martes, octubre 26, 2021
La lucha obrera de las cigarreras de la Fábrica de Tabacos de...

La lucha obrera de las cigarreras de la Fábrica de Tabacos de Madrid para defender sus derechos

Las cigarreras de la Real Fábrica de Tabacos de Madrid dejaron un gran legado al resto de mujeres que continuaron trabajando en ella hasta el año 2000 en el que cierra sus puertas

El monarca Carlos III se encargó de la construcción de varias reales fábricas
como la de Porcelana del Buen Retiro, la de Tapices de Santa Bárbara y la de
Aguardientes y Naipes.

En el ala izquierda de la fábrica de Aguardientes y Naipes se producían las barajas y en el sótano y en la zona trasera, se producían los licores. La fabricación de estos productos dejó de ser eficiente para la Real Hacienda, por lo que se cedió la elaboración del aguardiente a la Condesa de Chinchón y los naipes a Heraclio Fournier.

En 1808, esta fábrica fue ocupada por los soldados franceses de Napoleón Bonaparte durante la invasión napoleónica. Los soldados de Napoleón, procedentes de Francia, estaban acostumbrados a consumir tabaco en forma de rapé o esnifado, pero tras la llegada a España donde se consumía el cigarrillo, adoptan esta nueva forma de fumar.

Por lo tanto, José I Bonaparte empleó este espacio para la fabricación de tabaco con el principal objetivo de acabar con el desabastecimiento que estaba sufriendo la capital, ya que desde la llegada de las tropas francesas a España el tabaco no llegaba a Madrid desde Sevilla, donde estaba situada la Fábrica Nacional de Tabacos.

La lucha obrera de las cigarreras de la Fábrica de Tabacos de Madrid para defender sus derechos
La lucha obrera de las cigarreras de la Fábrica de Tabacos de Madrid para defender sus derechos

Para este trabajo se encargó de contratar a mujeres eran mano de obra barata, ya que tenían gran destreza en su puesto de trabajo debido a que la mayoría se había dedicado al trabajo clandestino en Lavapiés y por la idea de que por el hecho de ser mujeres serían sumisas.

Dado que el problema del abastecimiento de tabaco de la población no se solucionó, se abrió la Fábrica de Tabacos de Madrid y después se construyeron nuevas fábricas en la Valencia, Gijón y Santander. Se intentó también aumentar la plantilla, pero esto no se llevó a cabo por la dificultad que supondría el control de plantillas de trabajadores tan grandes.

El aumento de consumo de cigarrillos por parte de la población madrileña, obligó a contratar más cigarreras, a invertir en nueva maquinaria y reformar la fábrica para adecuarla a procesos de producción como la preparación, manipulación y empaque de los cigarrillos. En 1887, el Estado cede la administración de la fábrica a la Compañía
Arrendataria de Tabacos, que se hizo cargo de la Tabacalera desde ese
momento.

Condiciones laborales de las cigarreras

La situación de la mujer en el trabajo era complicada. En este caso, las cigarreras no tenían hora de llegada ni de salida, cobraban por unidad producida y si faltaban al trabajo le descontaban parte de su salario. Para tener una vida digna era necesario cobrar como mínimo 15 reales y sus salarios eran tan bajos que muchas de ellas debían pedir préstamos o fiados.

Las cigarreras cobraban 3.50 pesetas como máximo, 1.50 pesetas como salario estándar y
como salario mínimo 0.75 pesetas diarias. A partir de estos salarios tenían que comprar sus utensilios de trabajo, pagar al personal de limpieza de las instalaciones de la fábrica, la comida que les proporcionaban las cocineras y los gastos de sus hogares.

Además de trabajar, también debían ocuparse de la casa y de los niños, por lo que cuando no contaban con ayuda se iban con sus bebés a la fábrica, en cuyo patio les daban de mamar durante la pausa.

En 1885, las cigarreras vieron amenazado su trabajo por la introducción de maquinaria en la Real Fábrica de Tabacos y convocaron una protesta que se venía repitiendo desde tiempo atrás, pero que en esta ocasión fue duramente reprimida por las autoridades.

No solo se alzaron ellas, sino también sus parejas, familiares y vecinos, porque tanto ellos con trabajos precarios e inestables, como los comerciantes y los caseros dependían económicamente de ellas. Así, que tejieron una tupida comunidad para defender sus derechos laborales y sembrar la semilla de la lucha obrera.

