Por Dr. Juan Ignacio Codina Segovia

Marcos de Miguel lleva más de quince años al frente de la editorial Plaza y Valdés en España. A lo largo de todo este tiempo, por sus manos han pasado algunos de los libros más importantes de nuestra reciente historia en lo que se refiere a ética animal, a filosofía y a pensamiento. Habla sin pelos en la lengua, porque conoce bien su oficio, el de editor. Asegura que aborda cada nuevo proyecto con la intención de ayudar a los lectores a “interpretar, entender y afrontar el mundo que nos rodea, cada vez más complejo y, por qué no decirlo, cada vez más hostil”. A lo largo de esta entrevista, este joven pero ya veterano editor repasa algunos de los principales retos a los que hoy en día se enfrenta el mundo editorial, nos avanza nuevos proyectos y, sobre todo, nos habla de su gran pasión: la edición de libros. 

-Vamos a empezar yendo al grano. En esta época de inmediatez, de pantallas y redes sociales, de mensajes cortos y superficiales, ¿corren malos tiempos para la lectura o los libros siempre tendrán su público?

-No tengo ninguna duda al respecto, corren muy malos tiempos para la lectura de libros. Paradójicamente, el acceso a los mismos es mayor de lo que ha sido nunca, sea en formato papel o electrónico. El problema hoy en día reside en qué es lo que se lee, es decir, qué es lo que, actualmente, está modificando el hábito de la lectura, y no solo entre los más jóvenes. Me refiero a que no podemos comparar el nivel de lectura de un ensayo o una novela con los contenidos que inundan las redes sociales. Son cosas diferentes. Lo que en mi opinión se está perdiendo es la capacidad de atención, concentración y comprensión lectora. De hecho, ya hay estudios al respecto con resultados bastante inquietantes. No quisiera parecer apocalíptico, como diría Umberto Eco, pero la falta de un verdadero hábito lector de libros predispone a que la gente cada vez se conforme con menos, y vea la lectura de libros como un esfuerzo, un sacrificio, cuando precisamente es todo lo contrario: se trata de uno de los mayores placeres de la vida. Quien lee con frecuencia lo sabe. Leer buenos libros nos ayuda a mirar hacia dentro, a acercarnos a nuestro yo más íntimo, nos ayuda, en definitiva, a conocernos mejor. Las pantallas y redes sociales me temo que consiguen más bien todo lo contrario.

-Imagínese que está usted en el mundo que Ray Bradbury describió en su novela distópica Farenheit 451, en la que los bomberos, más que apagar fuegos, se dedicaban a quemar pilas de libros. Imagínese que depende de usted salvar de la quema solo tres libros. ¿Cuáles serían? —Los de Plaza y Valdés quedan excluidos, así ninguno de sus autores o autoras se enfadará con usted

-Solo puedo decirle qué haría si tuviese que salvar tres libros de mi biblioteca personal y lo haría por motivos muy íntimos, casi nostálgicos. Serían Esculpir en el tiempo, de Tarkovski, a quien dediqué años de estudio; Rojo y negro, de Stendhal, al cual debo mi pasión por los clásicos literarios; y finalmente El crepúsculo de los ídolos, de Nietzsche, obra que despertó mi fascinación por la filosofía. En términos bibliófilos, el mayor fetiche que guardo en mi biblioteca es una primera edición de Mi último suspiro, la autobiografía que publicó Luis Buñuel en México de la mano de Jean-Claude Carrière en 1982, firmada de su puño y letra por mi admirado director de cine aragonés.

Lo que creo que quiso transmitir Ray Bradbury en su magistral Farenheit 451, y de quien, por cierto, se han cumplido recientemente 100 años de su nacimiento, es que la cultura y el conocimiento que transmiten los libros están en peligro si dejamos que el fanatismo —sea ideológico, religioso o de cualquier otro tipo— y la hipocresía triunfen y se impongan, bien sea por la fuerza de los opresores o por la desidia de los oprimidos. En esa gran parábola que a mi entender supone Farenheit 451, Bradbury nos advierte de que nada interesa más a los tiranos que ostentan el poder que un pueblo adormecido, aletargado, anestesiado, alineado, es decir, ingenuamente feliz y fácilmente manipulable. Si me preguntase para qué sirve leer libros, le respondería que sirven precisamente para evitar que nos manipulen, que no es poco. 

