Por Rafael Silva

Estamos asistiendo, de un tiempo acá, a todo un proceso de revisión histórica sobre la génesis del Arte Flamenco, o si se prefiere, gitano-andaluz. En efecto, una serie de autores, investigadores, escritores, flamencólogos, musicólogos, historiadores, etc., están intentando divulgar, bajo un manto de apariencia científica, toda una revisión sobre los postulados en los que se asentaba lo que se conocía sobre el tema, corriente que estos autores denominan “Flamencología clásica”, y que, siempre según ellos, estaba basada en mitos, falacias y fantasías. Frente a esta flamencología clásica, ellos ofrecen lo que denominan “Flamencología científica”, a la que abonan, en sus diferentes obras, con toda una suerte de datos, descubrimientos y sobre todo, opiniones. Lo que pretendo argumentar en este artículo son las visiones y los intereses que subyacen a los nuevos planteamientos que presentan estos flamencólogos “científicos”, así como también las deficiencias de los planteamientos de la flamencología clásica, imperante, sobre todo, durante la segunda mitad del siglo XX.

En primer lugar, quiero aclarar por qué uso el entrecomillado para la palabra “científica”, aplicado a la Flamencología. Y es que como ocurre por ejemplo con la Economía, ésta es presentada a la opinión pública como si fuera una ciencia exacta (al mismo nivel de las Matemáticas, la Física, la Química…), y esto es un hecho interesado, practicado precisamente por los autores que quieren ofrecer un barniz científico a sus verdaderas intenciones ideológicas: se trata de disfrazar, como si fueran verdades científicas irrebatibles, lo que no son más que postulados basados en corrientes ideológicas, para hacer creer a la opinión pública que sus opiniones (que responden, como decimos, a una evidente carga ideológica, y por tanto a la defensa de sus intereses) son la única alternativa y la verdad absoluta. En realidad, la Economía, como otras muchas disciplinas, es una Ciencia Social, como la Historia, la Sociología, y muchas otras, encuadradas en el gran grupo de las Humanidades, donde sus postulados obedecen a una determinada interpretación de los acontecimientos históricos, y por tanto, a las conclusiones que podamos obtener de dichas interpretaciones. No existe, por tanto, una Flamencología que pueda ser más “científica” que otra, sino corrientes de opinión y de interpretación sobre los diferentes hechos históricos que determinan estos fenómenos.

¿Dónde se asentaba la flamencología del siglo XX? Grandes nombres como Antonio Machado y Álvarez “Demófilo” (padre de los egregios poetas Antonio y Manuel Machado), cuya obra situamos a finales del siglo XIX, junto a Carlos y Pedro Caba, Manuel de Falla (a principios del siglo XX), y posteriormente Anselmo González Climent, Ricardo Molina, José Manuel Caballero Bonald, Juan de la Plata, Félix Grande, Manuel Ríos Ruiz, Manuel Barrios, José Blas Vega, Fernando Quiñones, etc., dieron a conocer el grueso de los fundamentos de la Flamencología actual, justamente la que los autores revisionistas pretenden criticar. Hemos omitido expresamente un nombre fundamental: Blas Infante, precisamente porque queremos basarnos en su aportación para rescatar los planteamientos que, pensamos, no quisieron o no pudieron asumir estos autores del siglo pasado. En efecto, todos ellos, más o menos, con sus diferencias y matices, asumían y presentaban un relato de la gestación del Arte Flamenco basado en la propia historia e idiosincrasia del pueblo andaluz, que como crisol de culturas, iba a actuar como cuna para la formación de un nuevo arte musical, y de una cultura, la flamenca, basada en las aportaciones de todas ellas (judía, morisca, gitana…), siempre sobre la base y el sustrato del solar andaluz.

