Diversos colectivos, personas e instituciones ven como irrumpen en la política y en el panorama actual algunos partidos que usan la misma retórica o similar que cuando el fascismo hizo estragos en Europa.

La impunidad al exaltar el fascismo en España, al exaltar el franquismo o al culpar de su suerte a colectivos vulnerables está a la orden del día.

Estos partidos —y, por consiguiente, sus simpatizantes— han puesto su foco en el racismo y en la xenofobia. Los movimientos migratorios son considerados para esta extrema derecha de Hacendado como mafias que intentan “conquistar España”, arrebatarnos derechos y vivir sin trabajar, al mismo tiempo que —según dice— roban, violan y cometen cualquier otra atroz y deliberada mentira que se les ocurra para afianzar su mensaje en la población, ya que disfrutan de una impunidad nada coherente en una madura democracia.

Se culpabiliza a estos colectivos de muchos de los males de España. Lo que las personas rancias, fascistas y las malas personas decían hasta no hace mucho en voz baja en sus casas o en un bar estos partidos lo han llevado a la escena política.

Se señala a los menas de los males que amenazan a España, se les culpa públicamente de hechos no probados y cuando se demuestra que no fueron ellos los autores se intenta escurrir el bulto. Estos partidos no solo pretenden hacer sino que ya están haciendo lo que ya en su día hacía la Alemania nazi: crear odio y miedo hacia el diferente, culparle de robar ayudas y de quitar derechos sociales, consiguiendo así que les veamos como el enemigo y como una carga tanto para la sociedad como para el Estado.

En la imagen superior vemos una viñeta de propaganda nazi contra los discapacitados mentales. El odio que se engendró contra este colectivo produjo la aprobación de la “Ley para la prevención de la descendencia con enfermedades hereditarias” en 1933, que obligó a esterilizar forzosamente, entre 1933 y 1939, en torno a 360.000 personas que padecían enfermedades como la epilepsia y el alcoholismo o trastornos como la esquizofrenia.

En este cartel alemán antisemita podemos leer la frase “Quién tiene la culpa de la guerra” en idioma alemán y ver la mano ultraderechista acusando a un hombre, identificado con la estrella de David, emblema del judaísmo, en representación del pueblo judío.

En la Alemania nazi se señalaban sus casas y sus negocios. Aquí, en España, no solo se permite a la extrema derecha señalar y acusar en vano sino que, además, no se considera delito la propaganda extremoderechista, como los carteles electorales que VOX desplegó en el metro de Sol, en Madrid, contra los menores extranjeros no acompañados, conocidos como “menas”.

El cartel electoral de VOX señala a este colectivo de niñas y niños menores y les criminaliza, tal y como en la Alemania nazi se señalaba en su día a los discapacitados mentales y a los judíos, culpándoles de suponer una molestia para el Estado alemán y para la sociedad alemana de aquel entonces.

Si bien en un primer momento se archivó la denuncia al respecto, ya que la Audiencia Provincial de Madrid determinó que se trata de “amplia” libertad de expresión y no de “actos no puntuales que provoquen una reacción negativa, injusta por discriminatoria y provocadora del rechazo a un colectivo concreto”, en un segundo momento, tras recurrir la Fiscalía el archivo de la denuncia, los jueces dictaminaron que era un “eslogan electoral” y que “con idependencia de si las cifras que se ofrecen son o no veraces”, que no lo eran, “[los menores] representan un evidente problema social y político”.

En este cartel xenófobo con datos falsos se utiliza la palabra “mena”; no obstante, si la intercambiamos por “judío” obtendremos la táctica que usaban los nazis. Esta propaganda ultraderechista cumple los 11 principios de la propaganda nazi de Joseph Goebbels y, sobre todo, señala a un único enemigo como causante de los perjuicios económicos en España para criminalizarlo. Con este cartel la extrema derecha pone su punto de mira en las personas racializadas, como en su día lo hizo con el colectivo LGTBIQ+.

Los delitos de odio van en aumento en España, mientras se permiten los mensajes de odio y los discursos que apelan al “diferente” como persona y colectivo culpables de provocar un estado de malestar y la ruptura de España. Eso supone un odio popular del que cada vez son más víctima los colectivos más discriminados en España.

Poner el altavoz a personas con ideología nazi y de extrema derecha otorga una gran potencia a su mensaje, que va calando entre la gente que tiene una mayor desazón, que no tiene un futuro claro y que tampoco es capaz de discernir de dónde provienen sus males.

