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La respuesta es muy sencilla: el movimiento obrero está fragmentado, dividido, partido en pedazos, y, por esa razón, no hay una marea de trabajadores fuerte, compacta y solidaria, capaz de plantar cara a la patronal, ya sea española o internacional.

La segmentación de la clase obrera llegó a su punto álgido en España con “el boom del ladrillo” y “la economía especulativa”, periodo en el que millones de españoles -muchos abandonando los estudios- se pusieron a trabajar de albañiles, electricistas, fontaneros, etc. ya que -se decía- podían ganar más dinero que cualquier licenciado universitario.

Ese fenómeno lo describió muy bien en su novelística Juan Marsé (Escuela de Barcelona, 85 años de edad), autor, entre otras obras, de “Si te dicen que caí”, “La muchacha de las bragas de oro” y “El embrujo de Shangai”.

En los retratos que hizo el escritor y periodista de Tabarnia, aparecen obreros desclasados, cuyo sueño es “dar el braguetazo, casarse con la hija de un millonario” y decir adiós a “la maldita” clase a la que pertenecen, a los pobres barrios donde pasaron su infancia.

El capitalismo hizo el resto, a dentelladas, y, aprovechando la avaricia del momento, puso en marcha todo su arsenal bélico para destruir a la clase obrera y acabar con el que era su primer mandamiento “El pueblo unido jamás será vencido”.

Luego, el movimiento obrero se descompuso en pequeñas islas (cada fábrica, cada empresa, una historia diferente) y la apisonadora de los mercaderes, aliada a Bancaraña, se encargó de dejarlo todo “atado y bien atado”.

Como colofón, lo que algunos llamaron la estocada final, el Partido Socialista Obrero Español (PSOE), sufrió una progresiva lepra ideológica y se le cayeron la “S” y la “O” y, los que un día cantaban la internacional, se quedaron mirando, como petrificados, a un horizonte helado donde la esperanza era una escultura de hielo.

 

 

 

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