-Alicia H. Puleo, Oscar Horta, Marta Tafalla, Txetxu Ausín, Jorge Riechmann, Rocío Orsi…, Plaza y Valdés cuenta en su catálogo con algunas de las mentes más brillantes del actual pensamiento español. ¿Cómo se consigue algo así?

-Todos los nombres que ha mencionado pertenecen a grandes intelectuales y buenísimas escritoras y escritores, pero se podrían añadir muchos más. Como editor es un orgullo contar con su confianza profesional y personal. Creo que la clave de por qué autoras y autores tan buenos prefieren publicar con Plaza y Valdés es porque, de algún modo, se identifican con nuestra línea editorial, no necesariamente con todos los títulos, por supuesto, pero sí con nuestra manera de entender la calidad y el rigor a la hora de escoger los contenidos. Siempre hemos seleccionado los textos en función a estos criterios, dándole prioridad incluso frente a su posible éxito comercial. Además, miramos con lupa que esa calidad en términos científicos vaya acompañada de una serie de valores éticos pues, de ese modo, nos acercamos al objetivo que nos propusimos desde los comienzos de esta aventura editorial: que los libros que publiquemos sean una herramienta que ayude a construir un mundo mejor, es decir, más ético, más justo, más solidario, más empático, más inteligente, más sensible… Nuestro prestigio va asociado al prestigio de las autoras y autores a quien publicamos, así como pienso que el suyo está asociado al de las editoriales con las que publican. Es una relación recíproca en este sentido.

-Plaza y Valdés, con muchos de sus títulos, ha logrado crear, a lo largo de los últimos años, un importante soporte académico y de conocimiento orientado a la defensa de los derechos de los animales en España. Imagino que detrás de esto también hay una filosofía editorial, un interés personal, ¿no es así?

-Es correcto, aunque no hay que confundir entre el interés personal del editor con la filosofía editorial, son cosas diferentes. Lo que ocurre en este caso es que hemos sido el primer sello en abordar seriamente un asunto de vital importancia como es la ética animal, que estaba prácticamente desatendido desde el punto de vista editorial. Lo que más ilusión me hace es que hay mucha gente que nos ha conocido gracias a esta línea de contenidos y poco a poco ha ido explorando el resto del catálogo, encontrándose con otras causas sobre las que también llevamos años trabajando con el mismo compromiso, como son los estudios de género, migración, ecologismo, desarrollo, derecho del trabajo, memoria histórica, justicia social… Eso para mí como editor es lo más importante, conseguir ser transversales y ayudar a entender que estamos todas y todos en la misma trinchera: la ética.

