Virginia Mota San Máximo

La explotación moderna tiene el mismo desenlace que la servil de antaño. Entonces te dabas de bruces contra la guadaña: trabaja si no quieres morir. Y morías. Hoy, en el universo terrestre donde prima la consigna borreguera de que hay que doblar el lomo como sea para poder vivir, también encuentras la muerte, eso sí, de forma más sutil: si no trabajas, no comes, y si no llevas nada a la boca, te entierran en una caja de pino. El mismo perro, dice el refranero popular.

Hace algunas semanas, un joven diseñador gráfico publicaba un post en una red social que decía «hago diseños gratis». Al parecer, el chico no conseguía que nadie le llamase porque no tenía experiencia o, mejor dicho, la pescadilla que se muerde la cola no se la daba. Aquel post de semi esclavitud consiguió miles de halagos en forma de likes y comentarios que se afanaban en alabar el buen quehacer del muchacho: «Tengo un trabajo para ti», «me interesa tu oferta» o «me gustaría conocer los servicios que ofreces». ¿Cuáles ofreces tú?, pregunto.

De entre todos esos comentarios, críticos y no, bienintencionados o disfrazados de inquina, el que más representaba la poca virtud de ese ideario moderno que estructura el árbol de la generación perdida es el que decía así: «Y felicidades. Hacer lo que todos hacen no es garantía de éxito. Tú estás haciendo algo diferente, estás invirtiendo tiempo, espacio y talento, el cual a futuro será remunerado. Estoy seguro que si cobrarás para darte a conocer muy pocas personas hubieran comentado». ¿Algo diferente? No. ¿Cobrar por trabajar? Faltaría más.

Al final resultó que ese joven diseñador fue el artífice de una grandísima campaña de marketing, es decir, hizo muy bien el trabajo para el que se había formado. El chico llegó a lo más alto dejando a la demagogia con los pantalones bajados después de ofrecer una desesperación de la que muchos intentaron sacar tajada.

Muérete

Esto viene a cuento de los cuatrocientos y pico euros del Programa de Activación para el Empleo que el SEPE ponía a disposición de los parados de larguísima duración y alguna que otra carga familiar, además de carecer de rentas y de haber agotado cualquier otra prestación. Seis meses de ayuda y tres, más o menos, los que tenían que pasar para que esos reprobables cuatrocientos y pico euros de tercera quedasen reflejados en la cuenta corriente. Esto es poco más que encarcelar entre barrotes de tiempo y poco menos que estar entretenidas para no dar problemas a las alturas. Calladita. No pienses.

Pero más allá de la disfonía moral que supone ir a ver en qué anda el estado de tu prestación por un desempleo ajeno a tu voluntad están las condiciones que se pedían para cobrar el PAE, que tenía por finalidad «incrementar las oportunidades de retorno al mercado de trabajo». (Risas). Para ello había que realizar tres acciones encuadradas en el campo de las técnicas de búsqueda de empleo e intermediación laboral, es decir, dejar algún currículum tirado por ahí, acudir a entrevistas (fantasmales) de trabajo, o apuntarse, por ejemplo, a las agencias de colocación autorizadas que circulan por la red. Tres acciones que se multiplicaban como los panes y los peces si atendemos a que la inscripción en dos portales equivalía a una de estas acciones, por citar un ejemplo. En cualquier caso, nada útil, que la ley hace la trampa.

Llegadas a este punto hay que preguntase si alguien cree que, tras dos años en paro, con cargas de familia, de años y de títulos, no se ha intentado ya buscar trabajo. Con sinceridad: ¿de verdad se piensa que, trabajando a cambio de florituras curriculares en un intento suicida de hacerse valer no se han recorrido las cuatro esquinas de Internet para emplearse por necesidad?

Parece que no. Con esos cuatrocientos y pico euros del PAE se olvidaron de la generación perdida, que es la que hizo todo lo que se le pidió, la de unos jóvenes adoctrinados por unos adultos que ansiaban ese futuro idílico que prometía el sistema, el lobo: estudia. Especialízate. Un posgrado muy sangrante, que está de moda. Sigue haciendo cursos. Aprende idiomas. Paga al por menor. Otro curso más. Bécate en una empresa, trabaja por amor al arte. Espera, mujer, dale tiempo. Quizás otro máster. Calma, que llega. Oposita. Espera. Abandona. Cobra al por mayor.

Hicimos todo y más. Precisamente ese fue el problema, tapiar el camino que llevaba a nuestro sueño para elegir el que, aseguraban, conducía con más fianza hacia el éxito. Pero nos quedamos en caídas por la guerra de promesas, por intereses partidistas de quienes juegan a las damas con sus vasallos, que son el pueblo entero, da igual clase alta, que baja, que soterrada. Porque, sí, hay clases subterráneas que han perdido años de su vida preparándose para un futuro de humo que solo ellas desconocían; clases acostumbrándose al olor y al son que marcan los días bajo tierra, casi de la mano de la muerte profesional. Con el PAE queda claro que solo son unas bajas. No importa. «Que se jodan», como decía la otra.

Pero aquí sigue esa generación engañada, a cuatrocientos y pico euros el mes, con currículums de brillantes depreciados por un tiempo que pasa para todas, que no perdona. Aquí seguimos, luchando junto a quien, por edad, debería ser nuestro hijo. O bregando detrás de la meritocracia que otorga másteres al mejor postor, da igual. Porque, no, para repoblar la vereda de atrás tampoco andamos muy sobradas.

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Estudié Historia y un máster de Gestión del Patrimonio Histórico y Artístico, ambos en la Universidad de Salamanca. Defiendo la legitimidad de la Memoria Histórica, y por eso he participado en diferentes excavaciones exhumando los restos humanos que dejó la Guerra Civil en nuestro país. Nuestro, porque es de todos. Por la mañana procuro ser más crítica con los que me identifico y, al llegar la noche, creo firmemente que pervertir la historia es una de las mejores formas que tiene el poder para dominar a su pueblo.

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