Por Javier F. Ferrero

Friedrich Nietzsche (Röcken, 1844-Weimar, 1900) fue uno de los filósofos más influyentes del siglo XIX, uno de los pilares del pensamiento occidental. Muchos de sus escritos se han introducido en la cultura popular, aunque algunas veces se suelen interpretar erróneamente.

Es el caso de la frase «Dios ha muerto», también referida como «la muerte de Dios». Nietzsche desarrolló su filosofía con alegorías, por lo que no se deben entender todos sus escritos de manera literal. La frase no quiere decir literalmente (y evidentemente) que Dios está muerto; es una metáfora que quiere acercar la idea de Dios no es capaz de actuar como fuente del código moral o teleológico ante los hombres.

Dios ha muerto. Dios sigue muerto. Y nosotros lo hemos matado. ¿Cómo podríamos reconfortarnos, los asesinos de todos los asesinos? El más santo y el más poderoso que el mundo ha poseído se ha desangrado bajo nuestros cuchillos: ¿quién limpiará esta sangre de nosotros? ¿Qué agua nos limpiará? ¿Qué rito expiatorio, qué juegos sagrados deberíamos inventar? ¿No es la grandeza de este hecho demasiado grande para nosotros? ¿Debemos aparecer dignos de ella?

Nietzsche, La gaya ciencia, sección 125

Desvelaba de esta manera el filósofo y pensador la imperiosa necesidad de situar a la ciencia y a la filosofía por encima de la fe, señalando el gran problema que es retener los valores en la ausencia del orden divino.

La muerte de Dios es la forma de decir que los humanos ya no son capaces de creer en cualquier orden cósmico desde que ellos mismos no lo reconocen. La muerte de Dios conducirá, dice Nietzsche, no sólo al rechazo de la creencia en un orden cósmico o físico, sino también al rechazo de los valores absolutos.

Contexto histórico de la muerte de Dios

Nietzsche fue ateo durante su vida adulta y, por lo tanto, no creyó en la existencia de un Dios. En el periodo de la Ilustración en Occidente, época en la que vivió el filósofo, el ateísmo fue posible gracias a la publicaciones clandestinas de textos de carácter ateo y a la firma con seudónimos, como es el caso de D’Holbach con El cristianismo desenmascarado, firmado con el pseudónimo par feu M. Boulanger.

El emerger de este ateísmo ilustrado, no sin dificultades o persecuciones, tiene como antecedente una creciente tolerancia interreligiosa en el régimen absolutista luego de la época de las guerras de religión en Occidente. Podría considerarse un despertar social ante la oscuridad y la falta de respuestas que la religión ofrecía en siglos anteriores. Nietzsche abrazó esta corriente hasta el fin de sus días.

El anticristianismo de Nietzsche

En 1888 Nietzsche escribió ‘El Anticristo, maldición sobre el cristianismo’. En el texto escribe sobre cómo la cristiandad se ha convertido en una ideología establecida por instituciones como la Iglesia, y, de igual manera, cómo las iglesias han fallado a la hora de representar la vida de Jesús. El filósofo distinguía entre la religión de la cristiandad y la persona de Jesús explicando la religión cristiana como si fuera representada por iglesias e instituciones a las que llamaba su «transvaloración» («Umwertung», en alemán) de los valores instintivos saludables.

Nietzsche compara y diferencia a los cristianos con Jesús, a quien admiraba de gran modo. Argumentaba que Jesús transcendió las influencias morales de su tiempo creando su propio sistema de valores, representando un paso hacia el Übermensch. Al final, Nietzsche clama, en contraste con el suprahombre, quien abraza la vida, que Jesús negaba la realeza en favor de su «Reino de Dios».

En el libro, Nietzsche analiza la historia de la cristiandad, descubriendo una distorsión grotesca de las enseñanzas de Jesús. Critica a los primeros cristianos por convertir a Jesús en un mártir y la vida de Jesús dentro de la historia de la salvación de la humanidad como motivo para dominar a las masas con apóstoles resentidos, cobardes y vulgares. Las sucesivas generaciones malentendieron la vida de Jesús, afirma, mientras la influencia de la cristiandad crecía.

Nietzsche concluye que la cristiandad se ha vuelto tan mundana al punto de hacerse una parodia de sí misma, una total manipulación de sus enseñanzas y su «buena nueva».