Lucha LGTB+: igualdad, dignidad y respeto

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Por Javier Díaz Ortiz

Apenas tres semanas distan de la clausura del World Pride 2017 celebrado en Madrid. Toda una oportunidad en el centro de nuestro país para reivindicar una vez más lo que por naturaleza pertenece a todas las personas sin excepción: igualdad, dignidad y respeto. Fue una celebración del amor y la diversidad, pero ante todo fue la manifestación de una lucha que no ha de ser eclipsada por la mercantilización consumista con la que el capitalismo infecta allá donde el dinero no todo lo puede. La dignidad humana no está en venta, y en este caso mucho menos, pues los Derechos LGTB+ son la base sine qua non de la igualdad y el respeto entre personas que, frente a la ignorancia y el fanatismo, nacen y viven como semejantes en derechos y oportunidades.

La lucha del colectivo de personas LGTB+ no es un capricho, es una necesidad. No se trata de una opción, no es una preferencia que rige la vida de aquellas personas nacidas para inmolarse en nombre de la libertad de otras. Esta lucha no solo protege la igualdad sino también la libertad e incluso la vida de muchas personas que son amenazadas por el mero hecho de ser. Insultos, golpes, asesinatos, encarcelamientos y torturas que oprimen a millones de personas en todo el mundo. Solo en España se estima que fueron agredidas físicamente 240 personas por razón de su orientación sexual el pasado año; cifras que van camino de repetirse en el presente 2017. Pero estas agresiones no son las únicas manifestaciones de odio. En los centros de estudio y de trabajo se acosa de forma sistemática a todas las personas que no encajen en los parámetros heternormativos, con insultos, vejaciones, marginación y agresiones físicas que son tapadas. Estas situaciones conducen en muchos casos a desenlaces fatales para las víctimas que se ven obligadas a cambiar de centro, de domicilio e incluso a quitarse la vida. Estas muertes no son suicidios sino verdaderos homicidios inducidos por aquellos que de la ignorancia extraen el odio más deleznable y repugnante que existe, el odio a la liberta de otra persona.

Pero fuera de nuestras fronteras el problema no solo sigue estando presente, sino que en muchos casos empeora sustancialmente. En el extremo más repulsivo de la intolerancia encontramos algunos países como Irán, Arabia Saudí, Yemen, Sudán, Nigeria o Somalia, donde la homosexualidad es castigada con la pena de muerte. Actualmente cerca de 72 países mantienen normativa que persigue y condena la homosexualidad en distinto grado, tanto entre hombres como mujeres. Si bien es cierto que la gran mayoría de estos países se encuentran repartidos entre África y Asia, no sería fiel a la realidad decir que Europa es un oasis ilimitado de libertades y derechos. Desde latitudes más septentrionales en las que se practica la homofobia de Estado tan propia de Rusia, se puede encontrar la desagradable sorpresa de que en varios países de la Unión Europea no está legalizado el matrimonio entre personas del mismo sexo como Italia, Polonia o Grecia. Pero la vergüenza no queda ahí, sino que profundizando más en las limitaciones que se le imponen al colectivo LGTB+ encontramos una normativa en otros aspectos que, pese a no contar con el respaldo de numerosas autoridades sanitarias de ámbito nacional e internacional, sigue vigente. De esta forma, en países que se dicen tan desarrollados y civilizados, existe un veto a homosexuales para ser donantes de sangre por ser considerados colectivo de riesgo en casi medio centenar de estados como Alemania, Francia, Suiza o Estados Unidos, los dos primeros desoyendo las repetidas declaraciones en contra por parte del Tribunal de Justicia de la Unión Europea. No es impertinente cuestionarse aquí el valor de los sistemas democráticos de estos países cuando mantienen la exclusión por razón de género y orientación sexual de manera tan flagrante y reprochable. Pues bien, para esta situación el refranero español recoge una cita perfectamente aplicable a los países de Europa y de Occidente en general, y es que “en el país de los ciegos el tuerto es el rey”.

La lógica de estas agresiones es la construcción de un sistema heteronormativo como conjunto de instituciones y normas sociales que responden a la identificación del “sujeto normal” con los parámetros absurdamente establecidos para las personas heterosexuales. Pero este sistema de opresión y agresión no queda ahí, sino que se ha desarrollado en paralelo junto con otro de las formas de violencia más presentes en la sociedad: el patriarcado. Machismo y LGTB+fobia están macabramente unidos, dos fuentes de odio siempre conexas y siempre violentas. Con gran acierto se acuñó el término heteropatriarcado como sistema social, cultural, político y económico que alberga en su seno el conjunto de violencias dirigidas contra las mujeres y aquellas personas que no responden a lo que se espera de una persona heterosexual; o lo que es lo mismo, el sistema de violencias que viene a proteger los privilegios y la dominación de los hombres cis-heteros frente a todas las demás personas.

Quizá todo lo anterior haya respondido a la siguiente pregunta, pero para quienes todavía prefieren darse la vuelta y no ver la realidad de una persecución criminal es oportuno responder a ese interrogante que hace tornar en blanco los ojos de cualquier persona mínimamente informada: ¿por qué no hay orgullo hetero? La respuesta es tan obvia que duele tener que explicarla. No tiene sentido la celebración del orgullo heterosexual porque la sociedad mundial a lo largo de los siglos ya ha desarrollado, protegido y sacralizado la heterosexualidad hasta construir un sistema de dominación sobre todas las demás formas de vivir la sexualidad. No es necesario proteger aquello que, no solo está más que protegido, sino que elabora métodos de coacción violenta sobre todas las personas que no se identifican con sus normas. La única lucha necesaria y con razón de ser es la que se hace por los Derechos LGTB+ como defensa de la libertad y la igualdad frente a las violencias de un sistema que agrede, maltrata y mata impunemente. El problema no es una tesis sociológica, es una realidad, y la solución clara: luchar contra la opresión por la libertad.

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