Enric Llopis

La memoria, la mezcla del presente y el pasado. “En realidad, esos sollozos no cesaron nunca; y porque la vida va callándose cada vez más en torno a mí, es por lo que los vuelvo a oír (…)”. La experiencia y el recuerdo son claves en la novela “En busca del tiempo perdido”, de Marcel Proust, publicada durante el primer tercio del siglo XX; también la voluntad, la sensibilidad, las sensaciones del cuerpo y las percepciones del sistema nervioso pueden –con la morosidad descriptiva del narrador francés-  mutar y recrearse a cada detalle. En junio Dyskolo editó “Tierras de la memoria”, del escritor y pianista uruguayo Felisberto Hernández (1902-1964). El relato de 53 páginas comienza con el autor en el vagón de un tren de primera, que parte de Montevideo por la mañana, presto a realizar un viaje de ocho horas. “Cuando el ferrocarril cruzó la calle Capurro, levantó un recuerdo de mi infancia”, avanza el pianista.

Al protagonista, Felisberto Hernández, le acompaña en el tren un personaje rudo, el “Mandolión”, con quien conversa y a veces también actúa de hilo conductor: “En el momento que yo despertaba de mis recuerdos, el ‘Mandolión’ dormía”. La memoria viaja a los tiempos de la escuela, a las lecciones de piano y a las excursiones por la vereda en “Los Vanguardias”. Una simple cáscara de banana puede catalizar el río de experiencias pasadas. En los años 40 el autor dejó atrás el piano y se entregó a la literatura. En “Nadie encendía las lámparas” (1947) recopila una decena de cuentos e introduce el elemento fantástico. Así, memoria y fantasía se conjugaron en relatos como “Las hortensias” (1949), “Lucrecia” (1953), “La casa inundada” y “El cocodrilo”, publicados en 1962 (Dyskolo ha editado tres de ellos, “Por los tiempos de Clemente Colling”, “Lucrecia” y “La casa inundada”).

El prólogo de “Tierras de la memoria” da cuenta de su complicada gestación. Los lectores de los periódicos El Plata, Papeles de Buenos Aires y la revista Contrapunto pudieron leer de manera parcial, a lo largo de 1944, el relato. La editorial Arca de Montevideo lo publicaría entero -por primera vez- en 1965, tras la muerte del autor y dentro de las obras completas. “Al igual que ‘Por los tiempos de Clemente Colling’ y ‘El caballo perdido’ este escrito forma parte del ciclo de evocación autobiográfica”, subraya el Centro Virtual Cervantes. Sobre el proceso creativo, Felisberto Hernández le escribió una carta a su compañera sentimental, la poeta y cuentista Paulina Medeiros, en la que subraya la importancia de las palabras: “Primero me hago amigo directo de ellas; y después quedo muy contento cuando aparecen juntas, (ya) que habían simpatizado o se habían atraído en algún lugar de mi alma no vigilado por mí” (“Felisberto Hernández y yo”, Biblioteca de Marcha, 1974).

La revista literaria La Licorne publicó por primera vez –en septiembre de 1955- la “Explicación falsa de mis cuentos” del escritor natural de Montevideo; recurre en el texto al símil de una planta para explicar cómo elabora los relatos. Éstos no poseen una estructura lógica, ya que confiesa desconocer los mecanismos de la conciencia. Se trata de que esa planta –el cuento-, que brota en alguna zona interna del autor, finalmente germine (si ha de hacerlo) y sobre todo “que tenga hojas de poesía”. Tampoco hay que forzarla a que sea lozana e intensa, sino dejarla que se desarrolle de modo natural. En síntesis, “lo más seguro de todo es que yo no sé cómo hago mis cuentos, porque cada uno de ellos tiene su vida extraña y propia. Pero también sé que viven peleando con la conciencia para evitar los extranjeros que ella les recomienda”.   

