Hablo de mí mismo porque yo soy al que tengo mas a mano (Unamuno)

Por Javier Cortines

Cuando fui a ver la película de Amenábar con la mente de un budista zen (en blanco) y sin prejuicios ni perjuicios, estaba abierto a cualquier versión del ganador de un Óscar. El largometraje me encantó y así se lo hice saber a mis colegas y amigos. “Id a ver la cinta bélica del director hispano chileno, es buenísima”, wasapeé al reducido grupo de mortales que todavía no me ha cerrado las puertas y ventanas de sus casas.

Luego entrevisté al historiador Raimundo Cuesta, Premio Nacional a la Innovación Educativa, sobre el “artefacto artístico” de “Mientras dure la guerra” y, sus respuestas fueron “tan demoledoras como constructivas”. Sus palabras cayeron sobre mi “ego” como una lluvia ácida. Me sentí como el pobre Sam Tarly (Juego de Tronos) desorientado en La Biblioteca de la Ciudadela.

Raimundo me había dicho -lo que publicamos en este medio- que tanto a Unamuno (Karra Ejalde) como a Millan Astray (Eduard Fernández) “les sobraba volumen físico”, ya que el fundador de la Legión -matizó- “era como un esqueleto tuerto y mutilado” y el pensador vasco “era delgado, como un sarmiento ardiente con mirada aguileña”.

En ese sentido tiene toda la razón del mundo, quizás hubiera bordado el papel de Millán Astray el actor Christopher Lee (Drácula). Imaginaos a ese hombre, un vampiro que se alimenta de sangre roja, con parche en el ojo y calavera en mano, paseando su tétrica  figura en “El Palacio de la Muerte” del Paraninfo de la Universidad. Allí donde Unamuno, “con la inteligencia derrotada” parecía “un profeta abrasado en el infierno del 36”.

Sobre el actor que elige Amenábar para interpretar a Franco (Santi Prego), Raimundo dice que el general, que era “muy suyito”, comparece con “el aspecto y la expresión de una redonda torta de pan blanco, muy metido en harina, carente de gestualidad y como ausente”. Ese retrato me evoca ¡Cómo no! Este poema de Pablo Neruda:

Me gustas cuando callas porque estás como ausente

Y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca

Parece que tus ojos se te hubieran volado

Y parece que un beso te cerrara la boca.

Yo le hubiera dado ese papel a Javier Gutiérrez (Estoy Vivo). Ese grandísimo actor no hubiera tenido ningún problema en encarnar “al enano ensangrentado”, dándole la entidad y el relieve que un personaje como ese, tan grotesco y despreciable, merece.  El que fue nombrado Jefe de Estado “mientras dure la guerra», aparece en momentos con la ambigüedad de un cordero. ¡Pero cuidado! Con la del cordero de Dios y su reverso Lucifer. Ese cordero que rompió el séptimo sello y que dio sonido a las siete trompetas con las que sus legionarios envolvieron España en sombras, terror, sangre y muerte.

Sin duda fue una escena muy tierna la de Carmen Polo (Mireia rey) dando la mano a Unamuno para ayudarle a salir del “Templo de la Muerte”, donde los legionarios agitaban lenguas cual guadañas. Sobre ese momento tan emotivo, Raimundo Cuesta dijo: “me pareció muy fantasioso, un gesto, como diría Unamuno, que deja contentos/descontentos a los hunos y los hotros”.

Aquí también estoy totalmente de acuerdo con Cuesta (quien dice que, al parecer, Unamuno salió del brazo, no de la mano de la mujer del caudillo). Aquí Amenábar hace verdadera magia, una transformación del personaje que merece el Premio Nobel a la Imaginación.

Convertir a Cruella de Vil (la villana de 101 dálmatas que sacrifica a miles de perritos para hacerse abrigos de piel) en una amorosa Blancanieves, merece el aplauso y la ovación de todos los católicos y meapilas del mundo, aunque no haya lejía en todo el planeta para limpiar la sangre de “nuestra piel de toro”.

Pero, por otra parte, tiene sentido ver a Carmen Polo como un avatar de Blancanieves, máximo cuando esa insigne mujer tenía un enanito en casa que, sin duda, valía por siete y por todos los mutilados que dejó la guerra civil, desencadenada para cargarse el legítimo gobierno de la II República.

Para terminar diré que no sólo Millán Astray amaba la muerte. Hay millones de españoles que adoran la muerte cuando se postran ante la cruz. No digo ante Jesucristo (que quizás fue un santo predicador que merece estar en un altar). Hablo de la cruz como sinónimo de muerte, dolor, agonía, sufrimiento, tortura, castigo, que es lo que significó durante el Imperio Romano, etc. Hablo de las cruces en general y, en especial, de la del Valle de los Caídos, quizás el mayor monumento, jamás construido, dedicado a Satán y a la Muerte. Y a ese asesino de la memoria que se llama Olvido.

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Retrato de Javier Cortines realizado por el pintor Eduardo Anievas. Este escriba es el autor de la trilogía "El Robot que amaba a Platón", obra que no gusta nada a las editoriales consagradas al dios tragaperras por su espíritu transgresor y que se puede leer gratis en su blog:nilo-homerico.es/reciente-publicacion., en cuya portada se puede escuchar, además, la canción de Luis Eduardo Aute "Hafa Café".

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