tener como compañera de vida un ser autónomo y libre sino una marioneta a la que poder controlar a su antojo.  

Este relato está dedicado a todas las mujeres encarceladas en jaulas de barrotes invisibles. Ojalá algún día muy cercano, todos los carceleros desaparezcan de la faz de la tierra.