Pepe Larios
Presidente de la Fundación EQUO

Nuestra civilización, como toda la vida, funciona gracias a la energía disponible y en las últimas 20 generaciones esta energía la obtenemos, básicamente, de los combustibles fósiles, energía solar concentrada como el carbón, el petróleo y el gas natural, a partir de restos de seres vivos, y almacenada en el interior de la corteza terrestre.

Inmensas cantidades de energía de fácil acceso, de alta calidad, fáciles de transportar  y almacenar, baratas de obtener y que entregan inmediatamente grades cantidades de energía útil, han posibilitado un vertiginoso desarrollo de la humanidad, expansión industrial y un modelo de transporte soportado por motores de combustión interna.

Los combustibles fósiles han sido el soporte del mito del crecimiento continúo que la mayoría de los economistas neoliberales, keynesianos o marxistas, y las formaciones políticas defienden y alientan.  El desarrollo de este modelo lejos de ser inocuo para la humanidad y las especies con las que convivimos ha generado una crisis ambiental sin precedentes de la que las emisiones de gases de efecto invernadero con el consecuente cambio climático y la sexta extinción son sus consecuencias más evidentes.

El modelo de transporte ha configurado nuestras ciudades: el espacio reservado para la circulación y aparcamiento de los automóviles así como la expansión de las mismas  al haber extendido la distancia física entre los lugares que vivimos y trabajamos, si bien la distancia temporal se mantiene en torno a media hora, la física viene determinada por la distancia que podemos recorrer en ese tiempo. Al igual que los coches han configurado las ciudades, nuestra vida en las ciudades depende de los coches

Así las calles que se han construido en los últimos decenios están pensadas y diseñadas para el desplazamiento en el automóvil, e incluso las calles de nuestros cascos históricos se han acomodado a este artefacto dejando exiguas, casi inexistentes, aceras para las viandantes, dificultando el desplazamiento en silla de ruedas, cochecito de bebes o carritos de la compra y reservando el grueso de la calle para el coche.

La dependencia vital del modelo basado en el automóvil privado va más allá del solo  desplazamiento. Los motores de combustión son la principal causa de la mala calidad del aire en el estamos inmersos y respiramos en nuestras ciudades.

El parque de vehículos en nuestro país es de unos 31 millones lo que nos lleva a unos 500 coches por cada 1000 habitantes. Podemos evacuar cualquiera de nuestras ciudades entera dejando sin usar más de la mitad de los coches. Los vehículos de nuestro país, aparcados paragolpes contra paragolpes y usando una longitud media conservadora de los  vehículos de 4,59 metros le darían 3,5 vueltas a la Tierra.

Este modelo de transporte junto con las industrias que son intensivas en el uso de energía, situadas en nuestras ciudades emiten gases y partículas al aire que respiramos y que tienen serias consecuencias para la salud y la vida de las personas que aquí vivimos.

La información de la Agencia Europea de Medio Ambiente, AEMA indica que son las partículas menores de 2,5 micras, PM2.5, las responsables de mayor impacto en la salud; su menor tamaño les permite atravesar los alvéolos pulmonares y pasar al caudal sanguíneo y aunque Consejería de Medioambiente solo da datos de PM10, se puede calcular que el 60% de las mismas son PM2.5  Al material particulado tenemos que añadir otros gases nocivos como los óxidos de nitrógeno, NOX, Ozono, O3 , y otros.

La Organización Mundial de la Salud, la Agencia Europea de Medio Ambiente o la revista especializada en medicina, Lancet, han publicado informes y estadísticas sobre los impactos de la contaminación del aire, básicamente muertes prematuras. Lo sorprendente es que estas cifras son muchas veces superiores a las personas muertas en accidentes, sin embargo nuestras autoridades apenas prestan atención a estos datos mientras cada semana, agencias como la DGT, nos informan y alertan sobre las muertes en accidentes.

En nuestro país, investigadores del Departamento de Epidemiología y Bioestadística de la Escuela Nacional de Sanidad del Instituto de Salud Carlos III, han investigado los efectos sobre la salud de los diferentes contaminantes en nuestras ciudades y son igual de preocupantes ya que son 14 veces superiores a los accidentes de tráfico.

Pero las advertencias y estudios de la Escuela Nacional de Sanidad han ido más allá. Así han publicado que los altos niveles de contaminación en nuestras ciudades son responsables del 17% de los nacimientos de bebes prematuros y del 13% de bebes nacidos con bajo peso.

Otro trabajo realizado en Gran Bretaña encontró que de 284 pequeños estudiados, los que habían vivido en las áreas más contaminadas a la edad de 12 años se encontró que rea entre tres y cuatro veces más probable que sufran depresión que aquellos que habían vivido en las zonas menos contaminadas

El equipo de investigación del Instituto de Salud Carlos III llama la atención advirtiendo que las muertes prematuras por la mala calidad del aire de nuestras ciudades es solo la punta del iceberg del problema y es que son muchísimas la afecciones a la salud.

En sentido opuesto, estudios publicados relacionan la presencia de zonas verdes durante la infancia reduce el riesgo de problemas de salud mental, como problemas de ansiedad y depresión, de la población. Recordar los beneficiosos efectos de la arboleda en nuestras ciudades como absorbentes de contaminantes, refrigeración y sombreo de nuestras calles. Un árbol de gran porte equivale a la presencia de hasta doce aparatos de aire acondicionado en las calles.

Para disminuir estas consecuencias es necesario acometer medidas profundas y urgentes para mejorar la calidad del aire de nuestra ciudad para disminuir las fuentes y cantidad de emisiones de contaminantes disminuyendo drásticamente la carga tóxica del aire que respiramos. En otras palabras optar por los desplazamientos a pie, en bicicleta, transporte público urbano y restringir al mínimo el uso de automóviles en la ciudad simultáneamente incrementar la presencia de árboles y zonas verdes  remodelar las ciudades para hacerlas a medida de las personas y de la vida.

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