Marta vive en Montesclaros, un pueblo de Toledo, después de decidir darse un tiempo e irse a casa de sus padres tras varios años de duro trabajo en un restaurante de Alcorcón.

En un principio su intención no era quedarse allí pero empezó a trabajar llevando comida a personas mayores de varios pueblos en un catering. Lo que empezó siendo solo trabajo se convirtió en una relación de cariño mutuo.

A pesar de que la empresa cerró, ella sigue llevando comida a las cinco personas que atendía en ese momento: “Es gente válida, que tienen su cabecita en su sitio y que no tienen por qué estar solos. A veces la familia está superpendiente e implicada, pero son señores y señoras que no se quieren ir a una residencia o no se quieren ir a la ciudad. Están a gustito en su pueblo, en su casa, con las cosas que ellos conocen. Llega un punto en el que, por pereza, dejan de guisar y de hacerse comidas sustanciosas. Como guisan para ellos solos, no se van a hacer unas lentejas para ellos solos y se comen una sopa o una lata de sardinas con un cachito de pan y empiezan a venir las anemias. Ahí es cuando los hijos me llaman”, cuenta.

Marta hace la comida en su casa y luego la reparte por las casas mimando cada detalle. Les compra el pan que han comido siempre y cocina sus comidas de toda la vida y explica que los platos que tienen más éxito son el potaje y el cocido.

Pero la implicación de Marta va más allá, se preocupa por ellos y está pendiente de la medicación de cada uno. Entre las personas que atiende se encuentra su tía Beni, a la que lleva al médico y cuida que no le falte lana y sopas de letras.

Marta a cambio ve como ellos comparten con ella todo lo que tienen, desde un trocito de tarta del cumpleaños de sus hijos hasta tomates, cebollas o limones e incluso 5 euros para que se tome un café.

A pesar de que tiene otro trabajo, este no piensa dejarlo. Ella es consciente de que no podría acudir a más casas por la forma en que ella se implica, así que ahora atiende a siete ancianos pero ha llegado a tener hasta nueve.

“Trabajar con ancianos me encanta porque te cuentan mil historias. Me aportan a mí más que yo a ellos”. La joven considera que esto no es otra cosa que un “trueque de atenciones”.