Orly Noy
Yacoub Rabi conducía junto a su esposa Aisha de regreso de Hebrón a la Cisjordania ocupada del norte en una noche de octubre de 2018, cuando su vida cambió completamente. Los dos regresaban de la cita con el dentista de Aisha, programada en los días previos a la boda de su hija Salam.

Cuando se acercaron a la intersección Tapuach, no lejos de su pueblo natal de Bidya, un grupo de adolescentes colonos que estaban parados en la carretera arrojaron grandes piedras sobre su automóvil. Una de esas rocas se estrelló contra el parabrisas y golpeó a Aisha matándola casi al instante. Rama, su hija de ocho años, estaba en el automóvil cuando mataron a su madre.

«No eran piedras, eran rocas», dice Rabi. “Vi su sombra porque [los colonos] se pararon a 10 metros en el camino para poder verme, pero yo no podía verlos. Una roca que pesaba más de dos kilos voló a través del cristal y golpeó la cabeza de mi esposa. Al principio pensé que solo estaba herida, pero cuando llegué al hospital me di cuenta de que la mataron en el acto. No pensé que moriría en segundos… Nunca olvidaré esa noche.

Rabi es uno de los cuatro palestinos e israelíes que contarán su historia el lunes por la noche durante la decimoquinta Ceremonia anual alternativa conmemorativa palestina-israelí, que conmemora la muerte de israelíes y palestinos asesinados a lo largo de los años. Los líderes israelíes y las figuras de derecha critican habitualmente la ceremonia, organizada por Combatientes por la Paz y el Foro de Padres y Familias en Círculo, y a menudo intentan evitar que se celebre porque dicen que ees la conmemoración de los terroristas palestinos.

El año pasado el primer ministro Netanyahu negó los permisos de entrada a 176 palestinos de Cisjordania de familias dolientes que esperaban participar en la ceremonia, que se celebra en Tel Aviv. Debido al coronavirus, la ceremonia de este año se llevará a cabo a través de la plataforma Zoom.

“Quiero que mis palabras lleguen al mundo entero”

Rabi dice que desde la muerte de Aisha su familia no ha recibido asistencia de Israel ni de la Autoridad Palestina.

«Al principio, todos dijeron que ayudarían, pero después de unos días todos huyeron», agrega Rabi. “La gente viene, se toma una selfie y se va a casa. No hay nadie para ayudarte, nadie te conoce. Me tuve que encargar de todo solo”.

“Tengo ocho hijos, seis niñas y dos niños. Todos fueron a la universidad, excepto los dos más jóvenes. La hija para cuya boda nos estábamos preparando se llama Salam, que significa paz. Todos los nombres de mis hijos tienen que ver con la paz». Desde la muerte de su madre, Rabi dice que Rama prefiere dormir en la casa de su hermana.

“Me dejaron solo”, continúa Rabi, “es difícil para mí caminar por la casa solo. Todo me recuerda a ella. Sabes, Aisha estudió en la universidad. Nos casamos cuando tenía 15 años, en aquel entonces no había ninguna ley en contra de eso. Después de 17 años, volvió a estudiar con sus hijas y obtuvo su título en economía”, dijo con voz quebrada. “Tengo 10 sillas alrededor de la mesa, hoy me siento en una silla pequeña a un lado. No puedo sentarme solo a la mesa”.

Rabi dice que desde aquella noche de octubre de 2018 ha perdido mucho más que a su esposa. “Yo era un contratista. Todo ha terminado, todo fue destruido. Mi negocio murió. La gente llama para obtener un precio estimado, pero cuando llego, me ven a la cara, me reconocen por la televisión, se asustan y dicen: ‘Su esposa murió, tal vez él causará problemas’, y nunca regresan».

Para Rabi, salir de la casa y ver gente es difícil, particularmente porque todos los que conoce le preguntan cuándo se volverá a casar y cuánto dinero obtuvo de Israel. Hace todo lo posible para evitar el lugar donde asesinaron a su esposa. “Doy un rodeo de ese camino. No puedo pasar por allí, me recuerda muchas cosas. Mis hijos tampoco van por allí”.

“No he estado fuera de la casa después del anochecer en casi dos años, como un toque de queda. Antes de eso solía salir con mi esposa y mis hijos a restaurantes, solíamos caminar, no he estado en ningún lugar en dos años». Con un esfuerzo considerable controla su voz temblorosa y agrega: “Es difícil para mí. Muy duro».

Rabi tiene poca fe en que los procedimientos judiciales den frutos contra los cuatro jóvenes colonos, que fueron arrestados y a continuación puestos en libertad bajo arresto domiciliario.

Palestinians carry the body of Aisha Rabi, who was killed by settlers while driving in the West Bank, during her funeral in the West Bank village of Bidya, October 13, 2018. (Nasser Ishtayeh/Flash90)
Unos palestinos llevan el cuerpo de Aisha Rabi, asesinada por los colonos cuando volvía a Cisjordania, durante su funeral en la aldea cisjordana de Bidya, 13 de octubre de 2018. (Nasser Ishtayeh / Flash90)

“No hay justicia en los tribunales. Cualquiera que te diga lo contrario miente. Pueden arrestarte durante meses por una infracción de tráfico, pero los atacantes han sido liberados a pesar de que su juicio no ha terminado. No ha pasado nada en meses”.

Al principio, dice Rabi, aún iba a la Corte, «pero no sabemos qué está pasando realmente dentro de la sala. No sé cómo se hacen las leyes. No se me permite ingresar a la Corte. Una vez fui a la Corte Suprema para protestar por la decisión de liberarlos [a los colonos] del arresto domiciliario y tan pronto como llegaron nos sacaron [del salón]. Ni a mí ni a mi abogado se nos permite ver el caso o la investigación. Hablé de paz y justicia desde el primer día, pero ahora mi esposa se fue y no pasó nada. Estoy solo. Todos se fueron. Están muy lejos”.

Y, sin embargo, cuando Rabi habla de los jóvenes que mataron a su esposa, hay casi una sensación de compasión en sus palabras. “Estos chicos necesitan que se les enseñe. Una vez les dije a sus padres (de los acusados ​​de matar a Aisha) que vengan a ver cómo cuido a mis hijos para que puedan cuidar a sus hijos en lugar de dejarlos tirar piedras en las carreteras sin instrucción u otro aprendizaje, entonces aprenden a robar y asesinar. Pueden aprender de mí cómo trato a mis ocho hijos, cómo los he criado. Todo lo que tengo es para ellos. Si traes niños al mundo cuídalos adecuadamente, de lo contrario aprenderán cosas malas».

Rabi espera que la ceremonia alternativa del Día de los Caídos permita que su mensaje resuene con personas fuera de Israel-Palestina. “Quiero que mis palabras lleguen al mundo entero. Yo creo en la paz. Incluso ahora creo en la paz. No estoy en contra de la religión o el color de nadie. Todos somos humanos, todos queremos la paz y vivir en paz. No solo para mí, sino también para mis hijos. Tenemos derecho a vivir, caminar, rezar, reír. Quiero sentarme con judíos, con cristianos, comer con ellos, vivir con ellos. No quiero vivir solo Eso es lo que quiero del mundo. No quiero el coronavirus. No quiero terrorismo”.

«Todas las mañanas me levanto y digo, ‘las cosas -Inshallah- serán buenas, las cosas de Inshallah serán buenas’», concluye. “Espero una verdadera paz. Espero que sea para bien».

Este artículo fue publicado por primera vez en hebreo en Local Call. Léalo aquí.

Fuente: 972mag Traducido del inglés para Rebelión por J. M.