La política israelí se torna cada día más en un campo de batalla donde la figura de Benjamín Netanyahu parece agotar sus últimos momentos. No es de extrañar que las voces que claman por su dimisión se hayan intensificado, marcando un claro distanciamiento de un apoyo que, incluso antes del flagelo lanzado por Hamás, ya se mostraba en franca decadencia. La opinión pública, lejos de ser una masa amorfable, ha destapado su indignación con una fuerza que ni el propio Netanyahu parece poder aplacar.

Llámese cadáver político o simplemente un liderazgo en bancarrota, lo cierto es que Netanyahu ha caminado sobre una cuerda floja por más de una década. Las razones para su desgaste son tan variadas como los colores de un mosaico de crisis: desde su predilección por un populismo que ha hecho estragos hasta una creciente brecha de desigualdad, sin pasar por alto los escándalos de corrupción que han manchado su carrera y un sistema judicial que ha intentado reformar bajo un manto de críticas feroces.

LA ESPECTRAL RUEDA DE PRENSA

Es el 28 de octubre y Netanyahu, acompañado de figuras como Yoav Gallant, ministro de Defensa, y Benny Gantz, ahora miembro del gabinete de guerra de emergencia, ofrece una rueda de prensa. Pero lejos de ser un líder con la solidez de los viejos tiempos, muestra una imagen que raya en lo desconcentrado y en la imprecisión verbal. Las preguntas críticas de los periodistas parecieron ser la gota que colmó el vaso de su paciencia, dando pie a una salida anticipada que poco hizo para apaciguar los ánimos.

Llámese cadáver político o simplemente un liderazgo en bancarrota, lo cierto es que Netanyahu ha caminado sobre una cuerda floja por más de una década.

En el calor de la noche, Netanyahu se lanza a la red social X (antes Twitter) y se atribuye el papel de víctima de una supuesta desinformación por parte de las Fuerzas de Defensa de Israel (FDI). Su alegato, que intentaba eximirlo de toda responsabilidad en los errores de seguridad y de inteligencia que precedieron al conflicto, no tardó en ser desmentido por la realidad. Tal fue la reacción de descontento que, en un intento de control de daños, se vio obligado a borrar el mensaje y emitir disculpas. Pero el daño ya estaba hecho y, como es costumbre en su reciente historial, las disculpas parecían más una maniobra táctica que un sincero acto de contrición.

LA INDIGNACIÓN DE UNA NACIÓN

Los comentarios en medios y las voces de antiguos aliados como Yossi Cohen, exjefe del Mossad, o las filas de su propio partido, dejan entrever que su horizonte político se oscurece con cada amanecer. A esto se suma el clamor de un pueblo que no solo enfrenta la desolación de la guerra.

Una encuesta del Instituto para la Libertad y la Responsabilidad pone en cifras el descontento: un 76% de insatisfacción con la respuesta gubernamental al ataque de Hamás y una puntuación que relega a Netanyahu a un mísero 3,9 sobre 10. Una calificación que, en cualquier institución educativa, llevaría indefectiblemente al fracaso y a la repetición del curso.

La urgencia de una gestión competente y humana nunca ha sido más evidente en Israel

No se vislumbra en Netanyahu la voluntad de una renuncia voluntaria, más aún cuando su respuesta a la pregunta directa sobre su dimisión fue un rotundo no. Sin embargo, la política es un juego de ajedrez y en el tablero se mueven las piezas que podrían desencadenar una moción de censura capaz de derrocar su reino. Tal decisión no es meramente un cambio de nombre en una oficina, sino que acarrea consecuencias que van desde cómo Israel proseguirá su estrategia en la nueva guerra en Gaza hasta el esquema que dibujará el futuro de una región convulsa.

No se vislumbra en Netanyahu la voluntad de una renuncia voluntaria, más aún cuando su respuesta a la pregunta directa sobre su dimisión fue un rotundo no.

LA ESPERANZA DE UN GIRO CENTRISTA

Ante este panorama sombrío para Netanyahu, surge la expectativa de una coalición más centrista que podría abrir las puertas a una nueva era de política israelí. Una era donde la sensatez y el diálogo puedan prevalecer sobre la beligerancia y la obstinación. ¿Será posible un giro hacia un centro más pragmático y menos extremista? Esta es la pregunta que retumba en los corredores del poder y en las calles de una nación agotada por el conflicto y la división.

Lo que está claro es que los ciudadanos israelíes anhelan un liderazgo que no solo se haga cargo de las repercusiones de la guerra, sino que también encare con valentía y transparencia los retos domésticos. Estos incluyen desde la escalada de precios en el sector inmobiliario hasta el tratamiento digno de las víctimas y desplazados de esta última confrontación. La urgencia de una gestión competente y humana nunca ha sido más evidente.

La democracia israelí está a prueba, y con ella la resiliencia de sus instituciones y la fortaleza de su pueblo.

UNA CUESTIÓN DE CONFIANZA Y RESPONSABILIDAD

No se trata solo de ganar batallas en el campo, sino de asegurar la paz y el progreso en casa. La credibilidad de Netanyahu está en entredicho, y su capacidad para guiar a Israel hacia un horizonte de estabilidad y justicia es cuestionada por amigos y adversarios por igual.

Mientras tanto, los israelíes miran hacia el futuro con una mezcla de esperanza y escepticismo. ¿Podrá la política de Israel trascender la sombra de un liderazgo que muchos ven como obsoleto y desconectado de las realidades del siglo XXI? ¿Podrá emerger de las cenizas de la crítica una figura capaz de unir y no dividir, de inspirar y no desesperar?

Este es el reto que enfrenta no solo un partido o un político, sino una nación entera. Es un llamado a la acción para todos aquellos que, en la función pública o la vida cotidiana, se esfuerzan por un Israel donde la equidad, la responsabilidad y la dignidad sean los pilares de la sociedad. Un Israel donde el populismo y el partidismo cedan el paso a la gobernabilidad y al bienestar común.

Las próximas semanas y meses serán cruciales en la definición del rumbo que tomará este país, con implicaciones que rebasan sus fronteras y resuenan en la comunidad internacional. Mientras tanto, la democracia israelí está a prueba, y con ella la resiliencia de sus instituciones y la fortaleza de su pueblo.

En el crisol de la política israelí, la figura de Netanyahu se enfrenta al veredicto más implacable: el juicio de su propia gente. Y en este juicio, no hay apelaciones que valgan ni tweets que borren el descontento generalizado. Es, al fin y al cabo, un momento decisivo que marca el fin de una era o el comienzo de otra. Israel está en la encrucijada y el mundo observa.

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