El pasado 22 de julio, YouTube borró de un plumazo el canal de Mikrat, un artista que llevaba más de cinco años construyendo su proyecto musical. La acusación: hacer apología de “organizaciones criminales violentas”. La realidad: cantar sobre Palestina. No hubo espacio para réplica, ni derecho a defensa. Una vida creativa desaparecida en segundos bajo la decisión opaca de un algoritmo manejado por personas con nombre y apellido.
Mikrat respondió con música. Grabó el tema 22 de julio, en el que relataba todo lo que hizo el ejército israelí aquel día: asesinatos, bombardeos, expulsiones forzadas. El ejército de Israel, que sí mantiene su canal abierto en YouTube, puede colgar propaganda militar sin límites. La censura se dirige solo hacia quienes se atreven a narrar la otra cara, la de las víctimas.
El castigo no acabó ahí. Mikrat creó un nuevo canal con unas pocas canciones. A los pocos días, YouTube volvió a eliminarlo. No solo le vetó la plataforma. Le prohibió también tener nuevos canales, aparecer en los de otras personas, incluso tener presencia indirecta. La condena fue un destierro digital de por vida. La acusación, de nuevo, “apología de organizaciones criminales violentas”. En otras palabras: cantar sobre la resistencia palestina, que o resiste o es exterminada, es considerado terrorismo por las grandes plataformas.
Aquí la censura no es casualidad. Julián Macías, desde Pandemia Digital, ha mostrado cómo cientos de exagentes del Mossad, del ejército israelí y de la CIA trabajan en puestos clave en estas empresas tecnológicas, especialmente en los departamentos que deciden qué es discurso de odio y qué no. Basta con entrar en LinkedIn para comprobarlo. Quienes han practicado la ocupación, la tortura y el genocidio son ahora los árbitros de la libertad de expresión global.
El vídeo de Macías lo deja claro. La industria tecnológica está infiltrada hasta la médula por quienes defienden la impunidad de Israel. La censura contra Mikrat no es un error técnico, es una estrategia política. Los tentáculos del sionismo llegan hasta los algoritmos que deciden qué se puede escuchar y qué se borra.
El contraste es sangrante. El canal de Mikrat desaparece por cantar contra un genocidio. Mientras tanto, los canales de la maquinaria de propaganda israelí, de políticos de extrema derecha o de agitadores que difunden bulos racistas permanecen intactos. YouTube no se atreve a aplicarles la misma vara de medir.
Y lo más revelador: es casi imposible encontrar otro caso en el que YouTube haya eliminado un canal musical. El único precedente localizable es el de “El Makabelico”, un cantante mexicano al que cerraron el canal en agosto de 2025 tras sanciones de Estados Unidos por sus vínculos con el Cártel del Noreste y por utilizar su música para blanquear dinero de la droga. Es decir, cantar sobre Palestina tiene el mismo nivel de infracción que colaborar con un cártel del narcotráfico. Esa es la escala moral que imponen desde Silicon Valley.
Lo verdaderamente peligroso de este caso es que YouTube actúa como juez, jurado y verdugo, sin rendir cuentas a nadie. No hay proceso transparente ni posibilidad de defensa. Hoy le ha tocado a Mikrat. Mañana puede tocarle a cualquiera que alce la voz contra un poder que prefiere el silencio.
Las y los artistas que cantan sobre injusticias sociales, las periodistas que documentan crímenes de guerra, las activistas que denuncian la explotación laboral o la violencia machista… todas esas voces están a un clic de ser borradas bajo acusaciones tan vagas como “apología de organizaciones criminales”.
Mientras tanto, la mayor plataforma de vídeo del planeta sigue beneficiándose de la publicidad de gobiernos que asesinan, corporaciones que saquean y comunicadores que extienden odio. El genocidio se puede monetizar. La denuncia, no.
Que un músico desaparezca de internet por hablar de Palestina no es un accidente, es un aviso. Si cantar sobre un pueblo masacrado es tratado como terrorismo, el mensaje es claro: la verdad incomoda y debe ser enterrada.
Hoy el borrado es digital, pero el objetivo es político. Silenciar la resistencia en todas sus formas, desde las calles de Gaza hasta los acordes de una canción.
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