Pero hablábamos anteriormente de la fundamental aportación de Blas Infante, de hecho el único autor del siglo XX que se atrevió (y usamos deliberadamente esta palabra, lo cual le costó, entre otros motivos, su asesinato en 1936 por parte de los militares fascistas sublevados en la Guerra Civil) a formular una hipótesis completa e íntegra sobre la gestación del Arte Flamenco, sostenida sobre la base fundamental de la aportación morisca, entendida ésta como lo que era: andaluza. Pero para ello (y por eso decimos que se “atrevió”) tuvo que contemplar un hecho fundamental que el resto de los autores (previos y posteriores a él) no contemplaron: la visión de la cultura y la civilización de Al-Ándalus como lo que realmente fue: una civilización esplendorosa, genial, avanzada y completa, y lo que es más importante, de dimensión andaluza, y por ende, española, europea y occidental. Contemplar este hecho fundamental de nuestra historia se oponía radicalmente a la influencia del pensamiento dominante que históricamente nos invade desde los tiempos de la mal llamada “Reconquista”, es decir, desde finales del siglo XV. Para hacerlo, por tanto, había que exhibir grandes dosis de valentía e integridad, y es exactamente lo que hizo Blas Infante.

Todos los autores del siglo XX que hemos mencionado, todos ellos brillantes, omitieron, ignoraron o no concedieron toda la credibilidad al relato de Blas Infante, entendemos que porque todos ellos también eran hijos del pensamiento dominante, pero sobre todo, porque ningún otro autor había continuado las investigaciones del insigne casareño, y por tanto, aún existían grandes lagunas en todos los campos (históricos, lingüísticos, musicológicos, etc.) que permitieran abonar la tesis de Blas Infante con más solidez y apoyos. Hoy día, no obstante, gracias a las investigaciones y aportaciones de muchos otros autores, de diferentes disciplinas, desde el propio Blas Infante, pasando por Félix Grande, y actualmente Antonio Manuel Rodríguez Ramos, José Ruiz Mata, etc., historiadores como Bernard Vicent, Emilio González Ferrín o Mª Jesús Viguera Molins, etc., o antropólogos como Isidoro Moreno, disponemos ya de una base conceptual e histórica para poder documentar, con más firmeza, los postulados originarios de Blas Infante, completarlos y ofrecerlos con más fuerza e integridad.

Dicha teoría, que es la que nosotros defendemos, parte como decimos de un puntal fundamental, que es el reconocimiento de la civilización de Al-Ándalus, como una civilización esplendorosa, cuyo epicentro estuvo situado en la actual Andalucía (Califato de Córdoba), y que se proyecta hasta nuestros días a través de los vestigios culturales de todo tipo que proceden de los moriscos (descendientes de los andalusíes, que fueron expulsados masivamente a principios del siglo XVII), y que se manifiestan en el orden musical, pero también en el orden folklórico, costumbrista, cultural, lingüístico, etc. En cualquier caso, por tanto, ligado a la historia y a la cultura andaluza. Ahí es donde entendemos que hemos de encuadrar el fenómeno flamenco, como un hecho diferencial y propio del acervo cultural andaluz. Por supuesto, este fenómeno fue enriquecido y completado con las aportaciones del pueblo gitano, sin el cual posiblemente tampoco hubiésemos llegado a conformar el arte flamenco tal y como hoy lo conocemos.

Pero frente a esta teoría, se ha desencadenado toda una reacción por parte de ciertos autores, e incluso algunos de los más radicales ponen en entredicho todas las bases donde se asienta, para ofrecer otros puntos de vista absolutamente descafeinados, y por supuesto, interesados. Básicamente, los bulos que se están publicando y difundiendo sobre nuestra cultura flamenca, parten de ignorar la civilización de Al-Ándalus y todo su legado, de negar la aportación del pueblo gitano, e incluso de desvincular la propia historia e idiosincrasia del pueblo andaluz, como elemento aglutinador para la génesis del arte flamenco. ¿Cómo explican entonces el fenómeno flamenco? Pues básicamente como un “hecho escénico”, que se da durante el siglo XIX, es decir, durante la época del Romanticismo (ligada a la exaltación del magismo y del gitanismo), y que proviene de un proceso de andaluzamiento o agitanamiento en los modos expresivos y musicales, de lo que antes se venían denominando como “bailes y cantes del país”, “bailes de palillos”, “bailes de candil”, “cantos andaluces”, etc. Es decir, niegan que la propia historia andaluza tenga algo que ver con el flamenco, niegan las aportaciones de moriscos, gitanos, judíos y otros pueblos en su proceso de gestación, y niegan, por supuesto, que el arte flamenco se gestara antes del siglo XIX, precisamente para no tener que reconocer la aportación de Al-Ándalus y de los moriscos en dicho proceso.