A nivel personal, le diría que existe un compromiso firme por mi parte con la causa de la defensa de los derechos de los animales. La ética animal te ayuda a ampliar los horizontes de tu capacidad empática y la empatía es, a mi juicio, una de las mayores virtudes que podemos cultivar. Sin empatía lo que hay es psicopatía, no porque lo diga yo, sino porque así lo ha demostrado la psiquiatría. Dicho de otra manera, quien no sienta empatía por los animales se lo tiene que hacer mirar… El animalismo, como movimiento social, cultural y político, forma parte de la cultura de la no violencia y, desde mi punto de vista, lo que hay que entender es que, si no estás del lado de los oprimidos, estás en el del opresor. La violencia es violencia, lo mires por donde lo mires. Lo que trato de explicar a quien veo que se interesa por la ética animal es que, cuando hay víctimas de por medio, el asunto deja de ser una cuestión de gustos. Es una idea muy simple pero clarificadora. Hay quien cosifica a los animales o se justifica en el nombre de no sé qué tradiciones o convencionalismos. Bien. Solo hay que echar la vista atrás y pensar en cómo sería el mundo si no hubiésemos superado muchas de esas tradiciones. Una tradición en sí misma no es ni buena ni mala, en todo caso deberá ser sometida a un análisis crítico en términos éticos. Creo que hay que dejar atrás el antropocentrismo, y para muchos eso supone un shock tan grande, un cambio de paradigma de dimensiones tan descomunales, que prefieren mirar hacia otro lado y minimizar el problema con respuestas reduccionistas y sin fundamento científico. Lo que verdaderamente importa es la capacidad de sufrir que tenemos todos los animales, humanos y no humanos, como seres sintientes, sin hacer distinción entre si la forma de razonar o de manejar un lenguaje articulado nos permite ser considerados o no sujetos morales, y mucho menos justificar, en función de estos parámetros, el trato cruel y despiadado al que sometemos a la inmensa mayoría de animales.

-¿Cree que un libro puede ayudar a cambiar el mundo? Si es así, ¿qué libro cree que más ha podido contribuir a cambiar el mundo, a mejor por supuesto?

-Me resulta imposible señalar un solo título. Pero me viene a la mente la anécdota según la cual el filósofo Richard Rorty afirmó que la novela La cabaña del tío Tom, de Harriet Beecher Stowe, hizo más por ayudar a entender el problema del racismo endémico que vivía —y sigue viviendo— la sociedad estadounidense, que toda la literatura académica respecto a la igualdad entre seres humanos independientemente de su color de piel.

No considero los libros teóricos como una cuestión elitista, pero me parece que no todo el mundo parte de la misma base, por mucho que nos vendan lo contrario. Es decir, no existe una igualdad de oportunidades real para recibir una educación y formación adecuadas. El sistema, simplemente, no está preparado. Ese es el problema. Tendríamos un tipo de sociedad muy diferente si ciertos libros se estudiasen a fondo y recibiesen la atención y difusión adecuadas. Pero no ocurre así. Esos libros permanecen ajenos al gran público por inaccesibles y se pierden oportunidades maravillosas para que las cosas cambien. 

Por supuesto, considero que son los teóricos quienes van iluminando el camino, vislumbrando los problemas antes que los demás, pues se pasan la vida estudiando e investigando. Pero, ¿cómo se aplican las soluciones a esos problemas? Ese es otro cantar, ya que ahí interviene la política, y todo se complica. Desde luego, parte de la solución pasaría por tener una sociedad más instruida, que estuviese atenta a lo que dicen los teóricos y lo que hacen los políticos al respecto, que no esperase a ver los cambios aplicados por parte de los gobernantes, sino que participase del debate y la toma de decisiones; o que, al menos, tuviésemos la cultura anglosajona del accountability. Pero no nos olvidemos de que España es una democracia muy joven, con solo 40 años de existencia. No podemos correr si todavía no sabemos andar. 

-Si pudiera plantearle a los responsables de Cultura del Gobierno tres reivindicaciones relacionadas con el mundo editorial, ¿cuáles serían?

-En estos momentos de crisis tan feroz que está viviendo el sector del libro creo que se necesitan medidas muy urgentes para frenar el declive al que nos enfrentamos. Existe un riesgo real de que cierren muchas librerías. Detrás de ellas irán las distribuidoras y finalmente las editoriales. Un país civilizado no puede permitirse carecer de librerías para que sus ciudadanos cuenten con un acceso fácil y cercano a los libros, con el trato personal y profesional que ofrecen libreras y libreros, que luchan cada día por hacer bien su trabajo de intermediarios entre editores y lectores. Respondiendo a su pregunta, yo propondría tres medidas apremiantes a los responsables de Cultura del Gobierno:

La primera, crear un cheque cultural para que todos los ciudadanos puedan adquirir libros sin depender de sus ahorros o nivel de ingresos. Ese cheque o tarjeta solo se podría ir canjeando por libros a lo largo del año, con un número máximo razonable, por ejemplo de uno o dos libros al mes, quizá mayor para los más jóvenes. 

