Elena Blasco Martín
Secretaria confederal de Mujeres e Igualdad de CCOO


No todo vale, algo que no podemos asumir ni dejar que nos pase, es la involución. La filósofa feminista francesa Simone de Beauvoir –la semana pasada celebrábamos los 111 años de su nacimiento- lo expresó muy bien en esta cita: “No olvidéis jamás que bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados. Esos derechos nunca se dan por adquiridos. Debéis permanecer vigilantes durante toda vuestra vida”. Esa temible realidad, que nos retorna a tiempos ya pasados, que creímos olvidados y que desgraciadamente como el resto de los episodios históricos, vuelve con una de sus versiones más dramáticas, atroces y temibles que suponen el odio, la violencia y la infravaloración de las mujeres.

Fotografía de Txefe Betancort

Hoy nos situamos en una esfera internacionalista en donde las palabras igualdad de género, brecha salarial, heteropatriarcado y violencia machista forman parte del vocabulario colectivo, y no podemos dejar que términos como “feminazi” o adjetivos descalificativos a las reivindicaciones y al trabajo que cientos de miles de mujeres llevan desarrollando durante años, vayan calando en la población y termine germinando un bulo, un gusano, que ya ha resultado eficiente en otras ocasiones.

Las mujeres hemos tenido que soportar ser despojadas de nuestras aspiraciones ante la obligación de cuidar de nuestros mayores y menores; el no poder elegir nuestro destino, nuestra profesión o nuestro propósito en la vida; hemos sido dibujadas y personificadas como curanderas, hechiceras, provocadoras de malas cosechas, enfermedades y locuras de toda índole; hemos sido juzgadas, castigadas, abrasadas, arrogadas al abismo de la pobreza, la indiferencia y, todo, por el mero hecho de ser mujeres.

El auge del feminismo -que tuvo una de sus mayores manifestaciones sociales el pasado 8 de Marzo y cuyos ecos aun siguen vivos- alertó a la caverna mediática, política, económica y cultural que pretende seguir viviendo bajo un sistema sustentado en el poder y por encima del sentir y padecer de la mayoría de la población.

Vemos como cada día se ataca de manera más evidente ya no solo al feminismo, a la propia lucha de las mujeres o a sus justas e indispensables reivindicaciones, sino también a los avances -logrados a base de sufrimiento y de clamor de miles de víctimas- que se intentan socavar y enterrar. En esta tesitura, algunos dirigentes políticos intentan mendigar votos al volver hablar de “violencia doméstica” o de “actos violentos contra hombres a manos de mujeres”.

No podemos abordar el asunto como “ideología de género” sino como defensa de los derechos humanos, ante el ataque constante e interesado de algunos políticos con el objetivo de mancillar ante la sociedad las reivindicaciones de las organizaciones sindicales y feministas, unas dentro del mundo del trabajo que las convierten en eje del cambio laboral y otras como un motor social clave, harán posible que la libertad y la justicia, que deben proteger el sistema democrático, puedan consolidarse en nuestro país ante estos años de incertidumbre política.

Esta estrategia de desinformación no persigue otro fin que el de desmembrar a los movimientos que remueven la sociedad o intentan cambiar el statu quo de estamentos financieros y eclesiásticos que ven peligrar su poder político y económico.

La revolución violeta en un país interesadamente radicalizado –y donde muchos ven con temor el reconocimiento de las mujeres como iguales-, el discurso de la protección a los hombres como víctimas de violencia es un nuevo intento de abrir un debate inexistente y sin fondo que remueve el sentir del macho dominante que se ve en retroceso ante la reivindicación de aquéllas que no ven como iguales y, de repente, ante el levantamiento de las mujeres florecen ideales fascisto-eclesiásticos que resurgen como una enfermedad.

La violencia contra las mujeres no tiene raza, edad, profesión, origen social o cultural, no existen fronteras, es multifacética y nuestro país esta obligado por legislación nacional e internacional a prevenir, proteger, asistir y reparar. Es por eso que hay que pedir responsabilidad a los dirigentes políticos que aún tienen un poco de cordura o que representan a miles de mujeres que no están en absoluto de acuerdo con lo que hoy se está removiendo con lamentables intereses partidistas.

Las mujeres estamos aquí para quedarnos, hemos estado siempre y estaremos aun después de todos estos cantos agónicos de un heteropatriarcado que ve como cada vez se aleja más y más del dominio político y social que durante siglos ha ostentado.

Podéis mentir, podéis vilipendiar, pero no podéis convencer ni tampoco podréis hacernos retroceder. El derecho a la igualdad y la no discriminación es un derecho fundamental y el atentar contra él, y no actuar para evitarlo supone acabar con el Estado de Derecho, dejando fuera al 50% de la población, dejando fuera a los derechos humanos.

Por todas las niñas y niños de hoy, semilla de un futuro igualitario, y por aquellas que han dejado su vida defendiendo sus derechos, no nos vamos a rendir, haceos a la idea: cada día es 8 de Marzo. Fijaos bien: nos vemos en las calles y en los centros de trabajo porque nos queremos vivas, libres y unidas (#VivasLibresUnidas).

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Licenciada en Geografía e Historia por la Universidad Complutense de Alcalá de Henares (Madrid). Es Máster en Salud y Seguridad en el Trabajo, Técnica Superior en Prevención de Riesgos Laborales (con las tres especialidades por el Centro Universitario de la Salud Pública de la Universidad Autónoma de Madrid), Máster Gestión Medioambiental en el sector de la construcción por la Universidad de Santiago de Compostela, Máster en Energética de la Edificación por la Universidad de Extremadura, Máster en Género y Políticas de Igualdad y Máster en Liderazgo, Comunicación y Dirección de Organizaciones por la Universidad Rey Juan Carlos. En 2003 es nombrada secretaria de Derechos Fundamentales de la Federación Estatal de Construcción, Madera y Afines de CCOO. Además, ha sido secretaria de Salud Laboral y Medio Ambiente de CCOO de Construcción y Servicios, miembro de la Comisión Nacional de Seguridad y Salud en el Trabajo, de la FETCM del grupo de Coordinación de Seguridad y Salud y vocal del Consejo General del Instituto Nacional de Seguridad e Higiene en el trabajo. Patrona de la FLC (Fundación Laboral de la Construcción), Fundación CEMA (Fundación Laboral del Cemento y Medio Ambiente) y de la FEPRL (Fundación Estatal para la Prevención de Riesgos Laborales). En el 11º Congreso Confederal de CCOO de 2017 es nombrada secretaria confederal de Mujeres e Igualdad de la Confederación Sindical de Comisiones obreras. Es responsable de la edición de la revista Trabajadora y forma parte del Patronato de la revista Gaceta sindical: reflexión y debate y de la Fundación 1º de Mayo de CCOO. Ha participado en numerosos artículos, ponencias y cursos en materia de igualdad de género en el ámbito laboral y sindical.

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