En cuanto al lenguaje, trata de despojar a los cuentos de “lo urgentemente feo, sin quitarle lo que le es más natural; y temo continuamente que mis fealdades sean siempre mi forma más rica de expresión” (“Diario de un sinvergüenza”, Arca, 1974). Por otra parte, en “Bocas del tiempo” (Siglo XXI, 2004), Eduardo Galeano dedica una de las pequeñas historias –“El libro”- a la relación entre la pedagoga Reina Reyes y Felisberto Hernández, quienes estuvieron casados durante cuatro años; ella le regalaba todos los meses un libro con billetes, para que pudiera subsistir, tocar el piano y escribir sus “prodigiosos” cuentos (“la literatura le daba pocos lectores y plata ninguna, y la música no era, que digamos, un gran negocio”, escribe Galeano; sin embargo en las aportaciones de Reina Reyes hallaba “la libertad que lo salvaba del infierno de las oficinas”, añade).

En “Tierras de la memoria” predominan las evocaciones y sugerencias. El día que el vagón salió de Montevideo el narrador y músico reconoció –entre la diversidad de emociones- una angustia que le acompañó siempre (“cubría con su densidad las cosas más diversas”), y que en la infancia se entreveraba con “extraños” placeres, por ejemplo el deseo hacia sus maestras. Recuerda su niñez como la de alguien que no fue un niño de acción, sino más bien un inocente: “hacía” entonces esos recuerdos que años después abrazó; un infante, reconoce, que hubiera querido tener valor frente al negro que le quería pegar, pero del que termina huyendo.

Las descripciones –los monólogos internos, en muchos casos recuerdos- son prolijas y exhaustivas, se trate de sensaciones, sentimientos, situaciones o gestos. Ocurre, por ejemplo, con la música y con el cuerpo: “Mantenía con él algunas relaciones que tan pronto eran claras u oscuras”, sometidas a olvidos o atenciones, y que cambiaban si eran propias o mediadas por los familiares, si se producían ante una mujer recitadora, una pieza musical o ante el jefe y dentista. Un cuerpo –del que no se podía deshacer- en el que habitan pensamientos descalzos (los no cerebrales) y que le arrastra a (iniciáticas) fantasías sexuales. Como en Proust, los recuerdos sobrevienen, llegan por sorpresa, no pueden aherrojarse, y las ilusiones se escapan. ¿La memoria como fuente de vivencias y autoconocimiento?

Juan Carlos Onetti constató que el autor de “Tierras de la memoria” nunca fue un autor de mayorías, y auguró que tampoco lo sería en el futuro. En la página Web de la Fundación Felisberto Hernández puede accederse al prólogo de la versión italiana de “Nadie encendía las lámparas”, publicada por Einaudi en 1974, en la que el escritor Italo Calvino califica al cuentista uruguayo como un “irregular”, por la dificultad de clasificarlo o compararlo con otros literatos. Lo destaca además como un apasionado de las asociaciones de ideas: “Filiberto está siempre persiguiendo una analogía que ha asomado por un instante en el rincón más a trasmano de sus circuitos cerebrales (…); las sensaciones provocan ecos visuales que siguen resonando en la mente”. ¿Por qué no vincular a un gato negro con un piano? Italo Calvino acerca al lector el andamiaje intelectual del escritor uruguayo que viajó a París en 1946: “Un surrealismo suyo, un proustismo suyo, un psicoanálisis suyo debieron haber sido los puntos de referencia de su larga búsqueda de medios expresivos”.

En el portal de la Fundación Felisberto Hernández se puede leer también el prefacio a “La casa inundada y otros cuentos”, en el que Julio Cortázar señala puntos de conexión entre el autor del texto y el narrador y poeta cubano, José Lezama Lima. “Felisberto (…) vive toda su vida como replegado sobre sí mismo, solamente atento a interrogantes interiores que lo arrancan a la indiferencia y al descuido de lo cotidiano”, afirma Cortázar. Quizá por ello casi todos sus cuentos están escritos en primera persona. No hay que buscar en la obra del pianista y escritor grandes reflexiones sobre la historia o el presente de Uruguay; al contrario, añade el intelectual argentino, “se diría que su mirada se detiene en las paredes que le rodean, sin esforzarse por extrapolar sus experiencias”. Lo que sí puede encontrarse en Felisberto Hernández es un “yo” que se desdobla. Al releerlo, Cortázar se siente “en las calles montevideanas, en los cafés y los hoteles y los pueblos del interior donde todo se da como a desgano, como él daría esos conciertos llenos de polillas y cuentas sin pagar y trajes alquilados”.   

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