¿Necesita EEUU una intervención militar para recuperar su democracia?

Pedro Javier Soler

Estados Unidos experimenta un alarmante retroceso democrático y un empeoramiento de la convivencia desde la llegada de Donald Trump a la presidencia en 2017. El asesinato de un afroamericano durante una detención policial ha degenerado en una explosión de protestas por todo el país a las que el ejecutivo estadounidense sólo ha respondido con la represión.

George Floyd, de 46 años, fue arrestado por la Policía Federal el pasado 25 de mayo, acusado de utilizar un billete falso de 20 dólares en una tienda de comestibles de Minneapolis. Pese a no ofrecer resistencia, fue reducido en el suelo por los policías en el momento de la detención. Una vez inmóvil, el agente Derek Chauvin apoyó su rodilla sobre el cuello del afroamericano, asfixiándole. De poco sirvieron sus gritos de auxilio, apenas treinta minutos después del incidente en la tienda Floyd yacía en plena calle. Murió ante la perpleja mirada de varios viandantes que grabaron la desproporcionada agresión con sus móviles, haciéndola después viral a través de las redes sociales.

George Floyd fue asesinado por ser negro y pobre. Como tantos otros, había perdido su puesto de trabajo como consecuencia de la pandemia del Covid-19. Su homicidio es la muestra de un racismo que no ha sido extirpado de la sociedad estadounidense.



La reacción popular a la desmedida violencia policial no se hizo esperar. Desde el mismo día del asesinato, el país está sacudido por una oleada de protestas que se ha extendido a más de 50 ciudades. Lejos de llamar a la calma y prometer medidas contra el racismo social, el presidente Donald Trump, que en el pasado se mostró connivente con grupos supremacistas como el Ku Klux Klan, respondió a la indignación popular con más represión y el anuncio de la consideración del movimiento antifascista como una «organización terrorista». ¿Dónde queda ahora esa equidistancia que equipara a fascistas con antifascistas?

Estamos ante toda una declaración de intenciones. Trump ha tomado partido en esta lucha y no ha sido a favor de George Floyd.

Degradación democrática y lógica imperialista

Esta espiral de protestas ciudadanas y violencia policial ha profundizado la crisis política en Estados Unidos. Su centenaria democracia está amenazada pero no por los manifestantes antirracistas sino por su propio presidente. Si aplicáramos la lógica imperialista que la administración estadounidense usa contra las naciones latinoamericanas, ¿no estaría justificada una intervención militar en el país para devolverle a su pueblo la democracia que Trump le ha secuestrado?

En la última semana, más de 50 ciudades han sido tomadas por manifestantes, siete personas han muerto a manos de policías y el presidente ha anunciado la persecución de las organizaciones promotoras de estas protestas. Hay un claro malestar ciudadano que sólo encuentra la brutalidad policial como respuesta.

Si esta misma situación se estuviera produciendo en Cuba, Nicaragua o Venezuela, ¿no tendríamos ya a marines estadounidenses desplegándose por sus fronteras con la determinación de imponerles la «democracia»?

En abril, el secretario de Estado, Mike Pompeo, exigió al presidente nicaragüense Daniel Ortega que abandonase el poder ante su ineficacia en la lucha contra el Covid-19. En Nicaragua han fallecido 35 personas víctimas de la pandemia, mientras que en EEUU las cifras superan ya las 100.000 muertes. Queda claro que lo que les sirve de argumento contra algunos países no se les puede aplicar a ellos.

La respuesta de la comunidad internacional deja mucho que desear ante el drama que está viviendo el pueblo estadounidense. ¿Dónde está la OEA exigiendo investigaciones sobre los crímenes que se están cometiendo? ¿Tiene pensado la UE imponer sanciones económicas para forzar cambios en EEUU como hacen con Cuba, Nicaragua o Venezuela? Y Felipe González, ¿viajará a Minneapolis para entrevistarse con los familiares de George Floyd?

La hipocresía imperialista es insultante. Caer en sus trampas dice mucho del espíritu crítico de cada uno, así como de su inteligencia. ¿Seguirán los medios de comunicación de masas comprando el mensaje de Donald Trump cuando habla de «exportar la democracia» a Venezuela? Ya nos lo advirtió Malcolm X: «Si no estáis prevenidos ante los medios de comunicación, os harán amar al opresor y odiar al oprimido».

Mundo Obrero