Mariana Robichaud
Militante de Izquierda Unida y del PCE 


Lo vemos todos los días en todas partes. En las camisetas con eslóganes feministas hechas por mujeres explotadas. En la publicidad de grandes empresas altamente contaminantes que ahora venden productos reciclados para hacernos creer que existe un consumo ético bajo este sistema. El capitalismo y sus defensores fagocitan todo aquello que puede acabar siendo rentable, incluso si esto supone tratar de apropiarse de movimientos sociales que, en realidad, por su propia naturaleza se oponen a dicho sistema. Recientemente, un caso obvio está siendo el del feminismo, y por ello no podemos dejar de insistir en lo que ya sabemos: la lucha feminista es necesariamente anticapitalista. Es hora de dejar claro que no se puede ser feminista y de derechas. Que eso del “feminismo liberal”, que algunos y algunas parecen querer liderar desde que notaron que podían usar esta lucha social como reclamo, es un oxímoron, además de un insulto a todas aquellas personas que lucharon y luchan por los derechos de las mujeres. ¿Por qué? Porque las lógicas capitalistas, que se basan en la explotación, la extracción de plusvalía y la obsesión por la producción a costa de todo, afectan en especial a las mujeres. Porque ninguna mujer obrera será libre mientras siga existiendo un sistema que las domina y las somete a su voluntad. 

A estas lógicas que anteponen la producción a la vida, que basan el crecimiento desmedido en la explotación de una clase mayoritaria (trabajadora) por una minoritaria (la burguesa), que destruyen el planeta en el que vivimos con tal de seguir lucrándose, se suman otros mecanismos profundamente patriarcales que se construyen sobre la división sexual del trabajo, algo esencial para sostener el capitalismo. Esta división sexual, tan necesaria para el sistema, se basa en los roles que se asignan a hombres y mujeres para que las dinámicas de explotación y de producción descontroladas sigan creciendo. Esta división consiste en la asignación de diferentes tareas en función del género, según la cual son los hombres quienes están destinados a cumplir con las tareas productivas, es decir, con toda la carga laboral. Se presupone que son ellos quienes tienen que cumplir con los roles propios de la esfera pública (el mundo laboral, el ámbito político y sindical, etc.), mientras que las mujeres han de encargarse de las tareas reproductivas, de los cuidados (como la familia o las tareas del hogar). De este modo, recae sobre ellos todo el trabajo de abastecer a la familia, de proveer los recursos materiales necesarios, y sobre nosotras el de garantizar el desarrollo y el bienestar ajeno. Lejos de ver los cuidados como una carga, debemos asumir que tienen un valor incalculable, y que todas y todos tenemos derecho a recibirlos y deber de cumplirlos. Que el hecho de que no cuenten con una remuneración, como sí ocurre en el caso del trabajo productivo, no les resta importancia alguna. Así pues, ya que tanto las tareas productivas como las reproductivas son necesarias, el capitalismo se asegura de que ambas partes cuentan con unas funciones asignadas, de modo que, mientras unos siguen siendo explotados para sustraer la plusvalía, otras se quedan en casa asegurando el mantenimiento y la creación de nueva vida, de la cual se espera que cumplan con estas mismas tareas en el futuro: que una se encargue de todo lo doméstico para que el otro pueda seguir generando riqueza que le será extraída. Resulta paradójico porque es un modelo, en realidad, insostenible para la vida digna, especialmente cuando es necesario que ambas partes trabajen para contar con los ingresos necesarios. ¿Qué pasa entonces? Que, para asegurar los cuidados, ya que es imposible conciliar debido a los horarios y los sueldos actuales, o bien alguien asume únicamente el rol doméstico, algo que suele esperarse de nosotras (como ocurre en la gran mayoría de casos), lo cual supone menos ingresos, o trabajan ambas personas y nadie puede hacerse cargo de los cuidados, en cuyo caso se busca a alguien que los asuma, que suele ser una mujer migrada, con todas las connotaciones de clase, género y raciales que ello supone. Por todo esto, resulta evidente que toda persona o entidad que no se oponga claramente al sistema capitalista, que se construye sobre estos principios, no puede considerarse realmente feminista, pues no se posiciona en contra de las dinámicas patriarcales. 

