Alberto Vela Sánchez
Periodista en Bruselas, miembro de la Red Equo Joven

En política, los ecologistas siempre han sido vistos como un rival inofensivo. Desde aquel concejal de un pequeño municipio que da batalla contra la especulación de unos terrenos forestales hasta el eurodiputado que lucha en la Comisión de Agricultura por una Política Agraria Común justa y sostenible. Quizás por ello los partidos verdes nunca han contado con una oposición política feroz, una prensa despiadada o el rechazo visceral que en cambio sí han tenido el resto de partidos en determinados sectores de la población. Esa caricatura amable e infantilizada de la ecología política ha servido durante años para que el poder tratase a los verdes como habitualmente se trata a los niños: de forma condescendiente y cínica.

Pero los niños, como los borrachos, pecan de un exceso de sinceridad, no se andan con los rodeos de los mayores y muchas veces les acaban sacando los colores delante del personal. Algo que ha ocurrido este año cuando miles de jóvenes, con un ímpetu inusitado, se han lanzado a tomar las calles reclamando acción climática a las instituciones, consiguiendo situar a buena parte de esa clase política tan adulta ante el incómodo espejo de la verdad sin medias tintas: en 2030 el cambio climático será irreversible y con él, el colapso de nuestra civilización.

Al principio, algunos medios y personajes públicos intentaron desdeñar las protestas, alegando que si los niños querían salvar el planeta deberían estar en el colegio estudiando en lugar de haciendo huelga. Pero esta, no ha sido una revuelta de consignas vacías, cómo la han querido pintar. Tras ella está el demoledor informe del IPCC de la ONU que nos da 10 años para reducir las emisiones de gases invernadero, y el ignorado Acuerdo de París, un compromiso firmado por casi todas las naciones del mundo para limitar el aumento de la temperatura global de 2º a 1,5 °C. Se sabe cuál es el origen y cuál es el camino, pero despertar a los adultos de su ensoñación del mito del crecimiento económico perpetuo y el extractivismo sin fin, no está siendo fácil. Hay muchísimos intereses de por medio.

Según el fenómeno iba cogiendo un cariz global, muchos dirigentes empezaron a entender que el viento soplaba con fuerza en esa dirección, y tampoco querían mearse en la cara, así que cambiaron de estrategia. Los conservadores y liberales pasaron en unas pocas semanas de vetar la intervención en el Parlamento Europeo de la activista sueca Greta Thunberg, referente del movimiento ‘Fridays For Future’, justificando que debería estar en clase, a recibirla con todos los honores en la cámara, y con los candidatos que la censuraban haciendo cola para sacar su foto de campaña con la ‘influencer’ política del momento.

Gracias al fervor de las huelgas escolares, el cambio climático acabó situándose como uno de los temas centrales de esta campaña para las elecciones europeas. Así, hemos podido ser testigo del diligente, y algo torpe, movimiento argumental de varios partidos tradicionales hacia esta nueva sensibilidad mundial. Del Partido Popular del impuesto al sol o el cierre de Madrid Central, hemos podido escuchar durante esta campaña europea conceptos propios del argumentario ecologista como el empleo verde, con Dolors Montserrat en el debate de la 1, o la economía circular, con Esteban González Pons en el debate de TV3. También hemos visto a Frans Timmermans, candidato del Partido Socialista Europeo a presidir la Comisión Europea, pedir efusivamente ante las cámaras que los europeos votaran verde en estas elecciones, es decir, que votaran a sus rivales. Lapsus aparte, el llamado ‘greenwashing’ no les ha acabado funcionando muy bien porque la gente siempre prefiere el original a la copia.

Entonces llegaron las elecciones europeas, unos comicios marcados por la caída de las dos grandes familias políticas que habían gobernado la Unión Europea, el Partido Popular Europeo y el Partido Socialista Europeo, que por primera vez no iban a superar el 50% de los votos, y por una alarmante aumento de las fuerzas euroescépticas. Tras ese desplome de los dos grandes grupos políticos tradicionales, la noticia iba a estar al lado de los grupos que consiguieran crecer lo suficiente como para ser clave en la formación del nuevo gobierno europeo. Esas fuerzas fueron los liberales de ALDE, que se colocaron como tercer grupo con 106 sitios en el Parlamento Europeo y el grupo de los Verdes/ALE que consiguieron 74 escaños y la cuarta posición.

Los Verdes se convirtieron en los grandes triunfadores de la noche tras romper con todos los pronósticos electorales, aumentando en 22 escaños su actual grupo. En ALDE, en cambio, la alegría fue más comedida ya que no había sorpresa alguna en su resultado, fuertemente ligado al peso del partido de Emmanuel Macron, presidente de Francia. El partido verde liderado por la jóven Ska Keller ha hecho historia en Alemania, convirtiéndose en segunda fuerza tras el partido de Merkel, en Francia, colocándose en la tercera posición tras Macron y Le Pen, y en Reino Unido, alcanzando también la tercera plaza, tras los Tories y los Laboristas, con un fuerte discurso proeuropeísta. Sin embargo, el sur y el este de Europa, las regiones más afectadas por la crisis, siguen siendo la asignatura pendiente de los Verdes, y necesitarán que su proyecto también llegué allí si quieren disputarle la hegemonía a los grandes partidos.

A pocas horas de los primeros resultados, a ojos de los grandes partidos, los Verdes parecían ser la pareja de baile más accesible para cualquier posible coalición. El candidato popular a la presidir la Comisión Europea, Manfred Weber, les tendía la mano, Emmanuel Macron hablaba abiertamente de una coalición progresista con los socialistas en la que se daba por hecha la adhesión de los Verdes. Una vez más el grupo ecologista bajo la caricatura de fuerza política afable, que si bien no parecía una gran amenaza en la oposición, tampoco tendría por qué serla como aliado de otro gobierno más a la deriva de la tecnocracia liberal de la UE. Pero resulta que ni los niños parecen tan inocentes, ni los adultos tan maduros.

En unas semanas cruciales para el devenir de la comunidad europea, con las nuevas negociaciones del Brexit tras la salida de Theresa May y el aliento en el cogote de Matteo Salvini y Marie Le Pen, que junto a otras fuerzas antieuropeistas suman el 25% de la cámara, parece que el apoyo de los Verdes no es un asunto tan baladí. El grupo verde, efectivamente, se encuentra ante su propio clímax de madurez política, ante la oportunidad de zafarse del lastre de la etiqueta de activistas ‘naíf’ para demostrar el verdadero peso que pueden tener en la agenda política de los próximos 5 años. Y su postura es clara: no han llegado hasta aquí para negociar puestos en gobiernos de coalición continuistas, sino para pactar un programa ambicioso y verde que ponga a la UE al frente de la transición ecológica mundial.

La presión es grande y una gran coalición de populares, socialistas y liberales podría dejar a los Verdes fuera de ese deseado pacto programático. Están ante la oportunidad de consagrar su madurez en Europa y demostrar ese sentido de responsabilidad que otros partidos, cautivos por los lobbies, no han sabido demostrar ante el gran reto de nuestra generación: frenar el cambio climático y afrontar la insostenibilidad de nuestro indómito sistema productivo.

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