José María Agüera Lorente con viñeta de ElKoko
«¿Es que hemos de tener sólo la codicia del bandido o la del ladrón? ¿Por qué no la del jardinero? ¡El gozo en el cultivo de los demás como en el cultivo de un jardín!.» (F. W. Nietzsche: Fragmentos póstumos)

Leo en el boletín diario del Observatorio del laicismo la noticia publicada por La Crónica el 16 de mayo, cuyo titular reza así: «El presidente de la UCAM (Universidad Católica de Murcia): “No vamos a permitir la barbaridad de que gays y lesbianas den charlas en colegios”». Hay que precisar, porque dicho así da la impresión de que hablen de lo que hablen los homosexuales en un centro educativo estarían vetados para hacerlo; o sea, que un gay dando una charla, pongamos por caso, sobre los beneficios de la práctica de la calistenia no sería admisible para el señor presidente de la UCAM porque es homosexual. Pero –tranquilicémonos– esto no es lo que quiere decir. Dejemos que se explique; en el mismo texto de la noticia leemos una aclaración proveniente de sus propios labios: «No tiene que venir ningún colectivo de fuera a hacer proselitismo de adoctrinamiento de lo que ellos piensen o crean; bajo ningún concepto». Acabáramos; es que vienen grupos de gais y lesbianas a lavarles el cerebro a los indefensos chiquillos para que se conviertan a la ideología LGTB –lo que quiera que sea eso– o, lo que es peor, que abandonen su natural vida sexual hetero para abrazar las antinaturales prácticas homosexuales; que las escuelas y los institutos no están para adoctrinar y hacer proselitismo, como debe de saber muy bien un católico como el señor don José Luis Mendoza, que a este nombre responde el citado. Su iglesia sí puede hacerlo –esto sí– como viene haciéndolo desde tiempo inmemorial; los profesores y profesoras de religión sí que pueden –y deben, faltaría más– adoctrinar en lo que ellos piensan y creen a los infantes y adolescentes desde su más tierna edad. Digo yo que porque esos docentes católicos no son «un colectivo que viene de fuera» y porque lo quieren los padres y la institución educativa lo consiente… Y –¡qué demonios!– porque lo que ellos enseñan es la Verdad.

Uno va curioso a la web de la asociación No te prives, el colectivo LGTB de Murcia que imparte las dichosas charlas, a ver si da con los indicios de ese diabólico plan de adoctrinamiento que se denuncia. Sin embargo, tropieza con un programa educativo dirigido, principalmente, a «sensibilizar a la sociedad ante el problema de la lgtbfobia» y a «llevar a cabo una serie de acciones tendentes a impulsar la atención de la diversidad afectivo-sexual e identidad de género y en el fomento de valores entre los jóvenes». Ni rastro de objetivos que tengan que ver con el proselitismo del estilo de «qué guay es ser homosexual». Parece razonable que, en el contexto de una educación cívica acorde con un Estado democrático como dice ser el nuestro, una asociación perfectamente legal, pueda llevar a cabo campañas de fomento de conocimiento y respeto de minorías que se hallan en riesgo de sufrir las manifestaciones de rechazo de grupos intolerantes, siempre contando con la autorización debida de las instancias institucionales correspondientes. De igual manera que una asociación gitana puede acudir a centros educativos para hablar de su realidad y atajar la instalación de prejuicios en las mentes de los jóvenes en periodo de formación. Está bien establecido por la psicología que la mejor manera de modificar las creencias negativas sobre determinado colectivos es el trato directo con personas que forman parte de los mismos.

Pero dislates aparte, lo que este hecho evidencia es la lucha de valores que hace décadas no se daba en la sociedad española dada su homogeneidad y el imperio en el ámbito moral del sistema axiológico católico que todo lo dominaba, desde la educación, pasando por la salud hasta la política por supuesto. Usando la terminología de Richard Dawkins, diremos que los tradicionales adoctrinadores, los de verdad, los que siempre han hecho del proselitismo su principal actividad sin asomo ninguno de sonrojo y que hoy en día andan necesariamente más prudentes, no tienen más remedio que competir en la arena de la educación y de los medios en los que se fragua la opinión pública por hacer que sus memes sean los que se instalen en los cerebros de la mayor cantidad de ciudadanos posible y a la edad más temprana que se les permita. Es un empeño característico de todas las religiones e ideologías (nacionalismos, particularmente) el contar con una presencia temprana en la escuela, donde el niño asimila todo lo que se le dice sin oponer resistencia crítica alguna dada su edad, la necesidad de comprender y la autoridad con la que percibe a los padres y a los maestros, a los que es normal que le una un vínculo de afecto y confianza.