La segunda, dotar a las bibliotecas de recursos económicos para que puedan actualizar sus fondos. Es una vergüenza que las bibliotecas públicas lleven años sin asignación presupuestaria para la adquisición de libros y, como consecuencia de esta política, se está dejando a muchas personas sin acceso a los contenidos que quieren o necesitan—sea para disfrute propio o para formación—. Eso sí, mientras se están destinando cantidades ingentes de dinero a actividades como la tauromaquia, que nada tiene que ver con la cultura o la formación artística o intelectual. Me preocupa mucho, por ejemplo, ver cómo se aplica, en pleno siglo XXI, la política del pan y toros. Es muy desolador que, en plena pandemia, no se puedan celebrar presentaciones de libros pero sí corridas de toros. Es inadmisible que en muchos pueblos de la geografía española, el 80 por ciento del presupuesto de cultura se dedique a la tauromaquia. Es un dato muy indicativo del tipo de país que tenemos.

Y, en tercer lugar, me parece urgente crear y difundir campañas institucionales para el fomento de la lectura. Las administraciones tienen la obligación moral de poner todos los medios a su alcance para que suban los índices de lectura, sobre todo desde los grupos sociales económicamente más desfavorecidos y excluidos. Recordémoslo siempre: el acceso a la cultura es un derecho, no un privilegio. Me duele decirlo pero, en este sentido, creo que España no cumple con los estándares de un país primermundista. La media de libros leídos al año por parte de los españoles es vergonzosa.

-Si mira hacia el futuro, ¿cómo ve a Plaza y Valdés dentro de 5 o 10 años?

-Pues la veo continuando el proyecto que comenzó hace ya tantos años desde México, y al que luego dimos continuidad en España. Me gustaría que la editorial siga descubriendo al público grandes autoras y autores cuyo talento todavía no se haya materializado en un libro. Creo que nos hemos caracterizado desde el principio por ser una de las editoriales donde formidables pensadoras y pensadores en nuestro idioma han visto publicada su obra por primera vez. El tiempo nos ha dado la razón pues, pasados los años, muchas de esas plumas han recibido un amplio reconocimiento, dentro y fuera de nuestras fronteras. 

Me gustaría seguir respondiendo a los retos de nuestro tiempo con propuestas originales que ayuden a los lectores a interpretar, entender y afrontar el mundo que nos rodea, cada vez más complejo y, por qué no decirlo, cada vez más hostil. Aspiro a que Plaza y Valdés sea sinónimo siempre de compromiso y responsabilidad respecto a nuestro papel como agente social, más allá de nuestra condición empresarial. 

-Ya vamos terminando pero, dígame, ¿con qué proyectos están trabajando en Plaza y Valdés en el corto o en el medio plazo? 

-De cara a los próximos meses, tenemos programadas varias novedades muy interesantes, como son: La asignatura pendiente. La memoria histórica democrática en los libros de texto escolares, de Enrique Javier Díez Gutiérrez, profesor de Educación en la Universidad de León, con prólogo de Alberto Garzón; 80 sombras de Marx, Nietzsche y Freud. Diccionario de filósofos y filósofas en la senda de la sospecha, de Juan Manuel Aragües, profesor de Filosofía en la Universidad de Zaragoza; Ultrasaturados. El malestar en la cultura de las pantallas, de Juan Carlos Pérez Jiménez, experto en comunicación, sociólogo, psicoanalista y profesor en la Universidad Europea de Madrid, con prólogo de Iñaki Gabilondo; Qué es el veganismo, de Valéry Giroux, profesora de Derecho en la Universidad de Montreal, Canadá, y Renan Larue, profesor de Literatura en la Universidad de California, Santa Barbara, EEUU; Deudas pendientes. La justicia entre generaciones, de Irene Gómez Franco, profesora de Filosofía de la Universitat Autònoma de Barcelona y en la Universitat Oberta de Catalunya; y Filosofía Aplicada. Más allá del postureo filosófico, de José Barrientos, profesor de Filosofía en la Universidad de Sevilla.

