Kiara González
Ya decía con acierto Miguel de Cervantes en boca de Don Quijote: “Los refranes son sentencias breves sacadas de la experiencia y la especulación”. Un viejo refrán chino dice “Una madre no puede amar a su hija y a los pies de su hija al mismo tiempo”. Y así, oculta entre refranes y leyendas románticas se esconde una de las prácticas eróticas más vejatorias y dolorosas que han existido en China justificada por una tradición milenaria.
El emperador Li Yu de la dinastía Tang (618–907), tenía en palacio una cortesana muy bella que destacaba en el arte del baile. Li Yu le pidió que moldeara una flor de loto de oro de seis pies de alto (1,828 m.), adornada con joyas y perlas y ordenó a la cortesana que vendase sus pies, para que adoptasen la curvatura de la luna nueva, y bailase sobre la gran flor de loto. Al hacerlo, el emperador se enamoró locamente de ella y todas las mujeres del palacio quisieron imitarla.
Estos pies rediseñados se pusieron rápidamente de moda entre las altas clases sociales. Definían un estatus social ya que las mujeres que trabajaban en el campo les era imposible realizar su trabajo sumidas en tanto dolor y sin poder caminar correctamente. Por otro lado, entre las familias humildes, esta práctica se reservaba para la primogénita con la intención de que pudiera optar a un marido de alta clase y así mejorar el legado familiar. Los hombres siempre preferirían a las mujeres con los pies vendados porque ello significaba también que toleraban el dolor y no se quejarían como esposas.
El vendaje comenzaba a una edad muy temprana, siempre antes de los 6 años ya que los huesos aún eran maleables. Había todo un ritual alrededor de esta horrible y dolorosa práctica. La época elegida era el invierno, así los pies estaban más entumecidos para aguantar el dolor. Tras una ofrenda a las deidades, normalmente pasteles de arroz, se procedía a lavar con mucho cuidado los pies con una infusión de hierbas (a veces con sangre animal), se cortaban las uñas y se masajeaban los pies largo tiempo para ablandar el pie. Se rompían los 8 dedos a excepción de los dedos gordos ya que es el que aporta el equilibrio. Se retorcía cada falange hasta romperla llevando los huesos hasta la planta del pie y juntándolos haciendo una especie de puño. Luego eran vendados con unas vendas de algodón o seda previamente mojadas en la misma infusión con la que habían lavado los pies de forma que los dedos quedaran lo más cerca del talón de forma que lo único que tuviera contacto con el suelo sería el dedo gordo y el talón. El dolor era insoportable y lo era hasta que con el paso del tiempo el nervio moría. Cada 3 días se cambiaban las vendas por otras que apretaban más. Con cada capa, se tiraba de las ataduras lo más apretadamente posible, acercando cada vez más la “bola” y el talón del pie y reduciendo la punta del mismo hacia un punto. Las envolturas se cosían a fondo. Se volvían a lavar, a masajear, a cortar las uñas incluso arrancarlas si convenía. Se repetía el proceso hasta que los huesos se quebraban y el pie dejaba de crecer. El proceso era tan cruel que en ocasiones se perdía algún dedo para dejar más espacio a la “reconstrucción” incluso a alguna niña se le pudrió debido a la gangrena. El 15% no sobrevivían a esta práctica y las que lo hacían vivirían con secuelas como infecciones, parálisis o atrofia muscular. Estas mujeres no podían caminar largas distancias y en los casos más extremos sólo podían hacerlo a base de saltos. Así conseguían unos pies de 7.5cm (¡20cm menos que yo!).
Los pies tan extremadamente pequeños eran considerados eróticos. Los manuales sexuales de la dinastía Qing listaban 48 formas diferentes de jugar con los pies vendados. La mujer siempre debía impedir que alguien le viera los pies sin vendar, los hombres comprendían que la belleza erótica de los pies vendados no se correspondía con su desagradable realidad física, la cual, por lo tanto, debía ser mantenida oculta para lograr mantener viva la fantasía.
Pero había más. Detrás de esta práctica fetichista se esconde una realidad de buscar la sumisión. Al tener tan limitada la movilidad, las mujeres con “pie de loto” no podían tomar parte en la vida política y social. Eran dependientes de sus maridos y sus familias convirtiéndose así en símbolo de fidelidad y posesión.
El verdadero efecto erótico era “el andar de loto”, rodillas suavemente flexionadas, balanceándose para encontrar el equilibrio… una postura completamente antinatural hacía que se forzara el endurecimiento de la parte superior de los muslos, la vagina y la cadera. La pelvis se apretaba de tal forma que para ellos hacer el amor con una mujer con los pies vendados era como hacerlo siempre con una virgen.
Nunca importó el dolor, nunca importó morir en el intento, ni que resultaran unos pies tan horribles después de todo que ni ellos querían ver sin vendar. Solo importaba la sexualidad del hombre y que este disfrutara.