Cuando terminé de leer BREVE HISTORIA DE UNA CHIMENEA. Cuando quiere, le dije a Manuel Pérez, su autor, que esta «es una lectura que te hace pensar y esto no es lo común en la actualidad». Con una narrativa y recursos lingüísticos cuidados la novela juega en un vaivén filosófico y una reminiscencia, individual y colectiva, una mirada hacia atrás «para posteriormente dar un salto hacia adelante», como bien describe Ignacio Castro en el epílogo. Sin duda, esta opera prima de Pérez es una de las mejores recomendaciones para comenzar el 2021.

  •  ¿Cómo surge la idea de escribir la novela?

No considero que pueda hablar de un a priori de la escritura. Al menos, no en mi caso. Siempre que he escrito lo he hecho por necesidad. “Breve historia de una chimenea” se escribió en un reencuentro familiar durante el “desconfinamiento”. Ese reencuentro fue en la vieja casa del pueblo, luego tuve la suerte de quedarme más días a solas con mi abuelo. Todos esos días que pasé removieron una infancia que sigue con nosotros. Tenía que compartir todo aquello. Lo hice en forma de novela corta, pero podía haber sido de cualquier otra forma. Aunque siempre haya escrito, no hubo una planificación. Por ejemplo, durante la cuarentena envié a mis amigos relatos cortos para entretenerles. Cuando me senté a escribir la novela yo creía que estaba haciendo un relato corto más.

  •  ¿En cuánto de la novela te ves reflejado y cuánto es ficción?

Diría que es una novela de autoficción, pero cada vez estoy más a disgusto con ese término jajaja. Mi novela habla de mi familia, de una infancia envidiable, del lugar común al que siempre he querido volver. Creo que Cioran dice en algún momento aquello de que una infancia feliz es el principio de la desesperación. Concretamente, yo asumo que no voy a ser tan feliz como lo fui. No volveré a descubrir cosas, no volveré a desligarme de las responsabilidades “adultas”. Digo adultas, porque un niño es completamente responsable de su familia. En el libro, esa responsabilidad, es el llevar maderas a la chimenea, el jugar con su abuelo. ¿Qué hay de ficticio en el libro? Que para ir a la casa cogí un avión. Lo demás, de alguna manera u otra, ha ocurrido o está ocurriendo.

 

  •  Al principio de la obra, que está cargada de filosofía, parece expuesto que el mundo es una realidad material, que debemos interpretar, sin embargo también se conjuga la idea de que el ‘yo’, lo que somos, es distinto en uno mismo y en la interpretación del ‘otro’, ¿esto puede relacionarse con los debates actuales entorno al individualismo propioceptivo y a la interpretación de la realidad material?

No queremos entender que el “yo” carece de lugar. Queremos conquistarlo todo, ser dueños de todo. Quizá esa obsesión por el reconocimiento tiene que ver con el abandono a lo genérico que hemos hecho en todos los ámbitos de nuestra vida. Cuanto más vacíos estamos, más necesitamos ser marcados por alguna etiqueta. Queremos que la sociedad nos recuerde quienes somos.
Personalmente, desconozco que es el “yo”. Sé que hay una voz que se dice serlo. Que esa voz habla con las cosas y habla en las cosas. En el último artículo decía que yo soy en los vínculos a los que me someto. No puedo ser sin el contexto en el que estoy. ¿Qué deja esto? Una niebla en la cual estamos. Habiendo perdido la esencia de todo, ya no dejamos que nada nos impregne, hemos perdido nuestra propia esencia. ¡Estamos perdidos! Cuando en el libro el protagonismo regresa a su casa, se reencuentra consigo mismo. Él siempre ha estado en esa casa, frente a ese fuego.
No me interesa ningún debate que no hable de eso. Cualquier respuesta del “yo” que no intente responder esa pregunta, me parece más política que cualquier otra cosa. Al fin y al cabo, todos nos preguntamos un par de veces al día quién soy.

 

  •  Hablando de la realidad, escribes que para morir tienes que tener permiso y se me ocurre que ahora, en tiempos de pandemia, se ha vuelto a sacar a la palestra el tema del ‘control’, ¿Qué piensas al respecto?

Si y me ha costado demasiadas cervezas (ríe). Ese permiso puede ser el gran conocimiento último que Agamben cita en algún lado. El permiso del que yo hablo va por ahí. Una especie de última reconciliación con el pasado, con nuestra vida. Para morir hay que aceptar la muerte. Vivimos en un tiempo en el que morir está prohibido.
Ahora hablemos de ese control que dices. Lo que está ocurriendo es vergonzoso por todos los lados. No hay ninguna manera de salvar occidente después de esto. Hemos normalizado que, como Zizek se alarmaba en Pandemia, se hayan elegidos quienes viven y quienes mueren. Es verdad que tienen una justificación, ese es el problema. Abriendo otro debate, no podemos olvidar que se ha aprobado la ley de eutanasia sin apenas ruido.
Hoy vengo del hospital, donde una pareja de ancianos sentados junto a mí hablaban de la prueba del covid. Al mirarles, he pensado: ¿Qué sería peor el positivo o saber que se lo has podido pegar tú? Mi abuela fue una de esas víctimas del virus que tuvo que ser enterrada en silencio.
¿Se puede gestionar la muerte? Antes se encargaba lo teológico de ello, ¿qué capacidad hay en lo político de hacerlo? Sin negar el virus, el mismo ha servido a los gobiernos para someternos de mil maneras posibles. Otro ejemplo cualquiera, durante las navidades en las carreteras apenas habían controles, pero todos creíamos que no podíamos ir por la multa. Aguado ha dicho hoy que no quieren un confinamiento total ¿no lleva repitiendo eso todos los días desde junio?
Resumiendo, esa huida de la muerte permite que la dictadura sanitaria tome mil formas distintas.

