Xoan Bascuas

Creo que somos mayoría los que pensábamos que el logotipo del Partido Popular era una gaviota. Pero no, no lo es. Es un charrán. Fernando Martínez Vidal, el creador del logo del PP, tardo 26 años en convencer a sus compañeros de que el pájaro en cuestión no era lo que todo el mundo se empeñaba en hacer ver. Sólo la aplicación de la ley de partidos obligó el año pasado a deshacer la confusión, fruto de la proverbial tozudez de Fraga, emperrado en decir que el ave en cuestión era una gaviota.  

 

Puede parecer que no tiene importancia alguna, pero este matiz ornitológico, esta disquisición sobre un diseño, puede ser el hilo conductor que me permita algunos aspectos sobre el PP que nos espera en un futuro inmediato. 

En el anterior Congreso del PP, en 2017, sus compromisarios acordaron que el símbolo que acobija a sus siglas es un “charrán, comúnmente conocido por todos como gaviota”. Esto es, resolvieron la cuestión diciendo que algo, que es distinto, es lo mismo que lo que vinieron diciendo toda la vida que era y que resulta que no es. Puede parecer un trabalenguas del que Groucho podría parecer su autor, pero si se lee con tranquilidad, se podrá observar que así es como el Partido Popular resuelve todos sus debates. Por lo menos, en su último Congreso. 

Pablo Casado no es otra cosa que ese charrán al que también podemos llamar gaviota. No se debate sobre sobre el aborto, sobre el modelo territorial del Estado, sobre la vuelta atrás en el Código Penal o sobre los derechos de la mujer. No hay discusión sobre la posición ideológica debe asumir el partido. Con la elección del líder se asume su pensamiento político. Y ahora aquel centro reformista gaviota está viajando a la derechona charrán, pero seguirán diciendo que es una gaviota.  Al fin y al cabo, vivimos tiempos en los que no importa tanto lo que se es, como lo que se aparenta ser: en política hoy se puede acuñar el eslogan de “Somos la izquierda”, sin moverte un ápice de tu conservadora forma de proceder; se puede presumir de organización horizontal, a pesar de promover la idolatría al líder; se puede apelar a un centrismo propio de la transición, con una argumentación más próxima al de Fraga que al de Suárez. 

El discurso de la apariencia ha jugado su primera parte a domicilio. Volver al discurso duro, firme y pétreo es el pegamento más solvente para reafirmar a un colectivo con la autoestima trastocada después de ser desalojados del gobierno. Por eso los dos candidatos se centraron en expresar su españolía hipertrófica, su amor exacerbado por las víctimas del terrorismo, su acerado compromiso con las libertades individuales y su populismo antipopulista. 

Hay quien dice que este PP se parece más a la vieja Popular que nunca. Puede ser. Pero que nadie descarte que el discurso de Pablo Casado se modere contundentemente a medida que se aproximen las elecciones. Una cosa es el militante aguerrido del PP y otra cosa es su elector. Y volveremos a este juego del charrán que es una gaviota. O al del azul que parece naranja según el prisma con el que se mire. 

La desvergüenza de Pablo Casado, a estas alturas de la película, no sorprende a nadie. Y reúne la capacidad comunicativa suficiente como para variar el mensaje con una mínima credibilidad. Al fin y al cabo, la primera acepción de “charrán” en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua es la de “pillo, tunante”. 

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Comprometido, y mucho, con su país y con las causas que entiendo justas. Profesor na EU. de Traballo Social y alumno de cualquiera que tenga algo que enseñar. Presidente de Compromiso por Galicia.

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