Esta equivocada teoría, a nuestro entender, es hija de la conceptualidad cultural de la globalización imperante, que intenta por todos los medios anular la identidad cultural de los pueblos del mundo, para integrarlos bajo unos mismos parámetros culturales, ignorando su historia y sus propios marcadores de identidad. Mediante un proceso cultural globalizador, lo que se practica es una suerte de apropiación de la cultura de los pueblos (en este caso del pueblo andaluz) para integrarla como perteneciente a la cultura de sus Estados-nación, incluso de la cultura de su continente, hasta llegar al ámbito de la cultura universal. Y en efecto, el arte flamenco es ya hoy día una cultura y una música universal, pero la universalización no anula la paternidad. Y la paternidad, las bases culturales y musicales, las materias primas, la savia y el genio que crean el arte flamenco son exclusivamente andaluces, pues andaluces eran todos los miembros de los pueblos que fueron aportando en su proceso de gestación.

Por tanto, frente a toda esta pléyade de autores revisionistas que intentan despojar de toda carga histórico-cultural al fenómeno flamenco, desligándolo de la propia historia de Andalucía y de su identidad y acervo cultural, como fenómeno antropológico ligado a nuestro pueblo, nosotros nos seguimos alineando y continuaremos defendiendo la que pensamos que es la visión justa y correcta del fenómeno flamenco, completamente ligado a la cultura autóctona y a la historia andaluza. Es hora de combatir la historia oficial, y de rescatar la memoria sepultada de tantos siglos. Porque para alcanzar la verdad, la historia y la memoria han de darse la mano, han de complementarse y casar a la perfección. Únicamente mediante esta visión holística seremos capaces de entender el fenómeno flamenco en toda su dimensión.

Rafael Silva – Blog “Actualidad Política y Cultural” – http://rafaelsilva.over-blog.es

2 Comentarios

  1. (Pero hablábamos anteriormente de la fundamental aportación de Blas Infante, de hecho el único autor del siglo XX que se atrevió (y usamos deliberadamente esta palabra, lo cual le costó, entre otros motivos, su asesinato en 1936 por parte de los militares fascistas sublevados en la Guerra Civil) a formular una hipótesis completa e íntegra sobre la gestación del Arte Flamenco…)sic.
    (…el reconocimiento de la civilización de Al-Ándalus, como una civilización esplendorosa, cuyo epicentro estuvo situado en la actual Andalucía (Califato de Córdoba),…)sic.
    Sr. Silva, permítame que le diga que su confusión es grave porque la exterioriza y usted se esfuerza en ello. Hágame caso: lea, consulte, estudie y, cuando sea mayor, conseguirá algún que otro logro.

