Por Javier Cortines

Un total de 1.500 trabajadores, la mayoría inmigrantes de Rumanía, Bulgaria, Polonia, más empleados de Alemania del Este, etc., contrajeron el Covid-19 a consecuencia del brote que se detectó el miércoles, 18 de junio, en el mayor matadero de Europa, Tonnies, ubicado en la localidad de Guetersloh,  (Renania del Norte-Westafalia).

Fuentes cercanas a Tonnies dijeron que “han visto salir (de sus dependencias) dos autobuses con búlgaros y rumanos infectados que estaban siendo devueltos a su país”, según informaron varias cadenas de televisión, entre ellas TVE. Las autoridades germanas de momento siguen la política de esconder la cabeza debajo del ala.

Además, unas diez mil personas “relacionadas con el matadero” han sido puestas en cuarentena. Las instalaciones de esa “macro carnicería”, donde se sacrificaban principalmente cerdos y vacas, han sido cerradas a cal y canto.

Las primeras imágenes de los dormitorios y salas donde comían y dormían los trabajadores son deplorables: hacinamiento, ninguna medida de seguridad, falta de higiene, baños comunes, abandono. Resumiendo “el paradigma de la explotación, la discriminación, el racismo, el “apartheid” y la supremacía aria.  Allí se concentraban todas las miserias que vivimos “felizmente drogados” en estos tiempos oscuros.

Todos creíamos” que en Alemania -convertida desde hace décadas en el capataz y motor de Europa- habían logrado un sólido estado del bienestar, pero en el seno del mayor matadero del viejo continente, estalló el covid-19 contagiando, por ahora, a unos 1.500 trabajadores que vivían hacinados “como animales”, lo que nos recordó que “Los Nadies” no sólo se «exprimen» en las fábricas occidentales del “tercer mundo” que producen nuestros lujos, sino también en los países del Primer Mundo del siglo XXI.

El lamentable estado de los trabajadores de Tonnies, donde se elaboran las exquisitas salchichas alemanas que tomamos, con mostaza y kétchup, en forma de perritos calientes, jamón cocido, curado, etc., nos lo explica la enfermera Johanna Descy, autora del blog “Tamponkollektiu”. En uno de sus artículos dice:

“En la fábrica sólo una minoría están empleados de forma regular. Entre el 70% y el 80% de los trabajadores cobran generalmente jornales inferiores al salario mínimo legal. Son en su mayoría de Europa del Este y viven en alojamientos colectivos. El alquiler se reduce de su salario. El que enferma ya no recibe su paga. En los alojamientos viven varias personas en la misma habitación. Hay baños y cocinas compartidas. Esta situación, absolutamente inaceptable, ha sido aceptada durante años por los políticos”.

Según la portavoz del Gobierno alemán, Ulrike Demmer, “el episodio del brote del matadero ha sido muy severo” y habrá que desplegar todos los esfuerzos necesarios, incluso el ejército -si es preciso- para doblegar al virus (que vino de la ruptura del equilibrio que mantienen, a duras penas, las leyes de la naturaleza).

Los ocho mil empleados de Tonnies “han sido testeados” para comprobar si son portadores (o no del virus), que “tiene la puta manía” de atacar principalmente a los débiles y a los pobres, sobre todo “si son de color” y viven en países ricos.  Esta pandemia “que a algunos está haciendo más listos y a otros más tontos» todavía no ha evolucionado lo suficiente como para ver y calibrar, en su justa medida, las marcas que está dejando en el rostro de “nuestra maltratada” madre, la Tierra.

Tonnies, que tiene presencia en una treintena de países, sacrifica veinte millones de cerdos al año a manos de miles de matarifes que encarnan la esclavitud moderna, forma de producción que se ha generalizado, ya que el mundo es así y hay que aceptarlo, como nos aconsejan los hombres más ricos del mundo.

Como dijo Bill Gates, quien está invirtiendo un pastón en la vacuna:

“La vida no es justa, acostúmbrate a ello”

En Alemania el covid-19 ha contagiado a unas 200.000 personas y causado la muerte a cerca de diez mil.