La noche anterior a su boda se la pasó Manola al pie de la cama de su padre agonizante. En los momentos lúcidos solo hablaba de Murcia, su terruño al que nunca pudo regresar. Al día siguiente, Manola se casó, ante la insistencia de su madre de no cancelar la boda. Su hermano fue el padrino.

«Mi madre era una mujer tan fuerte que me obligó a irme de luna de miel a Acapulco como estaba previsto, prometiéndome que me avisaría si pasaba algo. Al día siguiente a las 6 de la madrugada me telefoneó», recuerda Manola Ruiz-Funes Montesinos.

Manola y su madre, como tantas otras mujeres, formaron parte de la comunidad del exilio republicano español en México. Menos conocidas quizás, pero protagonistas fundamentales de la historia de estos 80 años de la presencia en México de los españoles que huyeron de la Guerra Civil y del franquismo.

Nacida el 15 de febrero de 1929 en Murcia, Manola llegó a México en noviembre de 1940 en un barco procedente del puerto belga de Amberes junto a su padre Mariano Ruiz-Funes, penalista y político español, profesor de la Universidad de Murcia hasta la guerra civil, diputado de los partidos políticos Acción Republicana e Izquierda Republicana durante la II República.

Viajaban también su madre Carmen, su hermana Carmen y su hermano Mariano. «Cinco exiliados en un barco de carga, el último que salió de Amberes tras la llegada de los nazis. Viajamos junto a una familia judía y un estudiante belga. Diez pasajeros en total», rememora.

Manola se considera mexicana, «ya no tengo a nadie allá», dice refiriéndose a España. «Me quedan recuerdos de España, pero también de Bruselas y de La Habana», afirma como la mayoría de los exiliados republicanos que consideran sus circunstancias como un enriquecimiento, a pesar del dolor.

Cuando llegó a México «no tenía ni idea del país. Le pregunté a mi hermano que quiénes eran Moctezuma y Cuauhtémoc porque habían aparecido en el examen de entrada en el colegio. Yo había puesto que eran unas marcas de cervezas porque, como venía de La Habana y allá había dos cervezas que se llamaban Huarina y Hatuey, me sonaban parecido. Cosas de niña», agrega.

Su padre abandonó la actividad política para regresar a la universidad durante el bienio radical-cedista (1933-1935), siendo elegido de nuevo diputado en las elecciones de 1936, esta vez, por Izquierda Republicana.

Manuel Azaña, último presidente de la República española, le nombró ministro de Agricultura con la tarea de llevar adelante la prometida reforma del campo español. Ya comenzada la Guerra Civil, desde septiembre a noviembre de 1936, fue ministro de Justicia en el gobierno de Francisco Largo Caballero.

Manola quiere hablar de su padre a cada rato y es difícil centrar la atención en ella: «Yo no soy importante» afirma, «ni murciana ni española ya, pero quiero regresar una vez más para despedirme», añade a sus 90 años bien llevados, con la mente clara.

El último cargo de su padre en Bruselas como embajador los mantuvo allá tres años, hasta la llegada de los nazis.

Ese periodo en Bruselas lo recuerda como feliz, sobre todo tras los bombardeos sufridos en España, cuando tenían que correr a un sótano donde se iluminaban con velas.

«Se nos pasaba el miedo a los niños con mi hermano Mariano, que era un bromista y no paraba quieto. Un día se incendió el pelo con una vela», recuerda.

«Salimos de Amberes en un barco de carga, el último que pudo salir». Tardaron un mes en llegar a Nueva York. «Se acabó la comida. Los últimos días solo daban de comer a los niños».

Siempre con miedo a ser atacados por los nazis, los niños llevaban pegados al cuerpo en una bolsa de plástico el pasaporte y unos cuantos dólares. «Casi a diario nos hacían participar en simulacros. Subir a las barcas, bajarlas al agua y volver a remontarlas, para estar bien preparados».

Manola encuaderna libros y es una gran bordadora, tanto que todavía da clases todos los miércoles en su casa, en una sala llena de color, abarrotada de hilos bien ordenados en sus correspondientes cestas y regada de cojines que lucen sus bordados.

Comenzó a estudiar Economía, pero nunca terminó porque se casó. «Eso que hacíamos las mujeres antes estaba fatal. No lo hagas, hija», comenta con su sonrisa siempre a punto, aun en compañía de los malos recuerdos como la muerte de su hermano Mariano en un accidente de aviación.

Madre de cinco hijos, «todos muy buenos estudiantes»: tres varones, un economista-diplomático y dos arquitectos, uno de ellos también pintor, y dos mujeres, una artista ceramista y la otra diseñadora gráfica.

«Mi madre se adaptaba en todos lados», asegura. «Las mujeres llevaban mejor el exilio que los hombres».

En Ciudad de México, doña Carmen tenía la casa abierta a cualquier exiliado y muy especialmente a los murcianos: «aquí venían todos a comer porque mi mamá, además de generosa, era muy buena cocinera».

A su padre la paella de su madre le gustaba, pero siempre comentaba: «era mejor la que hacías en Murcia». La nostalgia le podía.

Manola recibió una beca para estudiar inglés de joven y, como no incluía los gastos de estancia y no había «pesos para ello», trabajó para cubrirlos. «Comencé a lavar y planchar, pero quemé bastantes shorts de la profesora de gimnasia, así que me metí a encuadernar para ganarme unos dólares y así aprendí».

Su otra vocación, bordar, también nació por necesidad. Uno de sus cinco hijos sufría graves problemas de visión de niño.

Se lo llevó a Estados Unidos y, aunque perdió la visión de un ojo, pudo conservar la del otro. «Allá me pasé más de un mes a su lado en el hospital. Sin nada que hacer comencé a bordar, luego se puso de moda y me dediqué a ello».

Las dos hermanas, Carmen y Manola, estaban y siguen estando muy unidas. Luego llegó Conchita, al año de establecerse en México, la «hermanita mexicana».

Manola es parte de un pequeño club de exiliadas nonagenarias que se reúnen una vez al mes. «Yo soy la más joven», afirma.

¿Y qué lecciones recibió de su padre? «Nos enseñó a ser buenos estudiantes, buenas personas y a llorar por cosas buenas», concluye.

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