“Pijas”, “ninguna currante”, “antimarxistas”, “posmos”… Antes de leerte o escucharte hablar, y sin conocerte en absoluto, ciertas personas, en su mayoría señores, te juzgan y califican sin tener ni idea de quién eres. Eres una mujer que va a participar en una charla, así que, qué se puede esperar. No hay forma de ganar cuando eres una mujer que va a aportar sus conocimientos. Conocimientos que, evidentemente, son cuestionados desde incluso antes de ser escuchados. Es curioso. Cuando eres una mujer que va a hacer cualquier tipo de aportación, en este caso sobre cuestiones marxistas, se te recrimina una cosa y la contraria: se nos exige una formación académica bien rigurosa sobre el tema a tratar, a la vez que se nos critica, en dicho caso, por ser “intelectuales”. Por alguna razón, solo tenemos permitido hablar si nuestras condiciones laborales son las más precarias posibles pero, en ese caso, también se no señala por no tener x cantidad de diplomas que nos acrediten como válidas. Cualquiera diría que se trata de cuestionarnos en cualquier caso. Ni siquiera esperan a escucharnos hablar, se sienten capacitados para opinar sin haberlo hecho. La cosa tampoco mejora cuando sacan una frase de contexto de horas y horas de charla y usan las falacias más básicas para tratar de desacreditar el resto de argumentos expuestos en la ponencia.

Empieza la charla. Alguno nos dice eso de que, si alguien hace algo bien, a nadie le importa el género de esa persona. Cabe preguntarse, en tal caso, cómo es que los datos indican que, a pesar de estar las mujeres más formadas, seguimos teniendo los trabajos más precarios. Cómo es que el deporte sigue haciendo referencia al deporte masculino, mientras que nosotras llevamos siempre la etiqueta de “femenino”, porque somos siempre algo aparte. Cómo es que tantos experimentos y estudios han demostrado que, ante perfiles iguales, se sigue prefiriendo siempre a los hombres en todos los ámbitos. ¿Están entonces negando la ciencia y cayendo en esencialismos? ¿Están negando lo que dice la psicología y la sociología?

Sigue la charla. Algún que otro señor que se dice de izquierdas saca el argumentario que tu tío de Vox expone en las cenas navideñas y se nos recrimina el tener perspectiva de género. A alguno, con suerte, le suena haber leído un par de páginas del Manifiesto Comunista y se siente legitimado para decir que el marxismo no necesita de nada, que ya es perfecto de por sí, que qué hacemos las mujeres pretendiendo hablar de patriarcado, si lo único importante es la lucha de clases. Pero resulta que sí, que el marxismo, efectivamente, necesita de la visión feminista porque, como herramienta de análisis que es, debe contar con una perspectiva libre de sesgos machistas. No tenerlos en cuenta sería negar la propia realidad, cosa que sí es antimarxista. El feminismo no es asignatura aparte, el feminismo no es algo que vaya por separado. Las ideas de Marx son aplicables a la actualidad porque se forman en un sistema capitalista y vivimos aún en un sistema capitalista, pero ni el capitalismo del s. XIX es igual que el del s. XXI ni Marx dio respuesta o solución a todas las discriminaciones que existen. No, no se puede ni se debe abandonar la lucha de clases, del mismo modo que tampoco se puede negar la existencia de una cultura y una sociedad que son machistas y que, por tanto, evidencian la necesidad de soluciones específicas para ello.

Por supuesto que a las mujeres obreras nos afecta en nuestro día a día la posición que ocupamos en el modo de producción capitalista. De ahí la defensa que hacemos las comunistas de la lucha obrera. Sin embargo, los hombres que nos acosan, violan, agreden física y psicológicamente y asesinan no nos preguntan si somos capitalistas o asalariadas. Si somos mujeres trans o no lo somos. Somos mujeres, esa mitad de la población que hasta hace nada era propiedad de los hombres y que lo sigue siendo en muchos sitios del mundo. Que siguen siendo objetos, mercancías, esclavas. Si las mujeres obreras somos esas relegadas a los trabajos más precarios, si la explotación sexual sigue existiendo y es mayoritariamente femenina, si hay una violación en España cada siete horas… Es porque no solo hay que abolir las clases, también el género.

Hablaba hace tiempo, en otro artículo, de la necesidad de que forma y contenido fueran de la mano. De que como militantes, activistas, personas de izquierdas, es nuestro deber hacer pedagogía, construir hegemonía, convencer. Que no podemos menospreciar las formas en detrimento del contenido. Que nuestra función es la de llegar, no la de espantar. Que los debates no están para quedar por encima de nadie ni para alimentar nuestros egos, sino para transmitir esos principios y conocimientos que consideramos necesarios. Pero a veces da la impresión de que algunos olvidan esa Tesis XI y de que, en lugar de querer transformar la realidad, quieren mofarse y no aportar nada. Es curioso cómo así, paradójicamente, quienes más dividen a la clase obrera son quienes critican esta tendencia. ¿Es la atomización de las luchas una lacra? Sí, y por eso mismo debemos saber llegar a todas esas personas que niegan o desconocen la lucha de clases, y esto no se consigue, por mucho que a algunos les pese, mediante insultos machistas y bromas racistas u homófobas.

Quienes invierten todo su tiempo y energía en humillar, caricaturizar y cuestionar a las obreras feministas, las personas obreras lgbt, las personas obreras migrantes, son quienes le hacen el juego a la burguesía, creando disputas y disyuntivas innecesarias y sin sentido en el seno de su propia clase. Apelar a una falsa homogeneidad de la clase obrera es radicalmente falso. Pero a ellos qué más les da eso, si así consiguen algún retweet de reaccionarios y misóginos cuya lucha se limita a insultar y cuestionar a las mujeres sentados desde el sofá. Todo apunta a que los individualistas, en realidad, son ellos. Quienes, además de conciencia de clase, tenemos en cuenta el resto de opresiones y queremos construir y dejarnos de acoso y derribo, sabemos en qué lado de la barrera estamos.

Mariana Robichaud Castillo