Hay un debate que, en los últimos años, se ha ido sosteniendo con una energía llamativa: el de los alimentos ultraprocesados. Foros, programas de televisión, redes sociales y portadas de revistas de salud se han llenado de análisis sobre la bollería industrial, los snacks envasados, los cereales de colores. La conversación sobre qué comemos ocupa cada vez más espacio público. Sin embargo, mientras ese debate se desarrolla con tanta intensidad, algo igual o incluso más relevante para la salud de niños y adolescentes está ocurriendo frente a nuestras pantallas, aunque permanece invisible ante nuestros ojos.
Los datos son difíciles de ignorar. Según el estudio PASOS, impulsado por la Fundación Gasol y la Universidad Complutense de Madrid con una muestra representativa de más de tres mil menores españoles, casi el 80% de los adolescentes supera las dos horas diarias de pantalla durante el fin de semana. Los jóvenes de cuarto de la ESO dedican casi seis horas a dispositivos digitales en fin de semana, mientras que simplemente le dedican hasta 45 minutos al día a la actividad física. Más preocupante aún: el mismo estudio evidencia que quienes pasan más tiempo frente a pantallas muestran, sistemáticamente, menor adherencia a la dieta mediterránea, peores hábitos de sueño y una prevalencia más alta de obesidad. No son datos aislados, son patrones que se repiten.
No es solo el sedentarismo físico lo que está en juego. El tiempo de pantalla reconfigura también la relación de los jóvenes con la comida ya que muchos de ellos miran el móvil mientras están sentados a la mesa. Las horas frente a una pantalla son horas de inactividad, de alteración del sueño, de desconexión de las señales de hambre y saciedad. Investigaciones recientes apuntan a que el uso prolongado de dispositivos digitales interfiere con los ritmos circadianos y con los mecanismos hormonales que regulan el apetito, creando un terreno especialmente fértil para el desarrollo de hábitos alimentarios poco saludables.
La ecuación es difícil de ignorar: más tiempo de pantalla significa más sedentarismo, menos sueño reparador y una dieta que tiende a alejarse de lo equilibrado. Lamentablemente, los debates actuales y las políticas públicas, tienden a ignorar esto y se limitan simplemente a poner parches a los problemas reales. Etiquetando a los enemigos públicos del bienestar, los ultraprocesados, se han convertido en el chivo expiatorio perfecto. Esta categoría, que ni siquiera cuenta con una definición científica universalmente aceptada, engloba categorías de productos que caen en un punto ciego. Mientras crece la paranoia colectiva sobre la inseguridad de los productos que se venden en el supermercado, pocos están poniendo el foco en las horas que los menores pasan inmóviles y en la manera en que las redes sociales influyen sobre las preferencias y elecciones de millones de jóvenes.
Hablar de ingredientes, de listas de aditivos o de perfiles nutricionales tiene su lugar, pero no existe ningún argumento científico capaz de contrarrestar lo que le ocurre a un adolescente que pasa seis horas al día en el sofá, sin moverse, comiendo lo que le recomienda su influencer favorito desde TikTok. La composición del paquete no va a competir con ese ecosistema. Pretender que el problema central está en el envase y no en el entorno es pasar por alto la raíz de lo que realmente está ocurriendo.
No solo es preocupante el tiempo en pantalla y su impacto en el sedentarismo y en los hábitos poco saludables. Es igual de alarmante la falta de evidencia científica de las declaraciones e informaciones que se propagan en las redes sociales. Así lo demostró la campaña ‘Unfollow’ de Justicia Alimentaria, que monitorizó durante un año la actividad de los dieciséis influencers con mayor impacto en redes sociales en España. El 96% de los alimentos en sus publicaciones era de escaso valor nutricional, y el 58% de esos contenidos incluyó recomendaciones sin ninguna advertencia explícita. Como resultado, los jóvenes no siempre perciben que están recibiendo una sugerencia de consumo; simplemente ven a alguien que admiran elegir determinados productos, y eso genera referencia. La propia OMS ha advertido que este tipo de contenidos apela a un atractivo emocional que asocia ciertos alimentos a la diversión y el ocio, reforzando un vínculo entre pantallas, inactividad y alimentación desequilibrada.
Lo que describe este panorama es un problema de entorno, no de información. La mayoría de los niños y adolescentes viven inmersos en un ecosistema que premia la inmovilidad y en el que los referentes que consumen a diario, en el mismo dispositivo con el que estudian y se comunican, construyen una relación con la comida basada en el impulso y el entretenimiento.
La obsesión con señalar un único culpable como sucede en este momento con los ultraprocesados, tiene algo de distracción colectiva. Mientras tanto, pocos parecen estar preguntándose por qué nuestros adolescentes pasan seis horas frente a una pantalla cuando la OMS recomienda no superar dos. Tampoco, por qué el entorno urbano de muchas ciudades españolas ofrece cada vez menos espacios para el movimiento y el juego al aire libre. Ni qué papel juegan los hábitos digitales en la forma en que los jóvenes se relacionan con su propio cuerpo, con el hambre, con la actividad física.
Las respuestas a esas preguntas requieren un debate más amplio: sobre el diseño de ciudades con espacios para moverse, sobre la educación en hábitos digitales desde edades tempranas, sobre la responsabilidad compartida de familias, centros educativos e instituciones a la hora de construir entornos que favorezcan el movimiento y el bienestar. Que un niño de doce años lleve seis horas sentado mirando una pantalla no es solo una cuestión de elección individual: es el resultado de un entorno que lleva años normalizando ese modelo de ocio.
Los ultraprocesados forman parte de la dieta contemporánea y su papel siempre ha sido analizado con rigor y sin simplificaciones. Los procesos de procesamiento, siguen estándares de seguridad y calidad predefinidos. Es más fácil meter los productos en la misma bolsa y demonizar categorías enteras de alimentos, que asumir que los móviles y las pantallas que le damos a nuestros hijos son más nocivos que un paquete de patatas fritas que se incorpora en una dieta variada. El debate sobre la alimentación no puede seguir girando únicamente alrededor del perfil nutricional de un paquete, mientras ignoramos el sofá en el que ese paquete se consume, las horas de inactividad que lo rodean y los hábitos digitales que moldean, cada vez más, la forma en que comemos.
































