Mariana Robichaud Castillo
Militante de Izquierda Unida y del PCE

Empieza a cansar esto de que la hipersexualización se pretenda hacer pasar por liberación, ¿verdad? ¿Recordáis cuando, hace años, el prototipo que trataban de imponernos a las mujeres era el de una persona recatada y virginal? Tras años de lucha para desprendernos de estas imposiciones tan conservadoras, hemos visto cómo el capitalismo ha fagocitado, una vez más, las reivindicaciones de nuestra lucha social, y esa liberación sexual por la cual las feministas tanto han luchado ha sido deformada y convertida en una nueva imposición. Hemos pasado de que se nos imponga la castidad a que, prácticamente, se nos obligue a mantener relaciones constantemente, con cuanta más gente mejor, y con la mayor complejidad posible. Porque ya no puedes mantener relaciones sexuales normalitas, no vaya a ser que no pruebes lo que ahora está de moda en la cama.

A nivel personal, y es un acto político muy importante hablar de lo personal, es duro hablar con mujeres que te explican todo lo que se dejan hacer para satisfacer a los hombres. Todo lo que ellas mismas se fuerzan a hacer, aunque no disfruten, para no ser menos que otras personas que lo han probado todo o que disfrutan de prácticas muy concretas, o para darles placer a ellos. Es preocupante ver cómo nos han convencido de que ahora tenemos otro canon que cumplir. Que si antes nos exigían ser mojigatas, ahora debemos ser todo lo contrario. Y al capitalismo le viene fenomenal, porque da vía libre a todo un abanico de oportunidades en cuanto a producción. Producción de cosas que no necesitamos, por supuesto, pero que nos hacen creer que deberíamos tener, porque así funciona: nos crean una necesidad que antes no existía y nos exponen a toda una gama de productos que no sabíamos que queríamos, pero que ahora aspiramos a tener. La industria que se genera en torno al sexo, además, no deja de expandirse. Que todo esto le venga fenomenal a las grandes empresas es todo menos una casualidad. Qué bien le viene a quienes nos generan la necesidad de comprar la lencería más sofisticada y enrevesada, y a quienes no paran de inventarse juguetes y demás accesorios que no cumplen ninguna función especialmente satisfactoria. No es eso todo. En Estados Unidos ya no basta con todo el dinero que mueve la depilación que se nos impone a través de los cánones de belleza, ahora también se populariza la cirugía de genitales para tener labios vaginales más finos, o para blanquear la zona. Todo completamente innecesario. Todo mueve millones. Mantener relaciones sexuales ha dejado de ser algo natural. El mercado necesita crecer de forma exponencial, y eso solo se logra haciéndonos creer que necesitamos toda una serie de artículos y de modificaciones estéticas tan artificiales y tan inútiles. La pornografía es un claro escaparate de todo ello, así como de tantas otras prácticas misóginas y especialmente denigrantes para nosotras, pero que tenemos que estar dispuestas a hacer, no vaya a ser que estemos menos “empoderadas” que nadie.

Por supuesto, quienes defienden las lógicas neoliberales nos dirán que somos libres de mantener tantas o tan pocas relaciones como queramos, con quienes queramos, cuando queramos y del modo que queramos, ignorando los condicionantes que nos llevan a actuar de determinada manera y a tomar ciertas decisiones. Sin embargo, afirmar esto sin pararse a reflexionar sobre las circunstancias que nos llevan a actuar de una forma concreta y a tomar ciertas decisiones es un error. No podemos ignorar que a nosotras mismas se nos enseña, por encima de todo, a agradar, hasta el punto de que aprendemos a anteponer siempre a los demás. Si sumamos esto al hecho de que, desde que nacemos, se nos bombardea constantemente con la idea de que necesitamos validación ajena, de que para estar guapas tenemos que sufrir, de que el amor duele y de que quien te quiere te hará llorar, el hecho de que aprendamos a sufrir en silencio para no molestar no parece tan descabellado. Y nuestra realidad no se reduce a eso. Vivimos en un contexto en el que existe un enorme refuerzo negativo si no nos esforzamos por tener una apariencia “deseable”, frente a uno muy positivo cuando nos mostramos en consonancia con los cánones de belleza, cánones que aparecen en todo aquello que consumimos (moda, televisión, cine, literatura, videojuegos, publicidad). Lo mismo que ocurre con nuestro aspecto ocurre con nuestra conducta. Todo elemento cultural está cargado de comportamientos claramente marcados por una fuerte diferenciación en base a nuestro género, y prácticamente en todo aquello que vemos nos encontramos con modelos y personajes femeninos que parecen vivir para gustar, atraer y satisfacer a los hombres. El ser humano funciona así, reproduciendo e imitando aquello que vemos, una y otra y otra vez.

Partiendo de esta base y asumiendo que es complicado tomar decisiones de forma libre, ¿por qué tantísimos hombres siguen realizando o insistiendo en hacer ciertas cosas en la cama cuando, incluso aunque lo pidamos nosotras o no nos neguemos a ello, es evidente que no estamos disfrutando? La respuesta está en el proceso de socialización masculina, que se basa en aplastar cualquier ápice de empatía en ellos, que les aleja de cualquier tipo de educación afectiva y de cuidados. Esto explica que sean ellos los que más disfrutan en la cama, y es que se promueve que nosotras tengamos relaciones sexuales constantemente, pero el orgasmo masculino sigue siendo el elemento principal en estas relaciones, por supuesto, no fuera a ser que las relaciones recíprocas y el disfrute femenino también fueran parte de nuestra liberación.

¿Lo más curioso de todo esto? Que, precisamente cuando las mujeres nos estamos dando cuenta de que no tenemos que ser virginales ni tenemos que contribuir a nuestra propia cosificación, cuando decidimos poner nuestros propios límites y tomamos conciencia de la importancia de nuestro propio placer, nos acusan de puritanas. ¿Puritanas por ser capaces de decir que no a aquello que no queremos? ¿Por hablar abiertamente de qué nos hace disfrutar y qué no? ¿Por dejar claro que cuando se aprovechan de nosotras y cuando nos insisten y nos cohíben se trata de una violación? Tener claro qué nos gusta, qué no nos da placer y qué nos pone o no nos pone de verdad (insisto en “de verdad”, y no en qué nos hacen creer que nos tiene que poner) no nos hace puritanas, nos hace mujeres empoderadas.

Dice mucho de ciertos hombres el hecho de que se quejen de que estamos tomando conciencia de lo condicionadas que estamos y de que esto nos lleve a plantarle cara a quienes están acostumbrados a usarnos como quieren, a su antojo, como trozos de carne. Nosotras cada vez lo tenemos más claro: ni vamos a seguir aceptando las imposiciones conservadoras que nos niegan el placer ni vamos a aceptar el ser cosificadas y deshumanizadas. Nuestra liberación sexual será por y para nosotras, para nuestro disfrute, y no para someternos a las lógicas patriarcales y capitalistas que nos ven como simples cuerpos a disposición de los hombres. No queremos vuestras biblias ni vuestra pornografía, nos queremos a nosotras.

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