  2. ONDE HAY CAZAR, HAY CAGAR. Refrán sefaradí.

    ¿Qué elementos indubitados manejaba el notario Ahmed Infante, proclamado y laureado prócer y Padre de la Patria Andaluza, para concretar el concepto “Al Andalus” exclusiva y conjuntamente en las provincias de lo que hoy se conoce como Andalucía?
    Al Andalus era una definición geográfica usada por árabes y bereberes para referirse a todo el territorio que dominaban o habían dominado hasta la conquista de los reyes ultra-católicos castellanos. Es decir, Zaragoza, Huesca, Teruel hasta Valencia, Alicante y Castellón, pasando por Murcia, Toledo, Guadalajara, Cáceres, Badajoz, Huelva, Sevilla, Cádiz, Málaga, Almería, el Algarve. Y Córdoba. Y Granada. Desde el año 711 al 1492. Más recientemente, con más profusión, con más alharaca, de la mano de Ahmed Infante y su extraña y contrahecha paternidad política, se viene utilizando por todos los partidos políticos que rellenan, cual chorizo morcón, el espacio parlamentario andaluz, como especie de cajón de sastre o serón caminero repleto de eslóganes, frases hechas, lemas y ultramontanos mensajes. Todos ellos comen de la misma olla, sin ascos ni remilgos. Es en el único tema que se ponen de acuerdo, sin discusión posible, ajenos al pulso ciudadano.
    En cierto modo, hay mucho de verdad en los reproches que desde ciertas instancias del “andalucismo” se hacen a los partidos políticos en relación a sus reiteradas, cínicas y vomitivas declaraciones de fe pro-infantista, mientras ignoran o silencian las ideas del por ellos proclamado Prohombre andaluz. Pero son reproches de ida y vuelta, ya que el ideal del “prócer Infante” no está recogido en ningún estatuto de autonomía política. Adrede. Oculto intencionadamente por toda esa clase política, el pensamiento de Ahmed Infante respecto del papel a desempeñar por Andalucía en el conjunto del Estado español, era verdaderamente alucinante, propio de una mente vana, fatua, ilusa, presuntuosa y vanidosa. Aunque en verdad no dijo nada novedoso, repitiendo en sus escritos las grandes indefiniciones al uso, como Libertad, Andalucía Libre, Jornaleros, Pueblo, Desposeídos, Destino, Iberia, y otros que tan profusamente aparecían en los escritos políticos de cualquier pelaje que abundaban en la época. Lo que sí resultaba diferenciador en él era precisamente lo que con más empeño tratan de ocultar sus apologetas y él mismo diluía entre renglones: su Andalucía musulmana ideal (Al Andalus), potenciadora de una Iberia distinta. ¿Cómo si no se ha de interpretar el verdadero sentir de estas palabras, escritas a la vuelta de una de sus hayy´s, que no tienen desperdicio: “Más de un millón de hermanos nuestros, de andaluces expulsados inicuamente —las causas de los pueblos jamás prescriben— hay esparcidos desde Tánger a Damasco, según comunicaba hace un año uno de nuestros más esforzados paladines, el infatigable y culto Gil Benumeya. El recuerdo de la Patria (…), lejos de esfumarse, se aviva cada día. Ellos constituyen, con el reconocimiento de los pueblos fraternos, que los mantienen en la hospitalidad, la élite de la sangre y del espíritu de esos países. Yo he convivido con ellos, he sufrido con ellos, he aspirado con ellos la esperanza de nuestra común redención, porque esta redención será común, o no será nunca”.
    Lejos de mí el chiste fácil, pero no puedo evitar una furtiva sonrisa cuando leo que Infante compara su redención musulmán-andalucista con el Sionismo
    Resulta curioso constatar cómo coincidía en el lenguaje con su contemporáneo Primo de Rivera (José Antonio, el que no llegó más que a pistolero falangista) al proponer la “regeneración” como palanca para la “liberación” de Andalucía y España. A uno lo fusilaron elementos de la República, y al otro, elementos facciosos.