El filósofo norteamericano Donald Davidson llamó «actitudes pro» a los valores considerados como actitudes positivas del agente; en ellas incluyó los valores tradicionales, los deseos, los caprichos, los fines y objetivos, las ideas morales, los principios estéticos y cualesquiera preferencias y tendencias. Toda instancia capaz de tener poder de influencia, control y/o manipulación sobre este conjunto de contenidos mentales cuenta con un resorte decisivo para orientar la conducta de los individuos. Se trata de colocarse en la mejor situación posible con el fin de instalar en los encéfalos el programa de fines ideológicamente definido de modo que resulte máximamente eficaz a la hora de que se concrete en los actos de las personas. Volviendo al concepto de meme, al igual que los genes expresan su poder a través de sus características fenotípicas, el meme (el valor, la creencia) tiene entre sus características fenotípicas esas acciones que lleva a cometer a quien lo tiene instalado en su cerebro. En este sentido hay memes más eficaces que otros por ser más fácilmente asimilables por nuestras estructuras psíquicas innatas de origen filogenético más primitivo. A este respecto la mezcla de sexualidad y religión da lugar a un cóctel altamente explosivo, es decir, de un alto efecto motivador. Seguramente nadie protestaría porque una asociación viniese a un colegio a montar un taller sobre reciclaje, a «adoctrinar» en lo relativo a hábitos de tratamiento de los residuos domésticos de acuerdo con ciertos valores ecologistas; pero, amigo, no me toques los valores asociados con el sexo y/o la religión.

El aludido presidente de la UCAM, don José Luis Mendoza, dice –según se cita en la noticia referida– que el gobierno debe respetar «el derecho de los padres a educar a sus hijos en la fe que ellos profesan»; y añade: «soy católico y no quiero que estas personas le den educación a mis hijos o nietos». ¿Debe entenderse que educar en el fomento del respeto a la diversidad afectivo-sexual de manera que se prevengan conductas de rechazo a quienes no son heterosexuales va contra los valores de la moral católica? Sólo cabe una respuesta en buena lógica y no puede ser sino inquietante. En cualquier caso, las palabras del interfecto expresan una postura muy común en la forma de entender las relaciones en las por así decir jurisdicciones educativas de la familia, por un lado, y de la escuela por otro. ¿Ésta tiene que reproducir en su ámbito los valores que cada familia quiere inculcar a sus hijos respectivos? ¡Pero esto es imposible, sobre todo en sociedades como las nuestras actuales, heterogéneas en su ineludible multiculturalidad! Y tampoco es conveniente.

Entramos en una zona plagada de fricciones entre el espacio público de la educación como institución política, es decir, de vertebración del Estado, y el espacio privado de la familia, célula social que tiende, espontáneamente, a exigir la réplica de ciertos principios morales transmitidos de padres a hijos. Platón fue consciente de la problematicidad que dimana de la convivencia de esas dos estructuras de organización social y política. Por eso, en su República eliminó el problema arrebatando los neonatos a sus progenitores pasando a ser inmediatamente responsabilidad del Estado su crianza y educación. Queda liquidado así el contencioso de jurisdicción pedagógica entre la familia y el Estado. No estoy yo por la propuesta platónica desde luego, que tiene un innegable tufo totalitario; pero tampoco comparto la manera de enfocar el asunto que representa la postura enunciada por el Señor Mendoza. ¿De verdad los padres tienen irrestricto derecho a educar a todos sus vástagos en los valores que consideren los verdaderos? ¿Aunque esa educación vaya en contra de los principios de un Estado democrático, en contra de las verdades más indiscutibles, aunque de facto conlleve el secuestro de sus tiernas mentes?

Entendemos que unos buenos padres tienen que velar por la higiene de sus hijos, pero no parece que tengamos por motivo de censura que puedan contaminar sus mentes con creencias intelectualmente dañinas cuando no provocadoras de emociones tóxicas. Porque, para colmo de males, en nuestras democracias liberales todo eso quedaría cubierto bajo el resplandeciente eslogan de que «todas las opiniones son respetables», y cada padre y madre, por tanto, tendrá derecho a inculcárselas a su prole.

