Siglo XXI, nos encontramos bajo el régimen de la economía neoliberal que ha modificado todos los estratos de la sociedad. La vida gira en torno a una felicidad ilusoria, aurea mediocritas, de instalación en la comodidad. Llevándolo al plano socio-laboral podríamos señalar la evolución de la precariedad: una población mundial empobrecida que vive en inestables condiciones sin garantías mínimas, bajo diversas formas de explotación, sin ingresos decentes… y más aspectos que impiden llevar a cabo una vida digna en la que se puedan crear en paz relaciones sociales afectivas, constructivas y de crecimiento personal.

En medio de ese caos, la filosofía es hoy un grito de resistencia. Es el poner en juego todo de lo que se dispone para hacer frente a un sistema que pretende acabar con la imaginación, a la par que con nuestras condiciones de vida digna; es un camino de lucha hacia la justicia social. Por ello, la filosofía debe cuidarse de no caer en la transmisión de conocimientos de manera enciclopédica, sino que debe tener como misión principal desarrollar las habilidades analíticas y críticas. La filosofía debe tener como misión, entre otras cosas, facilitar los análisis sobre el discurso social y las verdades (morales pero también de otros tipos) que circulan en nuestras sociedades.

Si atendemos a las características de la sociedad global en la que actualmente vivimos, podemos observar que hay una cierta desintegración de las que habían sido hasta ahora los núcleos tradicionales de solidaridad, por un lado hay una cierta pérdida del valor de la familia, del barrio, de las comunidades, del mismo modo que caemos en una pérdida abrupta de la solidaridad entre personas, que a menudo son reemplazadas por las ayuda burocráticas y las solidaridades pagadas. La visión del hombre como un ser social, como ese zoon politikón aristotélico queda desvertebrada ante una nueva visión del hombre, el homo economicus, que deja de lado la complejidad del ser humano, su capacidad de amar, de ver el valor en lo inmaterial y de embelesarse ante lo poético que hay en la vida. Nuestro modo de vida actual desintegra el sentido de lo social, se rompe completamente con un sentido cívico que nos engloba a todos bajo el pretexto de una sociedad común.

La globalización nos pone frente a problemas estructurales para los cuales no estamos preparados, la pérdida de los valores de hermandad social rompen con las virtudes tradicionales de hospitalidad, de recepción de la alteridad, de respeto y empatía con el extranjero. Perder estos valores en un contexto de crisis migratoria mundial como en la que nos encontramos nos coloca en un odio irracional a la amenaza de una posible pérdida cultural, una xenofobia que es racista en un sentido aporofóbico. Aceptamos el imperialismo cultural estadounidense pero defendemos los valores de la tradición nacional frente al que viene en patera. ¿No tiene acaso la filosofía una solución para esto?

Así mismo, en medio de este caos moral, la filosofía se muestra como una herramienta clave para garantizar el cumplimento de los derechos y libertades de todo ser humano. Cuando la filosofía está ausente, se apodera del espacio ético el relativismo moral y cultural que a  falta de un análisis profundo de qué sea lo justo, lo bueno, lo bello, se apodera del discurso y de las acciones, cayendo de esta forma en injusticias y violaciones sistemáticas de derechos. Necesitamos recuperar un discurso filosófico que nos enseñe a actuar tras analizar, desde las diferentes teorías éticas, de la forma más justa y libre posible.

Si seguimos en esta línea de señalar la utilidad filosófica en el mundo actual, debemos, irremediablemente, volver la cara hacia la tecnología. Los avances tecnológicos de nuestra sociedad cada vez nos ponen frente a problemáticas éticas más difíciles de resolver. Las grandes problemáticas sanitarias ya no están sólo en temas como el aborto o el final de la vida, sino que cada vez más vemos cómo la sanidad a nivel global demanda respuestas éticas: el resentimiento de la salud a causa de la contaminación y el cambio climático, las muertes causadas por nuevas pandemias como la actual del coronavirus, la decisiones sobre trasplantes, eugenesia, maternidad subrogada… De la misma manera, el desarrollo del resto de ramas de las ciencias puras demandan cada vez más la presencia de comités éticos que resuelvan posibles problemáticas sobre sus aplicaciones.