El periodista y escritor Enrique Rodríguez-Solís expuso su fortaleza en el libro Majas, manolas y chulas: historia, tipos y costumbres de antaño y ogaño: «Y un conflicto en la fábrica de cigarros es un asunto más grave de lo que parece. Son más de cuatro mil mujeres, que dan un contingente, al menos, de ocho mil hombres, padres, hijos, hermanos, maridos y amantes, de la llamada gente del bronce».

Además, destacó su carácter rebelde diciendo: «Hombres a los que si les faltara el valor las mujeres los escupirían a la cara; y que para reclamar justicia o pedir satisfacción de un agravio, la cigarrera disputa al hombre el primer lugar, y no hay ninguno, por valiente que sea, que marche delante de una chula cuando esta se anuda bien las puntas del pañuelo a la cintura».

Grandes avances gracias a los motines

Cada vez que una circunstancia ajena como la mala calidad de la hoja de tabaco unido a a la disminución de los salarios y al registro de las mujeres a la salida de las instalaciones motivaba a que las cigarreras se rebelasen y esto desembocó en una revuelta que se prolongó cinco días durante el primer tercio de siglo, como relata Álvaro París Martín en el artículo De la fábrica al barrio: el motín de las cigarreras madrileñas en 1830.

A través de los motines que llevaron a cabo, consiguieron grandes avances
dentro de la fábrica: retrasaron la llegada de la maquinaria a la fábrica para evitar los despidos, consiguiendo mantener su puesto de trabajo; organizaban sociedades de socorro entre las trabajadoras para apoyar a las cigarreras ancianas que obtenían bajas remuneraciones y con ese dinero obtenían medicinas, pagaban los entierros y tenían atención sanitaria; consiguieron media hora dos veces al día para salir a encargarse de sus hijos y darles el pecho; una jornada laboral de ocho horas y la subida de un veinticinco por ciento de sus salarios y el derecho a tener la jubilación.

Las condiciones de higiene y salubridad también mejoraron y el trabajo mecánico hacía que las cigarreras sufriesen menos enfermedades. Había baños, duchas y el agua ya estaba incorporada dentro de la fábrica. Además, dentro de la fábrica estaba prohibido fumar.

Publicado en la revista Espacio, Tiempo y Forma (UNED), el historiador destaca la solidaridad y el empoderamiento: «Las cigarreras no sólo fueron excepcionales por conformar la mayor concentración de mano de obra en Madrid, sino por disponer de un capital social y simbólico que les concedía un papel protagonista en el vecindario, al tiempo que desplegaban una sociabilidad percibida por ciertos sectores como una subversión de los roles de género».

Las trabajadoras se unen a sindicatos

En 1918, estas trabajadoras se organizaron en torno a un sindicato nacional, cuya presidenta, Eulalia Prieto, escribía años después: «En cuantas luchas ha sostenido la Federación [Tabaquera Española], se puso de manifiesto cómo el factor femenino es algo decisivo y terminante. Mucho hace el número, en efecto; pero no menos hace la valentía, el arrojo de las cigarreras. Este gesto que nos caracteriza tiene un valor inconmensurable».

Prieto señalaba en Unión Tabacalera las causas de su coraje: «Las mujeres estamos en lo general más faltas de libertad que los hombres y al hacer nuestra iniciación en la lucha sindical saturada de redentores ideales encontraremos lo que nos falta en el orden económico y moral. La lucha nos ofrece pan y libertad, más amplios horizontes de vida». De ahí que protagonizasen durante el siglo anterior sonadas protestas, lideradas por los escalafones más bajos de la Fábrica, como las pitilleras.

Paría Martín señala como a ese espíritu combativo y solidario habría que sumar su actitud ante los hombres: «Su gracia, donaire y moral dudosa, así como la cola de cortejos que la esperaban a la salida de la fábrica, nos remiten a la imagen de una sexualidad activa ante el varón. Frente al modelo de mujer sumisa y complaciente, las cigarreras ejercían un rol dominante sobre los hombres, eligiendo pareja y, en muchos casos, manteniendo al varón con su trabajo».

Estas mujeres trabajadoras, humildes y luchadoras, dejaron un gran legado al resto de mujeres que continuaron trabajando en la Real Fábrica de Tabacos de Madrid hasta el año 2000 en el que cierra sus puertas.

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