No estamos en venta

Cynthia Duque Ordoñez

Hace unos días Lili abrió los ojos por última vez. No voy a decir que muere, porque no “muere”, a Lili la mataron. La mató la leucemia no diagnosticada, la violencia sexual y palizas a manos de puteros, los puñetazos de su proxeneta y la mató el excelentísimo ayuntamiento de Barcelona con su indiferencia. Un ayuntamiento promotor de legalizar la prostitución y que ha convertido Barcelona en el paraíso de las mafias y de los puteros.

Lili, era victima de trata desde hacía cinco años, cuando vino a España chantajeada por una mafia que tenía a sus hijos como rehenes. Muchas veces se acercó a los vecinos del barrio, donde era esclavizada sexualmente, ellos alertaron a las asociaciones pertinentes que pusieron su situación en conocimiento del consistorio. Sin embargo, el ayuntamiento se negó a hacer nada para evitar su trágica vida y muerte porque Lili no presentaba denuncia. ¿Cómo iba a hacerlo si la amenazaban con matar o hacer daño a sus dos niños pequeños que tenía en Rusia?

Lili, vivió sola, aunque estaba rodeada de gente. Lili fue violada durante 16 horas diarias durante los cinco años que vivió en España. Su único consuelo era hablar y sonreír a los niños que pasaban por la calle, niños que le recordaban a sus dos pequeños que crecían sin su amor a miles de kilómetros y de los cuales nada sabía, ni de los cuales se pudo despedir. Niños que no saben que su madre murió sola porque en la sociedad capitalista a casi nadie le imputa una puta. Viva y muerta solo ha importado a unas personas, a sus vecinos que se han ofrecido a pagar su entierro. No quieren que vaya a una fosa sin nombre.

La muerte de Lili en estas circunstancias no es la primera y si no somos capaces de hacer frente a la violencia sexual normalizada tampoco será la última. La prostitución es la mayor expresión de violencia y misoginia contra las mujeres y las niñas, una institución patriarcal que mueve anualmente en España cinco millones de euros. Es un comercio construido por y para los hombres, donde nosotras somos la materia prima.

La Organización Internacional del Trabajo estima en 4.5 millones de personas son explotadas sexualmente en todo el mundo y el 90% de ellas son mujeres y niñas. Vendidas por sus familias, coaccionadas y secuestradas o empujadas por esa inmensa libertad que te da no saber si mañana vas a poder comer o si te van a desahuciar.

“Esposa o puta” ha sido un binomio empleado por el sistema económico capitalista para clasificar y oprimir a las mujeres en base a su sexualidad y a los roles de género creados e idealizados por los hombres sobre la sexualidad de las mujeres. De fondo la capacidad reproductiva y sexual ocupan la centralidad del modelo: la mujer es utilizada para parir a la prole o para dar placer al hombre. Se institucionaliza el matrimonio para conseguir sobre todo lo primero y se normaliza la prostitución para lo segundo. Hoy la ciencia al servicio del sistema ha borrado la necesidad de la “esposa” para que el varón tenga a su prole legítima, solo se necesita algo más de dinero para avanzar en la explotación sexual de la mujer prostituida, de la puta, para hacer de ella la vasija que creará y parirá a los hijos del patriarcado que le arrancaran. Solo un descerebrado carente de empatía y por su puesto de conocimientos básicos de psicología y biología puede defender que una mujer lleve una vida dentro nueve meses y nada más parir le quites a su cría sin sufrir. Obviando los riesgos físicos, cambios hormonales, físicos y psíquicos que para la mujer supone un embarazo. ¿Le quitaríais a una loba recién parida a sus cachorros? Seguro que alguno tiene mejores sentimientos para una loba o una perra que para una persona. Así es el posmodernismo, nos escandalizamos con el cambio climático, pero aceptamos que un hombre maduro compre el consentimiento de una mujer casi adolescente o que un hombre viaje a un país pobre y/o en guerra civil como Ucrania para usufructuar a una mujer joven menor de 30 años que necesita dinero para dar de comer a sus hijos. Vivimos tiempos en los cuales los actores hacen públicamente campaña para adoptar mascotas al tiempo que trafican con niños. Vivismos tiempos de hipócritas.

Los vientres de alquiler es violencia contra la mujer y sus hijos. No solamente vulnera su dignidad, derecho a la integridad física y moral, derecho a decidir sobre su propio cuerpo o el derecho a la filiación materna, también constituye trafico de menores, a éstos les roba la posibilidad de conocer sus orígenes y deja en manos de quienes no son aptos para adoptar (pedófilos, maltratadores, violadores, etc.). No es una técnica de reproducción asistida, está prohibida como tal en la ley, y supone la cosificación del cuerpo de la mujer, su mercantilización y la de sus hijos que son comprados y vendidos. Los hombres y mujeres que compran mujeres elegidas por catálogo, cual vaca de cría, para preñarlas, decidir sobre sus cuerpos y vida durante 9 menes como mínimo -si no abortan el feto sin el consentimiento materno porque su sexo no sea del agrado del comprador- no son asistidos para ser padres, sino que compran varios seres humanos como si fueran fríos objetos sin sentimientos ni sueños.

La explotación sexual de mujeres con fines reproductivos es todavía más jugosa para el sistema capitalista que la prostitución, de ahí su interés en internacionalizarla. Se estima que genera 6.000 millones de euros anuales de beneficios para aquellas empresas que hacen de nuestro cuerpo y mente su negocio. Empresas que al ser su actividad ilegal son inscritas bajo otros objetos sociales en España, como por ejemplo inmobiliarias, de manera que puedan llevar a cabo su fraudulenta actividad. ¿A qué esperamos para juzgar a vendedores y compradores por trafico de personas y explotación sexual?

 

Los derechos fundamentales no son objeto de transición mercantil. No espero que todos lo entendáis, solo espero a que algunos os juzguemos por penetrar nuestro cuerpo sin consentimiento, por humillarnos, por torturarnos y por robarnos a nuestros hijos e hijas y venderlas al mejor postor.

Prostitución y vientres de alquiler son practicas que ahondan en nuestra discriminación sexual y nos alejan de la igualdad real, por estos motivos necesitamos una ley integral contra la explotación sexual.

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