Redacción

Jordi Córdoba

Afirmaba Salvador Allende, en su discurso ante las Naciones Unidas del año 1972, que estamos ante un verdadero conflicto frontal entre las grandes corporaciones transnacionales y los estados, pues estos últimos están condicionados en sus decisiones fundamentales, tanto políticas, económicas como militares, por organizaciones globales que no tienen el mandato de ninguna institución democrática.

Poco tiempo después Allende era derrocado por los militares chilenos. Muchos años más tarde, Yanis Varoufakis recuerda la serie de golpes de estado y de guerras que, como en Chile, los gobiernos norteamericanos propiciaron o llevaron a cabo, como parte de la consolidación de su “plan global”. Los gobiernos electos que no ofrecían confianza fueron derribados, y en su lugar se instalaron o se apoyaron terribles dictaduras, o incluso se entregaron guerras a gran escala como la de Vietnam, entre otras.

Sin embargo, la experiencia histórica demuestra que el mantenimiento del modelo neoliberal no requiere hoy día, al menos de manera generalizada, de dictaduras como las de décadas atrás, aunque sí de una democracia cada vez más limitada, con una considerable desmovilización popular y una supuesta izquierda que ya no tenga apenas ni una pincelada de crítica al capitalismo, y que contribuya a la legitimación del sistema.

Samir Amin apunta que las grandes potencias mundiales alcanzan su privilegiada situación, no con el producto de la aplicación de las leyes objetivas del mercado, sino gracias al control de los mercados financieros mundiales, del monopolio tecnológico, los recursos naturales del planeta, las armas de destrucción masiva, los medios de comunicación…

Pero si el neoliberalismo puede convivir con un cierto grado de “democracia limitada” y de “pax americana” en buena parte del mundo, no es menos cierto que todavía necesita de la intervención militar en algunas regiones del planeta, canalizada principalmente a través de la enorme capacidad armamentística de la OTAN, bajo el mando de la todavía primera potencia mundial, los Estados Unidos.

Para Carlos Taibo, la guerra fría fue la etapa en que se crearon, con visible impulso estadounidense, instancias como el Fondo Monetario Internacional (FMI) o el Banco Mundial. Con su apoyo, los Estados Unidos lograron la financiación propia con los ahorros del resto del planeta, al tiempo que se negaba a muchos países la posibilidad de controlar soberanamente sus propios recursos, lo que provocó el incremento de la pobreza en regiones enteras. Para Taibo, el intercambio desigual, el proteccionismo desaforado y el expolio de los recursos ajenos, forman parte plenamente del proyecto neoliberal.

La globalización ha permitido el incremento del comercio, pero también de las desigualdades y de la destrucción del planeta, lo que ha llevado a una desconfianza creciente hacia el sistema neoliberal, e incluso hacia la democracia representativa.

Para Ignacio Ramonet, la “independencia” de algunos organismos, como el Banco Central Europeo (BCE), significa también, en la práctica, que estos queden totalmente al margen del perímetro de la democracia. De este modo, ni los ciudadanos ni los gobiernos elegidos por ellos, pueden entorpecer de hecho sus opciones liberales. Según Ramonet, los mercados ya no toleran el estado del bienestar, su objetico es derribarlo. Esta es la misión estratégica de los tecnócratas que acceden a las riendas del gobierno, gracias a una nueva forma de tomar el poder: el golpe de estado financiero, presentado, además, como plenamente compatible con la democracia.

Mientras el FMI exige esfuerzos desorbitados a los países endeudados, entre ellos fuertes recortes de los presupuestos públicos, importantes privatizaciones o insultantes restricciones salariales, otras instituciones, como el BCE, actúan de facto como un lobby de la banca, concediendo préstamos a muy bajo interés a las entidades financieras privadas, para que éstas los presten posteriormente a los estados a unos elevadísimos intereses.

Cuando se afirma, como hizo Jean-Claude Juncker, que no puede haber decisiones democráticas contra los tratados europeos, se está hablando de una especie de “soberanía limitada”, no demasiado alejada de la aplicada por la Unión Soviética durante décadas en los países de su órbita, si bien ahora los tanques han sido sustituidos por la gran banca, dispuesta a aplastar cualquier nueva “primavera de Praga”, cualquier verdadera revolución democrática o socialista. Así lo han denunciado contundentemente algunos destacados líderes de la izquierda europea, como Jean-Luc Mélenchon, Oskar Lafontaine o el mismo Varoufakis.

Sin embargo, cada día nacen en todo el mundo nuevos movimientos de oposición a las políticas imperialistas y neoliberales. Algunos de estos movimientos llegaron al gobierno, especialmente en Latinoamérica, como fue el caso de los liderados por Hugo Chavez en Venezuela, Evo Morales en Bolivia o Rafael Correa en Ecuador. Otros dirigentes de la izquierda crítica con el sistema han triunfado claramente en las elecciones en su país, si bien han sido acosados posteriormente por los bancos, con el visto bueno de la Unión Europea, con amenazas de expulsión del euro y el hundimiento de la economía, como fue el caso del gobierno de Alexis Tsipras en Grecia. Incluso destacados dirigentes de partidos habitualmente tan integrados al sistema, como el laborista británico Jeremy Corbyn o el demócrata estadounidense Bernie Sanders, se han desmarcado contundentemente de las políticas neoliberales y de sus maquilladas variantes social-liberales.

También en los propios Estados Unidos y sus aliados anglosajones han aparecido en los últimos años disidentes políticos que se enfrentan a la democracia limitada que el neoliberalismo nos pretende imponer, disidentes que han sido acosados ​​y perseguidos por gobiernos supuestamente “modelos” de democracia (sic). Ha sido el caso de Julian Assange, Edward Snowden o Chelsea Manning. Como ellos, como tantas otras personas y organizaciones de todo el mundo, no hay más opción que enfrentarse democráticamente, pero cada vez con más decisión y firmeza, a los poderes económicos, financieros y mediáticos que, sin ninguna legitimación democrática, pretenden imponernos eternamente sus políticas imperialistas y anti-populares.

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