Iria Bouzas

Si solo pudiera desaparecer. Estoy muy gorda, doy asco. Estoy muy delgada. doy mucho asco. No merezco que me quieran. No me soporto. No sirvo para este trabajo. No sirvo para nada. Soy una mala madre. desde que estoy enferma soy un estorbo. Soy una mala hija. Soy una mala amiga. Odio mi cuerpo. No quiero mirarme al espejo desnuda. soy una vieja inútil. Soy estúpida. No soy lo suficientemente buena. Soy la peor de todos. Doy asco….¿Sigo?

¡No!, no quiero seguir escribiendo el listado de los pensamientos contra los que muchas mujeres luchamos cada día y no quiero seguir porque me hace mucho daño cada letra que escribo.

Me duelen mis palabras porque no son mías. Mis palabras son la representación de los pensamientos que constantemente asaltan sin piedad a los cerebros de personas brillantes y maravillosas que tienen que perder su preciosa energía vital en combatir contra ellos.

Y al reflexionar sobre esto, no puedo evitar preguntarme una y otra vez, “‘¿Por qué?”.

Me gusta la expresión “vivir luchando” porque representa el motivo fundamental por el que aún no ha muerto la esperanza en este mundo demencial y cruel en el que nos ha tocado existir. Mientras luchamos no estamos derrotados y mientras seguimos peleando sentimos que aún podemos encontrar un lugar mejor en el que vivir.

Pero no sé qué demonios son esos que nos invaden y colonizan nuestra seguridad y nuestra autoestima de tal forma que consumen gran parte de nuestros recursos vitales en mantenerlos a raya cada día mientras intentamos seguir adelante.

Demonios que se instalan dentro de nuestros oídos para confundirnos y debilitarnos mientras nos susurran una y otra vez lo poco dignos que somos de ser quienes somos. Que nos recuerdan que cada piedra del camino está ahí porque la merecemos y que las alegrías que nos llegan son una suerte más que un derecho.

Son unos malditos demonios mentirosos como todos los demonios.

Pero también son inteligentes, extremadamente inteligentes. Saben que para debilitar a la humanidad necesitan trabajar con más empeño y con más ahínco en debilitar a las mujeres porque somos nosotras las que tenemos insertado en nuestro ADN la fuerza de la creación y con ello la fuerza de la transformación.

Así que se empecinan en maltratarnos, escondidos como diablos cobardes, dentro de nuestras emociones y preparados esparcir sus venenosas consignas a la primera de cambio.

Mientras luchamos contra ellos, nos absorben la energía y la alegría y nos impiden trabajar para conseguir que el mundo deje de ser un infierno donde los malvados puedan campar por sus respetos.

No podría contar el número de veces que he sentido yo la necesidad de hacerme pequeñita. Tengo un demonio pesado que lleva décadas insistiendo en lo mismo. No sé si fue culpa de la otitis que hace unos años me destrozó el tímpano derecho pero hace ya mucho tiempo que le escucho como si estuviera muy lejos y su voz me llega distorsionada, así que no le hago ni caso.

No quiero que se dañen vuestros oídos pero ojalá algún día encontremos entre todos la forma de construirnos unas orejeras mullidas y de preciosos colores brillantes que dejen afónicos a los demonios que nos quieren esclavizar cambiando nuestra esperanza por su desesperación.

Mi esperanza es, que con el tiempo, se quedarán mudos.

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