Por Volodya Vagner / Traducido por Cesar Vargas
«Justo la semana pasada, un hombre de 26 años fue asesinado en una de nuestras minas», dice Paata Samkharadze, sentado detrás del escritorio de su apretada oficina sindical. «Acabo de hablar por teléfono con un par de colegas que se dirigen a su funeral.»

Samkharadze tiene el cabello plateado, tatuajes descoloridos en los antebrazos y dirige el Sindicato de Trabajadores de la Minería, la Metalurgia y la Industria Química de Georgia (TUMMCIWG) en Chiatura, ciudad del mismo país. Trágicamente, los accidentes mortales son típicos en ciudades mineras como ésta, en la exuberante y montañosa región de Imereti en Georgia.

Si bien la condición de Georgia como nuevo destino turístico de moda para los europeos occidentales ha dado lugar a un auge turístico, el sector minero del país se encuentra estancado. Tras años de reformas neoliberales que dejaron los sindicatos débiles y los derechos de los trabajadores degradados, las desesperadas huelgas “de gatos salvajes” (no programadas) se han convertido en una característica frecuente en la lucha de los mineros locales por la supervivencia. Chiatura y la vecina Tqibuli, donde prácticamente todos los hogares dependen de esta industria, se han convertido en focos de atención en los últimos años.

Paata Samkharadze en su oficina. (Volodya Vagner)

El casco de seguridad de un minero dentro de una oficina sindical. (Volodya Vagner)

ue a finales del siglo XIX cuando se descubrieron ricos depósitos de manganeso en las paredes de los cañones que rodean Chiatura. Cuando un joven Joseph Stalin llegó allí en 1905, para agitar a los mineros, ellos ya eran responsables de la mitad de la producción mundial de manganeso. En aquel entonces, los turnos de 18 horas eran la norma, y Chiatura pronto se convirtió en una fortaleza bolchevique. Bajo el reinado de Stalin, muchos años después, la ciudad experimentó su apogeo. Se estableció una amplia red de teleféricos para facilitar el transporte de los trabajadores y el mineral entre las viviendas, las minas y las plantas de procesamiento a ambos lados del río.

Uno de los teleféricos envejecidos de Chiatura. (Volodya Vagner)

Una foto vieja mostrando mineros hace una decada. (Volodya Vagner)

Mucho ha cambiado desde entonces. Las minas son ahora operadas por una compañía con sede en Miami llamada Georgian American Alloys (GAA). La mayoría de los teleféricos han dejado de funcionar, sus góndolas se encuentran suspendidas en el aire. En términos de las condiciones de trabajo, el reloj también ha retrocedido. En 2016, GAA introdujo un nuevo horario en varias de sus minas que implica turnos de 12 horas, durante 15 días seguidos, en los que los trabajadores deben vivir en los dormitorios del lugar. La dirección justificó el nuevo régimen como una medida de reducción de costos, necesaria debido a la dura competencia internacional.

«Es una locura. Ni siquiera a los que tienen apartamentos cerca de la mina se les permite ir a casa con sus familias», explica el representante sindical Samkharadze, «supuestamente para evitar que los mineros tengan otro trabajo extra».

Aunque el sindicato de Samkharadze se oponía al nuevo sistema, no fue capaz de reunir ninguna resistencia exitosa.

La entrada de la mina Chiatura. (Volodya Vagner)

Un sitio de trabajo en Chiatura, visto desde el coche de Samkaharadze. (Volodya Vagner)

En la Georgia actual, los sindicatos son notoriamente débiles. Aunque el 90% de los aproximadamente 3.000 trabajadores de la GAA son miembros de sindicatos, sólo el 10% pertenece a la organización de Samkharadze, alrededor del mismo número a un sindicato “amarillo” o controlado por la empresa, y el resto a el sindicato superviviente de la era soviética, que sigue centrándose principalmente en la entrega de vales para centros vacacionales y prestaciones similares, en lugar de luchar por la mejora de las condiciones laborales. Aunque el TUMMCIWG de Samkharadze está más cerca de ser un sindicato propiamente dicho, también suele ser lento a la hora de capitalizar el sentido de solidaridad combativo por el que son conocidas las comunidades mineras como Chiatura.

