Sandra Díez Guerrero
Asamblea Abolicionista de Madrid


Este sábado 26, el Instituto Sexológico Murciano ha celebrado el curso sobre asistencia sexual que anunciaron hace unas semanas. El propósito de la entidad, según ellos mismos, era la formación de personas interesadas en “actuar” como asistentas sexuales. La cuestión de la “asistencia sexual” ha surgido hace pocos años atrás, como una actividad destinada a cubrir las “necesidades” sexuales de las personas con discapacidad. Sus defensores han recalcado que no se trata de prostitución y que cumple una función “social” porque estas personas requieren a alguien que les “ayude” a vivir su sexualidad.  Puede ser una caricia, un beso o una masturbación, todo después de un intercambio económico. ¿En qué se diferencia entonces de la prostitución?   

Este es solo uno de otros tantos intentos de hacer pasar por algo distinto lo que es prostitución (sugar daddy, chicas de “compañía”). Diferentes formas de nombrar la misma cosa, adaptadas a diferentes públicos, pero cuyo resultado es la explotación de mujeres y la reproducción de la idea que convierte los deseos de los hombres en “necesidades” que las mujeres deben satisfacer. En este caso concreto se intenta pasar por un derecho de las personas con discapacidad algo que no lo es y que la mayoría no demanda. Por ello, muchas asociaciones y personas con discapacidad se han posicionado en contra, como la Unidad Progresista de Apoyo a la Discapacidad y la Dependencia. Quienes padecen una discapacidad tienen derecho a vivir una sexualidad libre, pero con personas que deseen mantener relaciones con ellas. Convertir los deseos en derechos es uno de los mecanismos más empleados por la ideología neoliberal, y que ataca específicamente a las mujeres en cuestiones como la explotación sexual y reproductiva. 

Los defensores de esta práctica reivindican los derechos sexuales de las personas con discapacidad. Los derechos sexuales y reproductivos son parte de los derechos humanos, y otorgan a las personas el derecho a vivir su sexualidad de manera libre y saludable. Este reconocimiento no significa que deba existir en la sociedad un grupo de mujeres destinadas a satisfacer la sexualidad de los hombres. El derecho de las mujeres a vivir su sexualidad libremente y sin violencia, ni ningún tipo de coacción de cualquier índole, parece que no es relevante, porque lo que las mujeres deseen o con quien deseen estar no es tan importante como satisfacer lo que quieran los hombres. Este paradigma no es nuevo, sino que constituye uno de los principales privilegios masculinos en la sociedad patriarcal. 

Lo preocupante es que ahora se intente presentar como “transgresor” lo que es la forma de explotación más brutal que sufren las mujeres. Se apela al chantaje emocional y se instrumentaliza a quienes padecen una discapacidad para presentar la existencia de la “asistencia sexual” como algo inevitable y básico para que estas personas desarrollen su vida. El discurso de sus defensores es malicioso y manipula en varios sentidos. Llegan a afirmar que si la motivación es solo económica se descarta a la persona. Pero una afirmación como esa es pura fachada. La “asistencia sexual” establece un intercambio económico y ofrece un “servicio”, luego no es una relación deseada por las dos partes.

A la vez que afirman que las personas con discapacidad son deseables, cuestión que no se pone en duda, exigen que se les provenga de un servicio de sexo por dinero. ¿Si son deseables por qué necesitan pagar por “sexo”? Son ellos mismos quienes estigmatizan a las personas con discapacidad si promueven la idea de que no pueden tener relaciones sexuales sin pagar por ellas. Su lucha debería tener como objetivo, si realmente están preocupados por la sexualidad de estas personas y no en poner en marcha un negocio, derribar falsos mitos y combatir el estigma.   

Pero el objetivo vuelve a ser normalizar la idea de que los hombres tienen unas necesidades sexuales que deben ser aliviadas a toda costa, o, mejor dicho, a costa de los derechos de las mujeres. Tandem Team (asociación nacida en 2014 para defender esta cuestión) concedió en 2015 una ponencia sobre la “asistencia sexual”. En ella participaron el fundador y presidente de la asociación y la gerente de esta (puestos que ocupaban en ese momento, pero no en la actualidad).  Él cuenta (minuto 11:30)  que su propia madre se alegró de que fueran a poner en marcha este proyecto porque en una ocasión una mujer le había contado que tuvo que masturbar a su hijo con discapacidad. Con esta “anécdota” se pretende plantear un conflicto moral injusto y ficticio que haga ver la “asistencia sexual” como algo inevitable.  O una “asistenta sexual” o su madre.

Se trata de un intento vil por mantener esa falsa creencia de que la sexualidad de los hombres debe ser satisfecha de cualquier forma, aunque sea la propia madre la que se vea obligada a hacerlo. En el debate de la prostitución es ya inexcusable no poner el foco en la responsabilidad de los hombres que consienten en mantener cualquier relación de carácter sexual con mujeres que sin la presencia de dinero no accederían a ello (por mucho que los defensores lleguen a afirmar que hay un “deseo mutuo”). La relación de poder que existe entre hombres y mujeres se manifiesta aquí de manera clara. Si se normaliza que todos los deseos sexuales de los hombres deben encontrar una mujer dispuesta a cumplirlos, aunque sea la propia madre, entonces se acepta que debe existir un grupo de mujeres disponibles, cosificadas, explotadas y por tanto privadas de todos sus derechos para mantener los privilegios masculinos de la prostitución. Él mismo explica (minuto 20:00) que están recibiendo llamadas de personas sin discapacidad que buscan este “servicio”, y que ellos hacen una “apuesta” para que este servicio no sea solo para la diversidad funcional, sino que “esta figura se exporte a la población en general” (Minuto 19:50).

La agenda abolicionista del feminismo afronta varios intentos por parte de los defensores de la prostitución de presentar la explotación de las mujeres como prácticas específicas que nada tienen que ver con mercantilizar la sexualidad y a las mujeres. Son nuevos términos dirigidos a diferentes públicos con discursos bien definidos pero todos ellos con el objetivo de legitimar la prostitución. Por ello, el feminismo no debe bajar la guardia y caer en la trampa de creer que la “asistencia sexual” es algo diferente. Es otra más de las formas de legitimar que la sexualidad de los hombres es incontrolable y que las mujeres deben complacerla. Es violencia machista contra todas. 


Sandra Díez Guerrero, Asamblea Abolicionista de Madrid