Una vez aclarado esto, es necesario recordar también que bajo ninguna circunstancia pueden calificarse de feministas quienes defienden prácticas como alquilar mujeres, ya sea para usar su cuerpo para satisfacción propia o para utilizarlo como fábrica de niñas y niños, algo que la derecha neoliberal defiende vehementemente. ¿Cuáles son los principales problemas del alquiler de vientres? Evidentemente, el hecho de que convierte el cuerpo femenino en una mercancía, en un objeto de consumo. Una vez más, las mujeres dejamos de ser consideradas personas para que el mercado nos ponga un precio. Las mujeres no somos incubadoras y nuestros cuerpos no existen para la satisfacción ajena. Vernos como un medio y no como un fin, sin duda, no contribuirá de ninguna forma a la liberación de las mujeres. Tener hijas/os no es un derecho, así como alquilar cuerpos de mujeres y comprar bebés tampoco lo son. No puede pasarse por alto, además, el hecho de que estos fenómenos siempre se basan en aprovecharse de las mujeres de clase trabajadora. Si el capitalismo sigue garantizando que las mujeres obreras continuamos siendo aquellas en situaciones más precarias, que nosotras seguimos siendo el sector más pobre de la sociedad, este sistema se asegura de que puede continuar utilizándonos a su antojo. 

Algo similar ocurre, en muchos sentidos, con la prostitución, y por ello es tan necesario promover medidas abolicionistas (que no prohibicionistas). Solo poniendo el foco en que los hombres no tienen derecho a usarnos como objetos, a utilizarnos para satisfacer su deseo sexual cuando este no sea mutuo, podremos educar de manera adecuada a la sociedad. El sexo siempre ha de ser deseado por todas las partes, cuando exista una atracción recíproca, y no por necesidad económica. Cuando una de las partes es consciente de que el deseo no es mutuo, que la otra persona no se acostaría con él en circunstancias normales, se está cometiendo una violación, y el hecho de que haya un pago de por medio no debería hacer que dejara de considerarse como tal. Que tantos hombres estén dispuestos a acostarse con personas que no sienten atracción por ellos dice mucho de lo terrible que es la socialización diferenciada en base al género, que construye masculinidades en las cuales la empatía no tiene cabida. 

Otro asunto que divide claramente a izquierda y a derecha es el del aborto. Esta última se compone de aquellos quienes defienden el uso ajeno del cuerpo de las mujeres y nos niegan el control sobre nosotras mismas y nuestro derecho a abortar. Una vez más, nos dejan claro que nuestros cuerpos no son nuestros, que ellos tienen derecho a decidir qué podemos o no hacer con estos. La derecha nos quiere negar la autonomía sobre nosotras mismas para utilizarnos a su antojo y también quiere arrebatarnos nuestra decisión de estar o no estar embarazadas, y es que siguen pensando que nuestra función y nuestro deber en la vida es ser madres. Quienes conformamos la izquierda defenderemos siempre el aborto libre, seguro y gratuito, pues lo entendemos como un asunto de salud pública. 

Todas estas prácticas, que subyugan a las mujeres, son herramientas de dominación del patriarcado sobre nosotras. Además de usarnos a su antojo, cuentan con un claro componente psicológico que sirve para hundir nuestra autoestima y para recordarnos cuál es nuestra función en la sociedad según este sistema. Nos indican que existimos para servir a otros, nos recuerdan que ese es nuestro lugar en la jerarquía social actual. 

Por todo ello, si bien está bastante claro para la mayoría que las derechas siempre apostarán por arrebatarnos libertades y derechos a las mujeres, ya que no encajamos en sus modelos ideales conservadores y reaccionarios que la Iglesia tanto promueven, lo cierto es que siguen existiendo aquellos que, lejos de renegar del feminismo, tratan de ponerse dicha etiqueta, pues saben que su público objetivo, aquel en el que pueden conseguir votantes, tiende a sentir confianza por quienes afirman tener un compromiso firme con esta lucha social, pero lo cierto es que sus propuestas están lejos de ser feministas. ¿Quiénes son estas personas? Aquellos que no se posicionan firmemente en contra de fenómenos claramente patriarcales (y tremendamente clasistas), como son el alquiler de vientres o la prostitución. Aquellos que tienen un discurso vacío que tan solo apela a la emoción, que aprovechan las situaciones de forma oportunista y que no son contundentes con estos temas en su programa. 

¿Qué se puede concluir de todo esto? Que ningún parche puede solucionar problemas estructurales por completo. Que, en un sistema injusto por naturaleza, basado en la explotación de una clase por la otra, hemos de pensar siempre en acabar con este como finalidad última, no en reformarlo y dejar de luchar por un nuevo modelo más justo, más humano. Sin un claro posicionamiento anticapitalista, cualquier postura o medida que se diga feminista estará incompleta, tal y como ocurre con otros movimientos como el ecologista o el LGBT. Al fin y al cabo, las mujeres obreras seguiremos estando explotadas mientras sigan existiendo los capitalistas, y es por ello que la lucha de clases es claramente necesaria para el movimiento feminista y que tiene que estar presente a la hora de legislar, de educar, de militar y hacer activismo. 

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1 Comentario

  1. en todos ls lados cueces habas
    pero son ls hombres ls que matan
    aunque la sororidad pueden ser hembrista si es ciega
    hace realmente falta, empatia asertividad ecuanimidad objetividad y pedagogia antes que nada

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