Arrabeh, Yenín, en la Cisjordania ocupada. Los pasados 58 días, mi marido, Khader Adnan ha rechazado ingerir ni un bocado de comida. Tampoco ha bebido nada más que agua. El domingo, dejó también de beber agua.

Una vez más, Khader ha decidido resistir valientemente la ilegalidad y la barbarie de la ocupación israelí con el único arma de la que disponen los encerrados en prisiones israelíes, su cuerpo.

Sabía que su creencia en el derecho a resistir la ocupación podía costarle la vida. Aún así, el 2 de septiembre anunció una huelga de hambre indefinida hasta alcanzar su liberación.

La tercera gran huelga de hambre

Mientras escribo esta nota, mi marido está sintiendo la muerte. Su vida pende de un hilo. Nadie sabe cuánto resistirá.

Khader es un destacado activista político que ha sido encarcelado once veces, tanto por la ocupación israelí como por la Autoridad Palestina (AP). Ha llevado a cabo innumerables huelgas de hambre de diversa duración para liberarse de las cadenas de la injusticia. Su valor para enfrentarse a ambas entidades le ha convertido en enemigo de ambas.

Esta es la tercera gran huelga de hambre que mi querido esposo ha emprendido en los últimos seis años. Fue liberado de las prisiones israelíes en 2012, después de negarse a comer durante 66 días, y en 2015 durante 56 días. Khader salió victorioso en ambas ocasiones y yo tengo fe en que esta vez también lo conseguirá. Aunque estamos casados desde 2005, no hemos pasado juntos más de cinco años.

Cuando recibo una notificación en el teléfono, se apodera mi una sensación de histeria hasta que veo lo que aparece en pantalla. Tengo miedo de recibir la noticia de su fallecimiento. Hablo conmigo misma continuamente. Me digo: “se fuerte, Randa”.

“Nos sentimos vivos al oponernos a la ocupación”

Antes de que se embarcara en esta última huelga de hambre, le pregunté: “¿Cómo puedes hacerlo? Ya sabes lo que le ocurrirá a tu cuerpo después de doce días, después de quince, de veinte, de cincuenta. Ya has sentido el dolor y las punzadas del hambre, los vómitos y la pérdida de oído; la sensación de que tu estómago te está devorando. ¿Cómo eres capaz de volver a hacerlo?”

La respuesta que me dio fue conmovedora: “¿Cómo puede una mujer desear parir más de una vez, a pesar del dolor que ha sentido? Hay belleza y amor en el acto de dar la vida; y nosotros también nos sentimos vivos al oponernos a la ocupación, al saborear la libertad y ser capaces de luchar por ella”.

Khader Adnan no es solo un líder de la yihad islámica. Cuando sale a la calle, la gente se reúne para escucharle. Está muy unido a la gente. Al haber experimentado las consecuencias más horribles y siniestras de esta ocupación, sus palabras le brotan inevitablemente del corazón.

Si habla de los prisioneros, la gente le escucha porque sabe que él es un prisionero. Si habla de huelgas de hambre, la gente sabe que él es huelguista. Si habla de defender nuestros valores frente al enemigo, saben que ha dedicado su vida a la justicia. Si habla sobre la Autoridad Palestina, saben que fue su prisionero y que fue golpeado por ellos. Si habla sobre la monstruosidad de la ocupación, saben el calvario que ha atravesado.

Mientras que en las dos últimas ocasiones, sus protestas estaban motivadas por la inhumana política de detención administrativa que practica la ocupación (encarcelando a palestinos indefinidamente, sin juicio ni acusaciones), esta vez el motivo es otro. Hay un proceso judicial en su contra, aunque el juicio ha sido pospuesto repetidas veces desde su arresto el 10 de diciembre pasado.

¿Un deseo de morir?

Muchos le han criticado por optar por una huelga de hambre teniendo un juicio pendiente. Les parecía un deseo de morir. Las organizaciones de derechos humanos me dijeron que no lo apoyarían si optaba por hacerla. Pero, ¿quiénes son ellos para escoger o decidir contra qué protesta mi esposo? ¿Quiénes son ellos para decidir que lo que está haciendo la ocupación es legal? Lleva en prisión casi un año y aún no se ha dictado sentencia.

Su principal convicción es que la ocupación es libre para decidir cuándo encarcelar a alguien, pero no tiene esa misma libertad para decidir cuándo liberar a un prisionero político. La idea que sustenta esta huelga de hambre es la oposición al mero hecho de la detención. Cualquier persona libre con una pizca de identidad se resistiría a la crueldad de la ocupación. Se opondría a la violación de nuestros derechos, de nuestra dignidad y de nuestra humanidad. Khader cree que su vida no tiene sentido si le roban la libertad, si no puede estar con su familia. Solía decirme: “Un momento contigo y con las niñas compensa todo el dolor que sufro en la huelga de hambre”.

Aunque nunca estuve tan comprometida en política, es mi deber defender a mi esposo y hablar en su nombre mientras yace en una cama de hospital en la prisión de Ramle, pero no es fácil. Cuando hablo con los medios o con las ONG, no puedo evitar las lágrimas.

Impactos psicológicos

Veo el impacto psicológico y emocional que causan en mis hijos las huelgas de hambre. Se agitan con facilidad, están sensibles e irritables. Y sé que, en gran parte, ese comportamiento se relaciona con el estado constante de enfado y preocupación en que me encuentro. Aunque intento mantener un ambiente ligero y familiar en casa, es muy difícil. Cuesta mucho ocultar el miedo y la preocupación en el interior de una misma.

Cuando Khader está en la cárcel y en huelga de hambre, veo como caen sus notas escolares. Mi hijo llegó un día de la escuela y empezó a pegar a sus hermanos. Cuando le pregunte que por qué lo hacía me dijo que los chicos de la escuela decían que su padre se iba a morir: “Tu padre está en huelga de hambre, va a morir”, decían.

La sensación de que, en cualquier momento, puedes perder a alguien a quien amas (a un hermano, un marido, un amigo, el padre de tus hijos) es casi insoportable.

La gente le etiqueta y le considera un fanático religioso porque lleva una gran barba. Pero Khader se sienta en el suelo a jugar con sus hijos, limpiamos el cuarto de baño mano a mano, pasa la fregona al suelo, me seca el cabello y me quita las espinillas. Compartimos nuestra vida. Es mi compañero del alma.

Aunque me toca soportar el peso de su ausencia y el miedo a perderlo, tiene todo mi apoyo en este viaje. Como familia, creemos en el amor por la tierra. Creemos que vale la pena el sacrificio por nuestra tierra. Nuestra tierra necesita a personas como Khader.

Runda Musa es la esposa del preso político palestino Khader Adnan y madre de dos hijos.

Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo a partir de un artículo de Middle East Eye

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