Estas personas, que nadan entre nuestra sociedad con dificultad y con profunda desazón, acaban siendo presas del anzuelo del odio, disfrazado por la extrema derecha con una aura de clara culpabilidad hacia un colectivo al que no consideran semejante; un enemigo “diferente” que puede ser el culpable de su frustración, por lo que muerden el anzuelo del odio y terminan siendo arrastrados por él. Así les intenta convencer la extrema derecha.

Amplificar mensajes así provoca que estos colectivos estén cada vez más en peligro. A cada semana que pasa hay más agresiones y estas acciones han culminado en las muertes de Younes y de Samuel, el primero al grito de “moro” y el segundo al grito de “maricón”.

VOX categorizó el Orgullo como “caricatura denigrante”, diciendo que preferirían no tener nietos si tuvieran un hijo gay y, la última vez, acusando al colectivo LGTBIQ+ de “pedófilos” por organizar espectáculos infantiles y juveniles. Decía este portavoz del partido fascista pocos minutos antes de su acusación que “la ignorancia es osada”: predicó con el ejemplo. Los discursos de odio son el aliciente perfecto para que estos delitos de odio tengan lugar en nuestra sociedad.

En una sociedad democrática donde todas y todos tenemos cabida estas intolerantes declaraciones deberían ser imputables y condenables. En una sociedad democrática como la española no se deberían permitir el señalamiento ni las acusaciones hacia el colectivo LGTBIQ+ ni hacia la población racializada; por permitirlo no hace más de un mes que tenemos un apuñalamiento de una mujer ecuatoriana en Murcia, un asesinato de un árabe en Murcia y otro asesinato por ser homosexual en A Coruña.

Vivimos en un momento en que colar un bulo es demasiado fácil porque los principales propagadores de bulos cuentan con muchos bots —cuentas que difunden en redes sociales determinados mensajes de forma automática y repetitiva— y una masa de gente que comparte estos mensajes, bien por odio, por simpatías o por no contrastar la información en fuentes fiables y comprobar que se trata de información veraz.

Culpar a un conjunto de personas y ganar adeptos a ese mensaje de odio, como en su día hacián los nazis, es demasiado fácil. La perorata de la extrema derecha es la tradición y la familia tradicional para culpar a LGTBIQ+, al feminismo, a los menas o a cualquier colectivo que en ese momento vean idóneo para propagar su odio irreflexivo, sus prejuicios, alcanzar así más público y lograr simpatías. Estos grupos políticos nunca nombran la igualdad, nombran la libertad; porque jamás buscan la igualdad entre colectivos diferentes; fomentan la libertad de abajo a arriba, donde la gente de arriba no pierdan sus privilegios y la masa de abajo se convenza de que los males que les afectan y el progreso que se ralentiza son consecuencia de los sectores vulnerables.

La función de estos partidos políticos no es fortalecer la democracia ni aceptar lo que el pueblo elija en las urnas: las urnas se equivocan si no ganan quienes consideran que deben ganar. Les gusta la confrontación y siempre ponen en entredicho a quien no es su ganador predilecto o a quien no cede a sus chantajes. Buscan un sistema totalitario que pase por limitad la libertad en el uso del orden social.

Su objetivo no es hacer buena política ni proponer medidas que puedan favorecer al sistema democrático o mejorar la sociedad: buscan el enfrentamiento, quieren provocar y buscan un desafío dialéctico constante, hasta el punto de romper con lo políticamente correcto y hacer en voz alta y públicamente comentarios que se consideran radicales para demostrar así que no les importan los límites sino defender lo que ellas y ellos consideran una nación fuerte, con identidad nacional.

En el nazismo el culpable era el judío. Actualmente, la culpable es una minoría que pueda servir a la extrema derecha española como chivo expiatorio para culparle de los males que aquejan a la sociedad, para señalarle como responsable que una sociedad desencantada necesita.

España seguirá siendo un país democrático que carece de una normalidad democrática en muchos aspectos. Seguirá defendiendo el feminismo, a los colectivos vulnerables como LGTBIQ+ o a las personas que han venido buscando un futuro mejor para ellas y sus familias.

La extrema derecha seguirá intentando plagiar métodos de épocas oscuras y provocando la contienda política; pero siempre tendrá a gente delante dejándole claro que aquí, en nuestra España, cabemos todas y todos quienes sabemos y queremos convivir en armonía. No cabe la maldad de la gente que busca confrontar y provocar ni quienes intentan atacar a la gente vulnerable en lugar de buscar soluciones viables.

La extrema derecha tiene una larga trayectoria. Una vez señalaron a los discapacitados mentales y a los judíos. Ahora señalan a los colectivos vulnerables. Un día puedes ser tú a quien apunten con su dedo. Y no hablemos de Hungría, que está relativamente cerca y es un ejemplo al que no debemos ni asomarnos.


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