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De la ilusión de que podrían cambiar las cosas, que brotó a borbotones por toda Grecia en 2015, queda poco en la semana previa a las elecciones. Entre los llamados a votar se encuentra un grupo muy particular: los jóvenes.

La crisis en Grecia ha sido escenario del paso a la edad adulta de unas 600.000 personas de entre 17 y 22 años que pueden ejercer su derecho al voto el próximo día 7.

Son las primeras elecciones generales en el país en las que se puede participar a partir de los 17 años. Estos votantes tenían tan solo 13 cuando les dieron su primera gran bofetada política: la firma del tercer rescate y los años de recortes que le siguieron.

Grecia salió de dicho rescate el verano pasado pero, ¿qué pueden esperar de su país y de sus políticos aquellos que han vivido casi toda su vida en una crisis prácticamente crónica?

Cristina, de 22 años, dejó su Santorini natal para estudiar en Atenas y poder convertirse en comadrona. Sin embargo, ha tenido que parar sus estudios porque tiene que trabajar día y noche para salir adelante. No se plantea votar: «Lo haría si supiera que los partidos cumplirán con sus promesas», explica.

Esta desconfianza está muy generalizada entre los jóvenes, vengan de donde vengan. Filippos, de 19 años, estudia Economía Agrícola y Desarrollo Rural y ha vivido toda su vida en Glyfada, un barrio residencial de la periferia de Atenas. Aunque tiene esperanza en un futuro mejor, no confía en los políticos para que guíen al país.

«Hay un porcentaje de personas que va a volver a votar a Tsipras y no entiendo qué más esperan de él, yo creo que todo es mentira. Todos los políticos mienten pero nunca he visto a otro reírse directamente en la cara de la gente como él. Promete cosas que nunca van a ocurrir», afirma a Efe.

Los indicadores muestran que la economía griega ha mejorado en los últimos años pero en el primer trimestre de 2019 el 50,2 % de las personas de entre 15 y 19 años y el 39,7 % de entre 20 y 24 años estaban en paro. Durante la crisis medio millón de jóvenes tuvieron que emigrar para poder labrarse un futuro.

En las elecciones europeas, las primeras en las que Filippos pudo participar, los votantes de entre 17 y 24 años dieron a la oposición conservadora Nueva Democracia (ND) un 30,5 %, a Syriza un 25,6 % y al partido neonazi Amanecer Dorado un 13,3 %.

De hecho, él teme que, si como todo parece indicar, ND gana estas elecciones pero no cumple con las expectativas, el país se agarre al clavo ardiendo de la extrema derecha.

La desafección continuada lleva a que la mayoría de jóvenes busque soluciones prácticas, otros rechacen lo tradicional, muchos se abstengan y otros tantos viren hacia la extrema derecha. Para Cristina, está claro que los políticos no les escuchan «pero si lo hicieran sería peor. Mi generación adora a Amanecer Dorado».

Para Clió Papatsanaki, estudiante de Arte Dramático de 21 años, la furia que le provoca escuchar a los partidos políticos no es suficiente para no acudir a las urnas: «Por supuesto que voy a votar, no quiero a Mitsotakis (ND) en el Gobierno. Voy a ir y estoy convenciendo a otros para que también lo hagan», explica. Para ella la mejor prueba de que los partidos no les prestan atención son los continuos cambios en el sistema educativo, que nunca llegan a desarrollarse lo bastante para ver sus efectos.

Si pudiera pedir algo al próximo Ejecutivo, lo tendría claro.

«Si creyese que me van a escuchar, discutiría la catástrofe ecológica a la que nos enfrentamos a nivel mundial. Creo que lo único que puede salvarnos y unirnos a todos al mismo tiempo sin importar nuestras diferencias ideológicas es el medioambiente, porque es algo que está ocurriendo ahora mismo y que de verdad tenemos que afrontar ya», afirma.

Una petición más transversal, probablemente la más común, es la mejora de los servicios públicos.

«Pediría mejoras en la Educación y Sanidad públicas, mejores políticas para los inmigrantes y que no vendan el país (en referencia a las privatizaciones)», dice Jrisofili, estudiante de Psicología de 20 años.

Según Filippo, también se tendrían que reducir impuestos y facilitar la creación y gestión de empresas; algo que considera básico para poder recuperar el nivel de vida previo a la crisis.

Él, con muchas ganas de votar, no sabe si podrá porque ha encontrado un trabajo veraniego en una isla (en Grecia no se puede votar por correo), mientras Jrisofili, llena de dudas, cree que lo hará «aunque sea en blanco».

«No votar es aceptar que otra gente decida por ti, es como decir ‘no quiero democracia’ y ese no es el mensaje que quiero enviar».

Una conclusión de todos ellos es que Tsipras llegó al poder como si todas las ventanas de una casa cerrada durante siglos se abrieran de golpe. No solo iba a devolver la dignidad a los griegos, también ayudaría a mejorar Europa. A acabar con las castas. A airear una democracia anquilosada.

Pero ahora coinciden en que los jóvenes que han crecido para heredar esta casa no saben qué hacer con ella.

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