Si la pandemia ha mostrado algo es que no sirve de nada clamar con urgencia la importancia de la solidaridad y el apoyo mutuo si este deseo viene dictado por aquellos que hacen caer el peso de la culpa solamente en los defectos individuales y no en defectos de la propia sociedad, suprimiendo el poco interés que mostraron por defender la importancia de la acción social. Es por ello que el transcurso de los acontecimientos nos ha dejado evidencias incuestionables de la falta de una guía moral que vele por el bien del ámbito público. De esta forma son recurrentes las imágenes televisivas en las que ciertos individuos anteponen sus vanas necesidades alentando contra un gobierno que, al parecer, soslaya su libertad, llevándose por delante el sufrimiento y la muerte del prójimo.

Con ello, hemos visto que es importante dar el valor necesario a los hábitos compartidos sobre los que se sostienen nuestras relaciones y asumir la responsabilidad individual, puesto que sin ello, es imposible avanzar hacia un mundo mejor. La búsqueda de alternativas que ayuden a suprimir un sistema de desigualdad y manipulación depende, en cierta medida, de una visión de conjunto que se encamine a cumplir proyectos que se van transformando perpetuamente en cada momento y en cada elección.

Esta necesidad de superar obstáculos es la que nos encamina a la felicidad o, por lo menos, al bienestar. De ahí que la filosofía no deba ser considerada solo como algo teórico (puro, abstracto), sino también como una herramienta para la vida (un ejercicio en la práctica que nos ayude a dilucidar las acciones y a superar contradicciones diarias). Para ello, es necesaria la colaboración y el compromiso ciudadano, puesto que sin él se hace imposible promover el respeto, la tolerancia y el consenso entre las personas. Debemos volver a tener presente que los derechos requieren responsabilidad y conciencia, y que el esfuerzo y las ganas de superar obstáculos que atañen al conjunto son un incentivo que nos hace reconocernos y proyectarnos en el otro desde una reciprocidad simétrica.

En ese sentido es imprescindible ser dueño de uno mismo para integrarse en el ámbito público y apropiarse de dicho espacio. Solo en la política uno sale de un territorio controlado y se enfrenta a lo desconocido o no familiar. Algo que tiene sus resonancias en la conocida máxima griega «atrévete a ser el que eres» (atrévete a usar tu voz). La corporalidad pública o política nos otorga visibilidad para reclamar(nos). Así, la política sólo tiene sentido en un marco filosófico de reflexión profunda que nos encamine a desechar los estigmas, visiones inconsistentes y poco fundamentadas.

No nos resulta extraña ya la orientación meramente productivista que toman algunas áreas de conocimiento. Un caso ejemplar pueden ser las matemáticas, en donde se nos enseña a resolver problemas pero no se nos plantean debates filosóficos respecto de la disciplina. Cuando una de nosotras llegó a la carrera, cursó la asignatura de matemáticas encontrándose con que sus profesores eran un matemático y un filósofo de las matemáticas. Esto hizo que, por primera vez, comprendiera la complejidad y profundidad del pensamiento matemático. ¿Por qué esta parte “no práctica” brilla por su ausencia en la enseñanza secundaria?

Sentimos que es momento de evidenciar las carencias filosóficas que plantean ciertas áreas de conocimiento. Las asignaturas no deberían abandonar la reflexión que subyace tras el conocimiento práctico presentado. Muchas veces se nos transmiten categorías como si éstas fueran realidades estables, no conceptualizadas, por lo que se evita todo tipo de problematización. Un ejemplo es la categoría de sexo, tomada como realidad binaria en la biología, o la idea de Nación en la geografía e historia.

Además, deberíamos tener en cuenta que la filosofía no es una, blanca, masculina y burguesa, sino que las filosofías son muchas y deben ser tenidas en cuenta en su complejidad. Sólo de esta forma se estará proporcionando una cultura filosófica de calidad que abra a la sociedad  a diferentes perspectivas y análisis críticos. Es decir, no necesitamos a La Filosofía, sino a las filosofías. Necesitamos que el canon deje de serlo para incorporar voces negras, femeninas, disidentes de género y orientación sexual, discapacitadas, locas, obreras, etc. Si mantener viva la filosofía es mantener viva la llama de la reflexión, prescindir de ella en el ámbito público significa privar de herramientas críticas a la ciudadanía y fomentar actitudes alienantes. La filosofía no es algo que se haga desde la mirada altiva de las cátedras y los despachos, desde la vida cotidiana también se piensa.     

Aspasia de Graná