 

  • Hay una oración que me ha llamado la atención, y pasando del presente al pasado, como haces en la novela, «la historia se hace cuando esta ya ha ocurrido», ¿a qué se refiere? ¿Excluye la potencialidad de crear historia en presente?

¿Qué es crear historia? A menudo llegamos tarde. Mi libro habla de acontecimientos, de vivencias. Para ver nuestra propia historia tenemos que alejarnos, tomar perspectiva. ¿Nunca te has sorprendido haciendo algo? A eso me refiero, a ese distanciamiento con lo importante. Si somos conscientes en todo momento de lo que está ocurriendo, es que algo estamos haciendo mal. Esto sirve en nuestro día a día y en cualquier acontecimiento que se nos pueda ocurrir. Muchas veces, cuando vamos programando un acontecimiento fallamos. Esto no quiere decir nada en contra de la organización, quiere hablar de las situaciones que nos ocurren. Para hacer historia hay que dejarla a un lado.

 

  •  ¿Mirar hacia atrás es nostalgia? 

No hay nada malo en la nostalgia. De hecho, lo malo aparece cuando no hay donde mirar. Ser un nostálgico no es ser un pesimista ni nada parecido. Vivimos creyendo que la nostalgia es una enfermedad. Todo lo atemporal, lo que nos arranque de esta carrera diaria en la que vivimos, sufre riesgo de expulsión. Puede que el nostálgico sea un exiliado, pero justamente por ello es terapéutico.
El libro hace de la nostalgia un nuevo punto de partida. Me sirvió para depurarme y para reconciliarme conmigo mismo. El nostálgico es quien trae el pasado a nuestros días y convive con él.

 

  • Las preguntas anteriores vienen en relación porque a lo largo de la historia, y una vez expuesto que esta no es nostalgia, sino que como explica Castro en el epílogo que «con frecuencia – ese mirar hacia atrás – lo hacemos para tomar carrera y dar un salto hacia delante» y  «nuestra memoria siempre es considerada significativa de cómo somos», pero además «vivir exige cambiar las cosas, hacer las cosas de nuevo»: ¿Qué somos? ¿Qué nos ha marcado en el plano general? ¿Qué cambiarías de la actualidad? ¿Qué debemos rescatar de la memoria para llevar a cabo este cambio? ¿Qué hemos olvidado?

¿Qué somos? Esa es la pregunta que no he podido contestarme. Sé lo que no somos y quiero creer que sé dónde podemos estar. Por ejemplo, durante la presentación del libro que está en YouTube lo digo: “No sé si estoy en las cosas o las cosas en mí, pero sé que estoy en esa relación”. “Cosa” puede sustituirse por la otredad y ya tienes a Levinas y un montón de elucubraciones jajaja.

Nuestra actualidad carece de pasado. Tiene un enfrentamiento con él. No paramos de dar datos, pero esos datos están más cerca de la estadística que de la poesía. Mucho de lo que sucede con la pandemia tiene que ver con un olvido de lo que hemos vivido. A nivel político, un olvido de cualquier estado de excepción. A nivel micro, un olvido de nuestro entorno.

Esto bien podía haber ido líneas atrás; nuestro ensimismamiento nos prepara para ser verdaderos terroristas. Ya sea a nivel vírico o vital, estamos preparados para ser completamente letales sin mancharnos. Las fiestas prohibidas y las medidas a medio gas, responden a esto.

Siempre he celebrado que nuestro catolicismo ha permitido la existencia de cierta comunidad que lo sajón desconoce. Primero, un católico está condenado a saberse desposeedor de sí mismo. La idea de espectáculo de Kierkegaard. Alejándonos un poco de esa divinidad, no vendría mal recordar esa antaña verdad de la desposesión. El “yo” que presento se encuentra en todo lo que lo ha construido.
En otro orden de cosas, ¿conoces alguna revolución que no se haya inspirado en un pasado? Como diría Weil, el pasado son los cimientos que nos construyen. Reivindico un mirar hacia atrás. Si cuando pase todo esto, en España seguimos cenando a las 20:00 en los bares, me veréis con Jimenez Los Santos (ríe).

 

  •  Y ya enfocándonos más a la novela en sí como ente material y no como idea ¿Qué has aprendido al escribir? ¿Has quedado contento con el resultado? ¿Qué conclusiones has podido extraer?

Llevo escribiendo años, esto solo ha sido un reconocimiento. Yo sabía que publicar no significaba nada, pero te hace ilusión. Lo que más me gusta de haber publicado el libro es saber que no he estado solo. Sé que no es un libro fácil, pero no es algo que me asuste especialmente.

Desde la dedicatoria al epilogo, pasando por el diseño y por la distribución. Todo el libro es fruto de una comunidad. “Breve historia de una chimenea” no podría ser comprado por nadie sin todo lo que me rodea o ha rodeado. Escribiré más, espero.