Kiara Castanedo

Entre Etiopía y Sudan del Sur, en los Parques Nacionales de Mago y Río Omo habita una de las tribus más bellas estéticamente y más violentas, los Mursi. Formaban parte del pueblo Durma, es seminómada y tiene una economía basada en el cultivo del sorgo y el ganado. Con un idioma propio y una religión animista, cada individuo pertenece a un clan patrilineal cuyo Jalaba (anciano el cual tiene el máximo respeto) forma parte del Consejo que será el que marque las leyes y normas.

Para los Mursi, el cuerpo como la belleza es algo abstracto que depende del estado de ánimo. Decoran su cuerpo con pinturas corporales a base de pigmentos naturales de plantas y minerales mezclados con ceniza y orina del ganado. Esta mezcla les sirve de pintura y de repelente para insectos.Expresan el estado de ánimo a través de auténticas obras de arte que pueden llegar a repasar y cambiar hasta 3 veces al día. También decoran sus cabezas con tocados a base de plantas, frutas, ramas… Esto les convierte en una tribu con una belleza visual sin igual. Practican las escarificaciones y las dilataciones en las orejas.

Al acabar la época de la cosecha, entre noviembre y febrero, los jóvenes solteros participan en un torneo altamente violento, la lucha Donga, donde ponen a prueba su masculinidad. Se juntan unos 50 chicos de diferentes clanes y tribus; Mursi, Surma, Dizi, Murte y Didinga. Probarán su fuerza con luchas de 2 a 2 con unas varas llamadas dhebinya hasta que solo queda uno. El ganador, aparte de elegir mujer, otorga prestigio para la comunidad a la que pertenece.

Esta muestra de violencia sumado al consumo de una especie de cerveza a base de sorgo fermentado que hace que a mitad mañana vayan ebrios y que desde unas décadas a aquí, traídas por los europeos, se puso de moda que en la dote de aquellos que se lo pudieran permitir una kalashnikov, convierte a esta tribu en una de las más violentas.

Para ellas, las jóvenes mujeres casaderas, el ritual es diferente. Ellas han de sufrir una modificación corporal por la que son conocidas en todo el mundo; dilatarse el labio inferior para colocarse un plato de arcilla.

Esta tradición se remonta a la época de la esclavitud en el siglo XIX. Dentro de las fronteras de Egipto la cultura esclavista estaba muy enraizada y sustentada por la captura de esclavos de Sudan. El Corán no permite esclavizar a un musulmán así que los subsaharianos, con religiones animistas, se convirtieron en la mejor opción ya que, además, eran los más baratos; entre 4 y 6 libras. En 1838 había doce mil esclavas negras y dos mil esclavos negros. La preferencia por las mujeres era por su doble valor, uno reproductivo que aseguraba el linaje convirtiéndose en concubinas por las que no hay que pagar dote y dan hijos “gratis” y otro productivo ya que la mujer negra desempeñaba un 60-70% de la actividad agrícola. La ley islámica intentó proteger a las concubinas que habían tenido hijos de los amos (um al-walad) a esposas libres (hurras).

Para intentar evitar estos secuestros en los que las violaciones y agresiones eran diarias para convertirlas en esclavas, tribus como los Mursi, pensaron en hacer menos atractivas a sus mujeres con estos platos. Lo que por un lado evitaron pronto se convirtió en un símbolo de resistencia, valor y respeto a su pueblo por lo que todo Mursi quería una mujer con plato.

Al comienzo de la madurez sexual, a partir de los 15 años, empieza la modificación corporal con una incisión de 2cm en el labio inferior donde se colocará un primer minidisco durante 3 semanas hasta que cicatrice. Poco a poco irán aumentando el tamaño de la dilatación hasta poder alcanzar los 22 cm de diámetro. Para facilitar la colocación del plato se les extrae los 4 dientes inferiores. Este disco lo llevarán siempre en presencia de un hombre y solo se lo podrán quitar con mujeres, para dormir y para comer.

El tamaño del disco determina la dote que irá entre las 38 cabezas de ganado a las 50.

Si el labio se rompe jamás se casará y perderá toda posibilidad de dote y si se negara a someterse a esta tradición será azotada por la familia por hacerle perder la posibilidad de aumentar su ganado y su futuro marido al que será entregada también podrá azotarla.

Para llegar a ver un poblado Mursi hay que hacer un largo recorrido en jeep por unos caminos infernales. Tardas varias horas y tienes que llevar a un guardia armado. Aun con todo, los turistas contratan esta excursión con el ansia de poder fotografiar a “las mujeres plato”. Ellos lo saben e intentan sacar el mayor beneficio económico posible. Nada más poner un pie en la aldea te piden un Birr, que es la moneda etíope, para poderlos fotografiar. La hambruna, la sequía, los enfrentamientos territoriales y los étnicos han reducido notablemente la población y encuentran en esta prostitución cultural un sustento para sobrevivir. Al igual que la prostitución sexual, sin clientes no hay trata y que les ayudemos a que su economía se vea reforzada a cambio de fotografiar dolor no ayuda.

Debemos ser conscientes de que la búsqueda de la foto puede perpetuar tradiciones que vulneran DDHH de otras personas y que el dinero no puede estar por encima de las personas.

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