Esto quedó especialmente claro el pasado mes de mayo: Un grupo de mineros hartos de las condiciones de vida en sus dormitorios, ocuparon la plaza del pueblo de Chiatura e iniciaron una huelga de hambre – sin el apoyo de ninguno de los tres sindicatos locales. «Todo fue espontáneo e ilegal», recuerda Samkharadze con un toque de irritación y vergüenza.

Después de que la dirección de la GAA respondiera con amenazas, las cosas se intensificaron aún más. Las tiendas locales permanecieron cerradas y miles de ciudadanos marcharon por las calles para apoyar las demandas de los mineros, y añadir algunas propias, relativas al impacto de las plantas de procesamiento de mineral en el aire y el agua locales. Finalmente, la GAA pusó fin a la situación prometiendo mejores condiciones de trabajo y nuevas rutinas para minimizar las emisiones.

(Volodya Vagner)

Aunque muchos en Chiatura siguen siendo escépticos respecto a las promesas de la compañía, las cosas parecen ser más esperanzadoras que en Tqibuli (una comunidad minera de carbón a unas pocas horas al oeste). La edad de oro de la posguerra de ese pueblo parece haberse ido hace ya más tiempo que la de Chiatura. Tqibuli central, construida por prisioneros de guerra y por lo tanto con reminiscencias vagas de la Alemania provincial, está parcialmente abandonada hoy en día. Alguna vez bullicioso con la vida en múltiples idiomas soviéticos, traído aquí por la afluencia de mineros de todo el imperio soviético, es hoy raro escuchar algo que no sea georgiano en las calles ahora mucho más tranquilas. El estadio de fútbol, con una capacidad de 18.000 espectadores, podría albergar ahora a toda la población de la ciudad.

Tqibuli de día. (Volodya Vagner)

Tqibuli está muriendo como sus minas, en más de un sentido. Como las lápidas georgianas que tradicionalmente representan a la persona enterrada bajo ellas, un paseo por los cementerios de Tqibuli significa encontrarse cara a cara con los muchos jóvenes que han sido víctimas de la desregulación de la industria minera. Hombres como Mirab Kolondadze, que murió a los 37 años, en una explosión subterránea una noche de enero de 2011. «Estábamos preparando la última explosión de nuestro turno», recuerda su antiguo colega Vitaly Turdziladze sobre un vaso de pegajoso vodka de ciruela casero, sentado en el sofá de su sala. «Pero todo explotó antes de lo planeado».

El mismo Turdziladze apenas sobrevivió, con quemaduras en el 60% de su cuerpo. Hasta el día de hoy, tiene problemas para cerrar su mano cicatrizada. Ahora vive con una pensión de invalidez de alrededor de 50 libras al mes.

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Como en Chiatura, los mineros de Tqibuli se han enfrentado repetidamente a sus mortales condiciones de trabajo. Durante una ola de protestas en 2016 incluso asaltaron las oficinas locales de la compañía minera Saknakhshiri. Pero la mortandad entre los trabajadores continuó, con 10 mineros muertos sólo en 2018. Según Gaga Isakadze, el presidente local de la TUMMCIWG (organización sindical que reúne al 90% de los aproximadamente 1.500 mineros de Tqibuli) además de los equipos obsoletos, una razón clave de la asombrosa tasa de mortalidad en las minas es la remuneración basada en el rendimiento. «Tienes que apresurarte e ignorar los procedimientos de seguridad para ganar un sueldo decente», explica.

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Si la situación en Chiatura y Tqibuli deja algo claro, es el alto costo humano del empuje de Georgia por la reforma neoliberal, la cual alcanzó su punto máximo hace aproximadamente una década. Mikhail Saakashvili, presidente en aquella época, abolió la autoridad de inspección laboral y restringió varios derechos de los trabajadores. Los estudios demuestran que las muertes en el lugar de trabajo casi se duplicaron después de las reformas. Un informe de Human Rights Watch sobre la seguridad laboral en Chiatura y Tqibuli, publicado este otoño, concluye que la falta de derechos de los trabajadores entre los mineros es una de las principales razones de la tasa de mortalidad del sector. Aunque la oficina de inspección laboral fue restaurada en 2015, los críticos todavía la consideran demasiado débil para asegurar efectivamente condiciones laborales decentes.

Parece que hasta que los trabajadores georgianos no encuentren formas de hacer sentir su poder de manera más efectiva, seguirán pagando con sus vidas el experimento neoliberal de su país.

Fuente: https://progressive.international/