    Más allá de la institucionalización de la bandera y del himno de Andalucía y de la artificialidad de la conquista de plena autonomía en el Estado, la conciencia política de los andaluces respecto de su “nacionalidad” sigue siendo inexistente, tal como que estos hechos coincidan ni por asomo con las propuestas de un notario que la mayoría del millón ochocientos noventa y nueve mil ochocientos sesenta ciudadanos (de un censo de 6.045.560), que dieron el sí al Estatuto de Autonomía, conocieran no solo sus escritos, sino que siquiera hubiese existido. Se hizo un llamado al pueblo enarbolando una bandera con simbología interesadamente desconocida, salvo por su similitud con algunas de las que ondean en países magrebíes y mediorientales, y la imagen en sepia de ese notario, musulmán converso y miembro de aquel selecto club llamado Junta Liberalista, para que diese su apoyo a un Proyecto de Estatuto normalito, que, según se dijo, coincidía en lo fundamental con su políticamente difuso ideario. Con calzador, pero entró; a pesar de que tres cuartas partes de los andaluces dijeron no al fantasmagórico proyecto o se abstuvieron. Al igual que esa historia colectiva andaluza que manejan, desde los partidos políticos se recurría al repertorio “infantiano” de frases hechas, lugares comunes y latiguillos para fabricar una especie de icono, un tótem policromado, que supliese la falta de carisma.
    Nadie pone en duda que Ahmed Infante estaba obsesionado con la historia irreal de este territorio, motivada por sus fantasías y lecturas afines, que le llevaron, cual Don Quijote islámico, a imaginar la regeneración de un hipotético califato andaluz. En sus elucubraciones, consideraba las razias, trifulcas, batallas y guerras abiertas habidas durante siglos entre los diferentes reinos de Al Andalus, aunque hermanos musulmanes, como los procesos “que llevaron a nuestros antepasados a producir ese cambio revolucionario que, dándole la vuelta a las estructuras económicas, políticas y sociales impuestas por la minoría visigoda, sacaron a Andalucía de la negra Edad Media, para anticipar el Renacimiento que siglos más tarde y gracias a la influencia andalusí llegaría a Europa”. Ni más, ni menos.
    Ya en el Preámbulo del Estatuto de Autonomía se afirma que el proceso habido desde la publicación de la Constitución Española, Andalucía “…se ha acercado al ideal de la Andalucía libre y solidaria por la que luchase incansablemente Blas Infante…” Gruesa hipérbole. Infante no contemplaba un futuro para Andalucía lejos del Islam, y su “regeneración”, la recuperación de la fe musulmana para todos los andaluces. Por lo tanto, la libertad profetizada por Ahmed Infante para Andalucía vendría de la mano del Islam, así como su dogma, aunque no especifica cómo, ni si diferiría de la libertad que encontró y gozó en las diferentes peregrinaciones que hizo, como buen musulmán, a La Meca, Marraquech, Damasco… Cabe pues preguntarse si los redactores, así como sus propulsores y panegiristas del Estatuto de Autonomía de Andalucía eran conscientes de este hecho y elevaron a la categoría de Padre de la Patria Andaluza a un islamista cuyo ideal político era recolocar, blandiendo el Corán, esa Patria en el Medioevo, por sí, por España y la Humanidad.
    No quisiera que se consideraran mis palabras como exabruptos, en cualquier caso humildes, y ristra de espinosos acebos. Son serias consideraciones, nacidas de la contemplación impotente de las manipulaciones efectuadas por determinados políticos e intelectuales alienados, de unos hechos dispersos acaecidos a lo largo de cientos de años en unos territorios sin nombre, con pobladores borrosos, inestables y de diferentes raleas, para definirlos como historia propia; así como de la desfachatez de esos mismos personajes al utilizar los mismos métodos con la vida y obra de un simple notario que, al convertirse al Islam en 1924, recompuso todas sus inquietudes políticas para proyectarlas hacia la consecución de un gran califato andaluz con el Corán como norte.
    En mi defensa, reproduzco algunas frases que Blas Infante, Ahmed Infante, pronunció o escribió:
    “Es Mahoma, el Profeta de nuestros antepasados, de Al Andalus…, será nuestro Profeta”.
    “La revolución india (en carta dirigida al Congreso de los Pueblos sin estado, celebrado en Delhi el año 1930), es un mero episodio de la gran batalla. Las agitaciones de África lo son también. ¡Desengañaos! Nada conseguirán los pueblos esclavizados de Afroasia mientras que el despertar no venga a abrir los ojos en la tierra sagrada de España, de nuestra cabeza, Al Andalus.”” Trabajemos con suma cautela en estos principios para que Al Andalus vuelva a ser inspirada por su propio genio y porque su Libro vuelva a ser el Corán, como dice la Sura III: Aquellos a quienes les hemos dado el Corán y lo leen como deben leerlo”.
    Toda una declaración de intenciones.

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