En su libro El espejismo de Dios, Richard Dawkins critica esa visión de los hijos como propiedad privada de sus padres, lo que les da el derecho de nutrir sus mentes con aquellas creencias que consideren válidas, las cuales en efecto pueden entrar en contradicción con los contenidos que les son enseñados en las escuelas, con el consiguiente conflicto de jurisdicciones pedagógicas ya aludido. En su argumentación Dawkins echa mano de un fragmento del discurso del psicólogo inglés Nicholas Humphrey cogido de su conferencia de Aministía Internacional en Oxford pronunciada en 1997. Lo reproduzco a continuación, porque creo que da en el clavo:

«Los niños, sostengo, tienen el derecho humano de no ver sus mentes lisiadas por la exposición de las malas ideas de otras personas –sin importar quienes sean esas otras personas–. Los padres, por lo tanto, no tienen licencia divina para adoctrinar a sus hijos en la forma que ellos personalmente eligen: no tienen derecho a limitar el horizonte de conocimientos de sus hijos, criándolos en una atmósfera de dogma y superstición, o el derecho a insistir en que sigan los estrechos caminos de su propia fe».

Quiere decirse que, como propugna la concepción laicista de la educación, es el derecho exclusivo de los hijos decidir qué van a pensar, y no es el de sus progenitores imponérselo. Tal derecho debiera ser protegido por la escuela pública; es asunto no sujeto a discusión que esta institución tiene que proporcionar una educación en valores, los que contribuyen a mantener en buen estado la convivencia democrática de nuestras complejas y heterogéneas sociedades multiculturales en este mundo global. Otra cosa sería suicida; y si parece imposible de justificar racionalmente cuál de los sistemas de valores que compiten entre sí por ganar los nichos encefálicos de las personas que cohabitan en las comunidades políticas, podemos recurrir no obstante al laboratorio de las ciencias sociales que es la historia para constatar qué consecuencias se sigue efectivamente por actuar según qué sistemas de valores morales. Como advierte el mismo Richard Dawkins en el libro citado:

«Nuestra sociedad, incluido el sector no religioso, ha aceptado la ridícula idea de que es normal y correcto adoctrinar a niños pequeños en la religión de sus padres y colocarles etiquetas religiosas –«niño católico», «niño protestante», «niño musulmán», «niño judío», etc. –, aunque no acepta otras etiquetas comparables: no se dice niño conservador, niño liberal, niño republicano, niño demócrata. Por favor, por favor, mejoren su conciencia acerca de esto y súbanse por las paredes cuando lo escuchen. Un niño no es un niño cristiano, ni un niño musulmán, sino un niño de padres cristianos o un niño de padres musulmanes.»

Pero, eso sí, será un ciudadano que tendrá que convivir con otros ciudadanos de confesiones diversas, compartiendo un espacio político en el que todos tienen igual derecho a vivir sus vidas como ellos consideren que pueden hacerlas buenas. De aquí surgirán inevitablemente conflictos que tendrán que resolverse pacíficamente y en miras siempre al bien común. Una buena educación no puede perder de vista esa realidad ni un solo momento. De esto era muy consciente el filósofo norteamericano John Dewey cuando escribió su libro Democracia y educación, hace ya un siglo largo, como lo prueban estas palabras tomadas del mismo: «El punto a discutir en una teoría de los valores educativos es pues la unidad o integridad de la experiencia. (…), la cuestión de los valores y las normas de los valores es la cuestión moral de la organización de los intereses de la vida. (…) ¿Cómo pueden los intereses de la vida y los estudios que los refuerzan enriquecer la experiencia común de los hombres en lugar de separar a los hombres entre sí?».

No con actitudes como las del señor presidente de la Universidad Católica de Murcia, me atrevo a responder. A él y a tantos como él, padres y madres convencidos de la verdad de sus creencias y valores y de su derecho a inculcarlas en las mentes de sus vástagos, les recomiendo la lectura de un hermoso poema del autor libanés Gibran Jalil Gibran sobre los hijos que me emocionó por su belleza y lucidez cuando lo desubrí. No se me ocurre mejor cierre para este modesto artículo que esta selección de sus estrofas:

 

Tus hijos no son tus hijos,
son hijos e hijas de la vida
deseosa de sí misma.
No vienen de ti, sino a través de ti,
y aunque estén contigo,
no te pertenecen.
Puedes darles tu amor,
pero no tus pensamientos, pues
ellos tienen sus propios pensamientos.

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