Kiara Castanedo

La hegemonía masculina y la veneración al miembro fálico ha sobrepasado culturas a lo largo de la historia. La diferenciación sexual no sólo ha convertido a la mujer en un ser inferior por los determinados roles de género sino que también ha forzado y fuerza a los niños a seguir unas tradiciones y rituales que son sinónimo de dolor y brutalidad. Este es el caso de los sambia que entienden el semen como un bien preciado que se ha de regenerar mediante inseminaciones orales y anales desde que son niños. 

 

Los Sambia son una tribu recolectora-cazadora que habita en las montañas de Papua Nueva Guinea. Las aldeas se basan en una segregación por sexos muy estricta con casas diferenciadas para hombres y cabañas menstruantes donde pernoctan las mujeres, dan a luz y están los niños hasta que tienen edad para iniciar el rito a la madurez. Ambas casas están totalmente prohibidas para el sexo contrario. 

Para esta tribu, las mujeres tienen un órgano sexual de sangre que hace que maduren de forma natural. Su inferioridad se basa en que tienen un exceso de fluidos vaginales, incluidos los menstruales lo que les hacen “agotadoras de hombres” y con un fluido sangrante altamente contaminante que afecta al vigor del hombre.  Los hombres, por otro lado, nacen con un órgano sexual interno llamado “tingu” el cual está seco y se ha de nutrir. Para los sambia, el semen es un conducto de energía masculina, con él se transmiten los espíritus de los antepasados, se crea la vida y se fortalece el cuerpo. El esperma se acumula en los genitales que por sí solos no producen la sustancia divina. Esta sustancia les hará que les crezca el vello corporal, se les desarrolle el pene (parte muy importante para la dominación masculina) y les hará grandes cazadores. De este modo, para nutrir el tingu, da comienzo un proceso de masculinización que los transformará en hombres. 

 

Empieza en torno a los 7 años y durará hasta que tenga su 1º hijo, unos 10-15 años con un total de 6 “iniciaciones”. Son separados de las mujeres y así continuarán bajo amenaza de muerte. 

El ritual comienza purgando el cuerpo del niño mediante “ritos de egestión”, diseñados para “retirar el material interno”, que se cree han adquirido a través del contacto íntimo y prolongado con la madre. Se hace mediante la ingesta de palitos para inducir el vómito y la defecación y, así, purgar comida que pertenezca a la madre y que se encuentre en el cuerpo masculino.  

 Para seguir limpiando el cuerpo masculino de los efectos feminizantes les seguirá otro ritual; el sangrado de nariz. El niño es atado a un árbol y se le perfora la nariz con ramas afiladas hasta que sangra a borbotones y se desmaya. De esta manera eliminan de su cuerpo restos de sangre menstruante. Le sigue el rito de ingestión llamado moku. Aquí el chico aprenderá a hacer felaciones y a tragar el semen diariamente hasta llegar a la adolescencia, en torno a los 15 años, en la que pasa de inseminado a inseminador. A partir de esta edad se considera que el tingu, su órgano sexual interno, ya está totalmente nutrido y ya son hombres. Con este nuevo estatus ya están preparados para seguir con la rueda ritual y durante 5-7 años más, deberán nutrir a las nuevas generaciones mientras renovarán su elixir sagrado a base de penetraciones anales. 

 

Esta masculinidad forzada concluye con el nacimiento de su primer hijo. En este momento, en el de la concepción, es la mujer la que le debe hacer la felación y tragar el semen ya que gracias a él se crea el tejido fetal y se generará leche para amamantar a su hijo el cual recibe el poder de sus antepasados gracias, una vez más, al esperma paterno ingerido, Las nuevas relaciones heterosexuales están regidas por una serie de normas como el que se han de colocar hojas de menta en la boca y los orificios nasales del hombre para evitar el olor de los genitales de la mujer o que esta no será penetrada profundamente para no contaminarse. 

Las relaciones de los sambia no se pueden entender como relaciones homosexuales al uso, ni tan siquiera bisexuales. La sexualidad es vivida de una manera secuencial y jerarquizada en las que las etapas están muy marcadas y nunca se solapan. Unas prácticas homosexuales ritualizadas evolucionan a unas prácticas heterosexuales y exclusivas. 

No son la única tribu en las que se practica la homosexualidad. Según numerosos antropólogos, existe una relación entre la normalización de la homosexualidad y la presión demográfica. Es decir, entienden la homosexualidad como método anticonceptivo, 

Sea lo que sea, una vez más, la presión de la masculinización pone en riesgo la integridad física de los más vulnerables, los niños, escondiendo tras los rituales violencia sexual.  

 

1 Comentario

  1. creo mas bien qe es solo la ley dl mas bruto ,
    pqe por lo mismo qe dice la autora, se podria haber venerado mas ls pechos d mujer,
    q alimentan ademas y sn mas evidentes qe un falo qee sta medio tapado

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