José Manuel Domínguez de la Fuente

Escasos días atrás, en los debates y mítines, escuchaba a todos los líderes de las formaciones utilizar una palabra que ha sido empleada por tantos políticos para tan distintas cosas que, cuando la escucho en boca de alguien que está en las cámaras de representación, parece que no dice nada en absoluto. La palabra es LIBERTAD.

Una palabra vapuleada por todos los mandatarios y, por tanto, vaciada de contenido, para ser rellenada, a placer, por aquello que convenga al político de turno.

Una de las veces que más me ha llamado la atención el uso del término fue en un mitin de hace unos meses, de uno de los partidos con más representación parlamentaria, en el que se afirmaba rotundamente que ellos estaban en política para defender la libertad, la “verdadera” libertad.

Por ello, intentaré entender a qué se refiere “sus señorías” al utilizar el término y, después, si fuere necesario procuraré ayudarles a  buscar un nuevo vocablo que haga más justicia a la hora de decir lo que autodenominan como “verdadera libertad”.

Se suele aludir, principalmente, a la palabra libertad en dos frentes antagónicos: uno es el de los políticos “liberales” que exigen “libertad” ante las “imposiciones de la gente”, libertad para hacer lo que quisieran sin tener en cuenta a nada ni a nadie más. Es decir,  libertad para dar dinero a multinacionales y a los bancos, libertad para enriquecerse a costa de los demás, libertad para escoger a quién se le permite entrar a un país, etc.

Supongo, pues, que la mayoría de “nuestros” representantes están en esa línea y que quieren ser “libres” para poder seguir enriqueciéndose a costa del sur global y  para seguir subyugando y jerarquizando: los hombres con “libertad” para oprimir a las mujeres, los ricos con “libertad” para seguir explotando a los empobrecidos, el Estado con “libertad” para oprimir a los ciudadanos, sus partido con “libertad” para dejar morir a las personas migrantes en el Mediterráneo… en definitiva muchas supuestas “libertades” que parten de una jerarquía entre opresor y oprimido y perpetúan un sistema, que viene de antiguo,  de obligaciones para unos y de “verdadera libertad” para otros.

Desde luego, se trata de una “libertad” (del latín líber: liberar) que no fomenta mucho ese liberar a la gente de la explotación que sufre al que hace referencia la propia etimología del término. Tampoco fomenta el apoyo mutuo ni la solidaridad en busca de unas condiciones materiales justas que permitan a todos vivir dignamente (dignidad, algo de lo que también  se llenan la boca los políticos pero cuesta ver cómo la defienden en la realidad práctica). Unas condiciones posibilitantes para la felicidad no solo de unos pocos a los que quieren “libres”, sino de todas las personas.

Por otro lado (y opuesto a lo hasta ahora dicho), entiendo por libertad, haciendo referencia al verdadero origen del término, algo muy distinto: La libertad como fin de cualquier opresión que impide vivir con dignidad, la libertad como la posibilidad de convivencia, y no como la supuesta “libertad” para ejercer opresión de unos sobre otros.

Así pues, no hay libertad sin justicia.

Si normalmente afirmamos que la libertad sin justicia y alocada es libertinaje, nuestros políticos no defienden la libertad, sino el libertinaje político y económico. Algo que quisiera denominar, y perdónenme los filólogos, egoralidad (en oposición a la liberalidad), es decir, ego –(yo)- alius –(otros)- dad (condición): la condición de querer imponer mi YO a los demás.

El mismo Abascal lo confirmaba hace unos días al afirmar: “Yo estoy en política para defenderme a mí mismo”.

Ojalá algún día algún político afirme con rotundidad que ya no emplearán más la palabra libertad, que tanto han desvirtuado,  y comiencen a afirmar: “Hemos venido aquí para defender la egoralidad”. Algo que sería más propio de la capitalocracia  –que no democracia- en que la vivimos.

Hasta entonces, se ha de seguir disputando la batalla intelectual y activista (entrelazadas) por la LIBERTAD.