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Olga Muñiz
Mujer, madre y feminista. Coportavoz de la Red EQUO Muyeres de Asturias


Soy madre y feminista.

Las gafas violetas, por tanto, la visión feminista del mundo y sobre todo de la maternidad me llegó tarde, cuando mis hijas ya eran un poco más mayores. Fueron ellas las que me abrieron los ojos.

Fui madre muy «pronto», a los 20 años. Como explica Victoria Sau en su “Diccionario Ideológico Feminista” mi primera maternidad fue una maternidad en esclavitud, es decir, coaccionada, no sabía si quería o no ser madre ni lo que ello conllevaba. No tenía ningún deseo de ser madre, pero era lo que me había tocado. Tanto mi pensamiento, la sociedad patriarcal que en aquel momento imperaba _estábamos en 1977_ como mi inexperiencia en esto, hicieron que tuviera a mi primera hija.

No fue muy diferente con el resto, parí para este mundo a tres personas más. En estos tres casos mi maternidad fue de servidumbre… No pensé que fuera a ser para toda la vida. Empezó a ser mi destino.

Lo que el feminismo me aportó, es que el destino se puede cambiar. Concebir, gestar y parir a estas cuatro criaturas fue algo que a día de hoy, aunque lo intente, no puedo recordar. Lo que sí recuerdo es el último paso de la maternidad, el que más dura, el que más tiempo te lleva, en el que te involucras, al menos yo, profundamente: la crianza. Fue una inversión emocional.

El ser humano es el único animal que necesita años de cuidados para independizarse y aun después sigue existiendo una dependencia con la madre. El feminismo no quiere ni admite una visión de la maternidad dada por el patriarcado. Esta visión es impositiva y coaccionadora hacia la vida de la mujer y la confunde con discursos de alabanzas sobre lo que significa ser madre.

La madre por antonomasia es la Virgen María. Ella, según nos han contado, pidió: «¡Hágase en mí según tu voluntad!» — Como si ella misma fuera una vasija, un recipiente, esperando a que se hiciera el milagro—. En la mente de las mujeres de la sociedad occidental católica esto está metido a hierro. La mujer madre, nos dicen, no es importante.

Lo importante es lo que encierra la maternidad: la criatura que saldrá del vientre. No la madre, no la mujer, sino el hijo.

La sociedad patriarcal ha santificado el papel de la maternidad dando únicamente recompensa espiritual, pero no reconoce el valor social como pide el feminismo. Se nos excluye de la economía productiva. Se nos encierra en el ámbito sagrado de la mujer que es el hogar. Muy productivo para el sistema patriarcal y capitalista. Las madres no cobramos, lo hacemos por amor. Ese es el engaño que el feminismo destapa.

De nuevo, me remito Victoria Saud: «En el patriarcado, la madre está al servicio de los padres, y que ella no es madre en tanto que mujer madre sino que se limita a aportar al padre lo que a este le falta, la capacidad biológica de la gestación y del alumbramiento», en otras palabras, es como si los hombres tuvieran un órgano reproductor que funcionase fuera de su propio cuerpo.

Las madres no son las protagonistas, son presentadas como personajes secundarios en la historia, los protagonistas son las criaturas. Lo que ese vientre ha generado.

No se habla de que es la mujer la que concibe, la que gesta, la que pare y, sobre todo, la que cuida. Cuando el sistema patriarcal habla de maternidad, no habla de la mujer, en el imaginario colectivo vemos un vientre sin cabeza. Esas son las imágenes que el sistema patriarcal emplea para hacernos ver qué es y qué significa la maternidad, la feliz maternidad. Craso error, la maternidad no es puramente feliz.

Y es que ya nos decía Rousseau dónde deberíamos estar las mujeres. Ya ensalzó y alabó el amor de una madre, como si esto fuera el único y mejor camino para las mujeres. Ya hizo distinciones desde pequeñitas con Emilio y Sofía, a él le otorgaba todos los derechos mientras que a ella le privaba de cualquier justicia o razón… por ahí empezó todo. A las mujeres no les otorgó ciudadanía plena, eso sí, nos dijo que como madres no teníamos precio.

¿Por qué se le hizo más caso a Rousseau que a Mary Wollstonecraft? —es una pregunta que dejo en el aire—. Ella escribió un magnífico libro en 1792  “Vindicación de los Derechos de la Mujer”.

Para el feminismo, la maternidad es objeto de reflexión. Para el feminismo, las madres no son ni buenas ni malas, son mujeres, diferentes y únicas. Existen tantas maternidades como mujeres, por lo tanto la maternidad no es individual, es colectiva y por este motivo urge reclamarla y reivindicarla como lo que es, algo político y social.

El feminismo tiene que exigir a la sociedad el valor real de la maternidad, el valor político y social que tiene. Reivindicar la maternidad. Presentar la maternidad como una vivencia que no está desconectada de la cultura ni del resto de la vida. Convertir la maternidad en un objeto de reflexión. Las madres son obreras en sus casas, trabajan más de 8 horas diarias todos los días del año, sin vacaciones ni convenio colectivo ni tienen sindicatos que las apoyen. Este valor social es el que, creo, debería reivindicar el feminismo. Debemos reivindicar el carácter político de la maternidad.

Los estados hacen políticas de natalidad y ¿en qué se resume esto? En una protección al bebé y ¿quién apoya a la madre? ¿Por qué no se basan las políticas de maternidad en la propia madre? Los gobiernos deberían respaldar con presupuesto la maternidad. Que las empresas no pudieran despedir a las mujeres que se quedan embarazadas. Que tuvieran un año de baja, si la mujer lo quisiera. Que sea el estado el que sustente la maternidad si la mujer no tiene medios económicos ya que es ella quien concibe, gesta y pare a un bebé ya que es a la madre a la que se le impone el desarrollo físico, psíquico y emocional de la criatura que acaba de nacer.

Reivindicaciones de una mujer madre feminista.

1 Comentario

  1. Obviando el carácter político de esto, las mujeres no son obligadas a concebir un hijo, nadie les impide el uso de anticonceptivos. Aparte cabe destacar que es tonta la forma en la que tachan a la sociedad de ser patriarcal cuando es notable que en occidente tenemos casi completa igualdad de derechos.

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