-Como editor, ¿qué es lo que más le preocupa, si es que le preocupa algo en concreto, del mundo editorial post pandemia? ¿Habrá que adaptarse a la nueva normalidad o todo seguirá como antes?

-Lo que más me preocupa es que la crisis económica que se avecina dejará a muchas personas sin recursos para leer, estudiar y formarse. Por eso ahora, más que nunca, hay que invertir en becas, ciencia, cultura e investigación. También me preocupa mucho, como señalaba antes, que cierren muchas librerías, por todo lo que implica. Más nos vale entender que estamos todos en el mismo barco y no permitir que este se hunda. Si dejamos el mercado del libro en manos de las grandes plataformas de venta online, es fácil intuir lo que vendrá a continuación. A los que piensan que hay otras prioridades, les recordaría la anécdota según la cual, en plena batalla de Inglaterra, un ministro le propuso a Churchill recortar los presupuestos de Cultura para que todos los recursos se concentrasen en la guerra contra los nazis. Ante semejante idea, el afamado político conservador brincó de inmediato de su sillón y gritó: Y entonces, ¿para qué combatimos?

Otro asunto que me preocupa mucho es la tendencia creciente que observo según la cual parte de una generación entera está creciendo creyendo que una opinión cualquiera vale lo mismo que una teoría científica bien fundamentada y contrastada. Eso solo lo puede pensar alguien que no ha tenido acceso a una formación de calidad. Por ejemplo, con la expansión de la pandemia se han puesto de manifiesto las terribles consecuencias que este fenómeno puede tener. Los grupos negacionistas de las teorías científicas surgen como resultado de la manipulación de gente con muy poca formación a través de las redes sociales. Lo que quiero decir es que, si se abre más la brecha entre clases sociales, no solo estaremos fracasando como sociedad, sino también asumiendo un riesgo enorme. Por eso considero tan importante el acceso a los libros, y por eso soy un defensor a ultranza de las bibliotecas públicas. 

-Ahora ya sí, última pregunta. ¿Qué siente cuando le llega un proyecto a sus manos y es la primera persona en leerlo? 

-Es un momento especial dentro del trabajo de un editor. Le diría que se siente mucha ilusión, pero también mucha responsabilidad pues, de alguna manera, alguien se ha pasado meses o años trabajando muy duro para escribir ese texto. Y esa persona, la mayoría de las veces desconocida para nosotros, ha depositado muchas esperanzas y expectativas en tu respuesta. Ahora bien, como somos una editorial académica, el proceso de selección y evaluación de las propuestas sigue un procedimiento diferente al de las editoriales exclusivamente comerciales, porque, en nuestro caso, un comité de expertos evalúa su calidad. Otras veces compramos los derechos directamente a las agencias literarias que ofrecen títulos para traducir, y que ya han tenido éxito en sus respectivos países. Esta suele ser la apuesta más segura, pues ya cuentas con datos que avalan la respuesta del público en otros idiomas. Aunque he de decir que cada país y cada lengua tienen una idiosincrasia muy particular cuando hablamos de gustos y hábitos lectores. Ocasionalmente, buscamos temas que nos interesan y autoras o autores para desarrollarlos. Le diría que estos son los proyectos más emocionantes, pero también los más arriesgados. En definitiva, en el mundo editorial nadie puede decir que conoce la fórmula mágica que garantice el éxito. Hay libros que tienen a priori todos los ingredientes para triunfar pero, sin embargo, pasan desapercibidos; y hay otros que supuestamente no son de interés general y resulta que se convierten en best sellers. Esto es, precisamente, lo que hace que este oficio resulte tan interesante.