Sara Vicente Collado
Responsable programas prostitución de la Comisión para la investigación de malos tratos a mujeres


En el último mes hemos asistido a una reacción patriarcal brutal que merece ser comentada. 

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Un sector social dentro de la universidad, el sindicalismo y los partidos políticos neoliberales pretenden normalizar la prostitución en consonancia con las pretensiones del proxenetismo. Hablan de “trabajo sexual” y no de prostitución, de “clientes” y no de puteros, y de “libre elección” en lugar de ver que se trata de violencia sexual y explotación sexual. 

Critican la postura abolicionista de la prostitución por puritana, heteronormativa, clasista, racista y censora sin caer en la cuenta de que están instaurando un sistema social basado en el uso y abuso de las mujeres por parte de aquellos hombres que siguen queriendo hacer valer sus privilegios. 

En realidad, en estos sectores, existe un gran desconocimiento acerca de lo que es el sistema prostitucional y como se ha configurado ya como el tercer negocio no lícito a nivel mundial.

Es sorprendente el grado de frivolización y de perversión del discurso de normalización de la prostitución y merece la pena analizar las razones de la expansión de este discurso. 

La prostitución además de ser una institución patriarcal y capitalista, se configura como el tercer negocio ilícito de dimensiones mundiales que es porque el lobby proxeneta se ha encargado de tergiversar el relato sobre la prostitución. 

El discurso actual del proxenetismo ha pervertido el lenguaje y con ello el imaginario social acerca de la prostitución, trasladando a la sociedad que para ser moderno, liberal y transgresor tienes que posicionarte a favor de la prostitución definiéndola como un modelo de sexualidad de lo más transgresor. 

Sin embargo, cuando profundizas en la realidad de la prostitución observas que es una institución patriarcal destinada a mercantilizar el cuerpo de las mujeres que traslada a la sociedad que los hombres tienen derecho a acceder al cuerpo de las mujeres y las mujeres la obligación de cubrir esos derechos. 

Los escenarios de prostitución están llenos de mujeres racializadas porque los hombres que acuden a la prostitución así lo demandan y para ello el sistema prostitucional está destinando a las mujeres que emigran a la prostitución. No hay un sistema más injusto y más desigual que este. Los hombres que emigran no acaban en la prostitución como única salida. Mientras que ellos vienen a trabajar a cualquier sector laboral, las mujeres vienen a la prostitución o atraviesan por la prostitución en algún momento de su vida.  

Todo esto no es casual. No es casual que sean las mujeres las destinadas a la prostitución y los hombres los demandantes de la prostitución. 

Obedece a una educación sexual diferenciada que priva de los derechos sexuales a las mujeres, destinándolas a ser controladas y usadas o bien por todos los hombres del grupo social en la prostitución o por un solo hombre en el matrimonio. Esta misma educación sexual, sin embargo, otorga a los hombres derechos sexuales ilimitados que se han convertido en privilegios.

Bajo este modelo de sexualidad, los varones son educados y valorados socialmente por el número y la frecuencia en las relaciones sexuales, mientras que las mujeres son valoradas únicamente por sus cuerpos y por la disponibilidad sexual para los hombres. Son construidas como un ser para otros. De este modo se sustenta un sistema patriarcal heteronormativo y jerarquizado donde las mujeres no tienen derecho a una sexualidad libre, sino a una sexualidad subordinada a los derechos y deseos de los hombres. 

Este modelo de sexualidad es el que sustenta la violencia sexual contra las mujeres. 

La prostitución es la institución en donde las mujeres no tienen derecho a ejercer una sexualidad libre. No tienen derecho al deseo sexual y no tienen derecho al placer. Como dice Kajsa Ekis Ekman, la prostitución es sexo entre un hombre que desea tener sexo y una mujer que no lo desea, y esto es lo mismo que le ocurre a una mujer que ha sido agredida sexualmente. Por tanto, la prostitución no se puede definir como el ejercicio de una sexualidad libre, sino como una forma de violencia sexual contra las mujeres.

El comportamiento de los hombres en la prostitución es el que define la relación prostitucional como una forma de violencia hacia las mujeres. Y desde el punto de vistas feminista, no podemos avalar las relaciones de violencia contra las mujeres y normalizarlas.  Los hombres que acuden a la prostitución saben que abusan de su situación de poder y privilegio, saben que imponen sus deseos sexuales sobre las mujeres que no les desean y aún así deciden acudir a la prostitución. El dinero no legitima la desigualdad existente en la relación.

La voluntariedad de las mujeres para someterse a una relación de violencia no legitima esa relación de violencia en modo alguno, ni la convierte en una relación libremente consentida. Lo que define una relación de violencia es la desigualdad que allí se produce, el uso y el abuso que se establece en dicha relación con independencia de las razones dadas por las mujeres para permanecer en una relación de violencia. Las activistas contra la violencia sexual damos cuenta de los mecanismos sociales existentes para invisibilizar la violencia hacia las mujeres en todos los ámbitos, incluso para lograr que las mujeres se sometan voluntariamente a una relación de violencia antes de detectarla. 

Las abolicionistas no somos censoras, retrógradas, heterosexuales, casadas y blancas, somo feministas de todas las nacionalidades, razas y colores, de todas las condiciones sexuales, de todas las identidades, de todos los estados civiles, que tratamos de impedir la legitimación de la violencia hacia las mujeres y la expansión de la prostitución como institución porque consideramos que ha de acabarse con los privilegios masculinos de acceso a nuestros cuerpos por imposición, por educación social, por obligación, por que es lo que se espera de nosotras o por dinero. Abogamos por una sociedad libre de violencias hacia las mujeres y de instituciones que nos convierten en mercancías de uso y abuso. Por eso hemos definido que la prostitución no es trabajo sexual, sino violencia sexual y contra ella hay que actuar igual que actuamos contra el resto de formas de violencia machista: deslegitimarla y generar los mecanismos para erradicarla o abolirla sin criminalizar en ningún caso a las mujeres en prostitución. 


Sara Vicente Collado, representante de Ehuleak Navarra. Responsable de los programas de prostitución y trata de la Comisión para la Investigación de Malos Tratos a Mujeres (CIMTM)