Mi uno de enero

Por Joaquín Araujo
Naturalista, escritor, director y presentador de series y documentales


Seguramente, ni el uno por cien de la población ha dedicado unos segundos a ver amanecer en el amanecer de este 2019. La fiesta de la luz gratuita queda cegada por las infinitas luces artificiales que hay que encender, y pagar, para divertirse o comunicarse. Siempre me ha parecido una tragedia que seamos tan pocos los que asistimos a la crucial inauguración de cada jornada. Pero hoy, uno del uno del diecinueve, podemos definirlo como el día en el que la Natura tiene menos testigos. Somos pocos, muy pocos los que decidimos acompañar a cualquier soledad natural como forma de comenzar el año.

Ilustración de Javier F. Ferrero

La fortuna me ha permitido pasar en plena montaña arbolada 40 de los últimos 41 años nuevos. En 35 de esas ocasiones he celebrado el estar todavía vivo con un largo ascenso. Subo, en efecto, al punto más alto de la sierra donde anido. No es proeza alguna pero sí un esfuerzo notable. En poco más de tres kilómetros lineales paso de 800 a 1.441 metros sobre el nivel del mar. Suelo tardar dos horas o dos horas y media en subir y algo menos en bajar. Creo no exagerar si comparo la ascensión con una larguísima escalera. Doy casi 20.000 pasos, sudo y por supuesto jadeo. Pero quedo por completo compensado porque atravieso el aire más limpio y no es poco saber que acabará en todas mis células. Los madroños están lustrosos y mantienen todavía sus flores blancas y sus frutos rojos. De hecho las abejas trabajan en ellos a pesar de que la escarcha ha puesto otras flores blancas bajo mis pisadas. Los melojos han entregado ya sus trajes al suelo que así ablandan mi camino. Escucho el crepitar de petirrojo, el cabreo del arrendajo y el silbido minúsculo del acentor. A veces las águilas reales se comienzan a enamorar sobre mi coronilla y los buitres siempre me regalan su majestuoso flotar en los aires. Tímido, como pocos, el corzo escapa por las trochas casi intransitables. Más fácil es que las ciervas animen el panorama rompiendo el monte.

Desde la cumbre del Cervales veo casi media Extremadura; un buen trozo de Toledo; de Ávila, casi todo Gredos, tan sin nieve este año; un poco de Ciudad Real. Incluso de Madrid, que está a 150 km en línea recta. En verano, cuando duermo en esas mismas cimas, se ve perfectamente el resplandor de la capital.

Muchos años, como este, buena parte del paisaje parece marino por la niebla que crea la única línea recta bella. Me quita el fondo de los valles del Tajo y del Guadiana pero me regala una fantasía, la de poner a navegar mis ojos tan tierra adentro.
Pienso en lo que se están perdiendo casi todos por temer al silencio y a la libertad, por haber apostatado de la Belleza anterior a la belleza y por haber sido domesticados por excesos de comodidad. ¡Qué lástima! Aunque seguramente lo acertado es pensar en que serán ellos, los agotados de tanto divertirse y ahora dormidos, los que me tengan lástima a mi. Siento informarles que en muy pocas otras ocasiones a lo largo del año me parece estar haciendo algo más estimulante.

Arriba, cuando llego al vértice geodésico, como dos naranjas y un puñado de nueces. Luego giro varias veces los 360 grados. Inundo mis ojos con la inmensidad, insisto,  más callada y más solitaria que ningún otro momento del año. Luego suplico a todos los dioses de todas las religiones y al tiempo, acaso el único real, que nos destruya poco y que deje libre al azar para que sea posible alguna ilusión, algún proyecto. Deseo que no solo incluye a todos los capaces de imaginar, incluidos por supuesto los alejados de estos espectáculos, sino también, por supuesto, a todo lo que es iluminado por esta luz tan libre, bella y gratuita con la que mis ojos han sido bendecidos, una vez más, un año nuevo.
Luego bajo con un cargamento de serenidad que sostendrá la mayor parte de mis próximos 364 días. Y, claro doy

LAS GRACIAS

Y QUE LA VIDA OS ATALANTE COMO A MÍ ESTOS PRIMEROS DE ENERO.


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