Iria Bouzas

Leo como muchas personas esperanzadas comentan en las redes sociales como nos va a cambiar para mejor esta experiencia colectiva por la que estamos pasando.

Echamos tanto de menos salir a la calle y estar con otras personas que muchos creen que esta crisis sanitaria va a servirnos para encontrar el verdadero sentido a la vida y que vamos a madurar como sociedad y como individuos de una forma que nos permitirá vivir hasta el final de nuestros días centrándonos en lo verdaderamente importante.

Desearía que fuese así, pero lo dudo mucho.

No me las quiero dar de pitonisa, pero estoy totalmente convencida de que en cuanto todo esto haya pasado volveremos a ser lo mismo que hemos sido siempre. Una sociedad hedonista, individualista, superficial y vacía.

Es cierto que estamos viendo comportamientos admirables en medio de todo este desastre que nos está tocando vivir, pero no se engañen, esas personas a las que aplaudimos y llamamos “héroes sin capa” ya eran así mucho antes de que la pandemia esta nos cayese sobre las espaldas.

Siempre ha habido gente buena. Gente solidaria y comprometida que han dotado a sus vidas de contenido a base de volcarse en ayudar a los demás. Pero hasta hace unos días para muchos de los que ahora les aplauden, no eran más que unos pringados, unos pesados y unos perdedores que no hacían más molestar solicitando colaboración para sus causas a personas demasiado ocupadas para dedicar un minuto en atenderles.

Nos preocupan mucho los abuelos, son los más vulnerables frente al virus.

Pero hasta hace unas semanas muchos mayores en este país estaban casi abandonados pese a tener familia. Aparcados y aislados en una esquina reclamando alguna muestra de cariño o de afecto que les ayudase a aliviar la soledad.

Y no dudo que todos queramos a nuestros mayores, en absoluto, pero en la sociedad que hemos construido tienen poco encaje. Vamos rápido, demasiado rápido, y ellos van mucho más lento. Tenemos que trabajar, comprar, llevar a los niños a mil actividades y hacer cosas muy importantes. Y todo esto consume un tiempo que llamamos precioso, pero al que le damos un valor muy cuestionable.

¿De verdad pensamos que vamos a cambiar solo porque ahora mismo lo estemos pasando mal?

Tengo malas noticias, están pensando ustedes como un concursante de esos famosos que se encierran en una isla del Caribe y que al volver afirman que son otra persona. Normalmente los cambios que prometen no les duran ni quince días.

El otro día, sentada en mi terraza escuchaba hablar a una vecina que estaba desde la suya llamando compulsivamente a una persona tras otra. Las conversaciones eran tan breves e insustanciales que me hicieron sospechar que solo eran una forma de matar la ansiedad del encierro. Ninguna pregunta interesándose de verdad por la situación del otro, nada. Solo cháchara vacía y rápida para pasar a la siguiente llamada.

Mi madre, mayor y enferma, está en una residencia. La llamo todos los días en cuanto termino de trabajar.

Hablamos de la manta que está tejiendo, le riño si me entero que no está comiendo como debe o recordamos a mis abuelos un ratito.

Pero no la llamo porque estemos en medio de una pandemia. Llevo hablando diariamente con mi madre desde que me fui de casa. Absolutamente todos los días de mi vida hemos terminado la conversación con un “te quiero” y un “y yo a ti”.

Ahora, en medio de esa crisis, esas llamadas no están cargadas de desesperación ni de miedo. Son lo normal en nuestra relación.

Y en cuanto pueda iré a verla para sentarnos en la terraza de su residencia a recordar cómo íbamos cantando por la calle cuando me sacaba a pasear de niña.

También tengo un mejor amigo, al que siempre veo menos de lo que quisiera, pero con el que intento que no pase mucho tiempo sin hablar. Y él hace lo mismo conmigo. Ahora, para pasar el encierro, nos hemos apuntado a un juego online en el que me pega unas palizas de órdago y estamos planeando escribir algo a medias a ver qué tal se nos da la cosa. Da igual si le mando un chiste o él me manda el link a una canción. Simplemente estamos ahí.

 Si queremos cambiar, este cambio no puede hacerse solo desde la desesperación de salir de esta situación.

Por supuesto que todos queremos que esto termine y que las personas dejen de enfermar cuanto antes.

Pero estamos aquí, es lo que nos ha tocado vivir y, normalmente, los cambios no se producen de repente y de forma milagrosa.

Ahora tenemos mucho tiempo disponible.

Seguro que podemos permitirnos dejar de limpiar el horno compulsivamente una y otra vez y sentarnos para mirar hacia adentro.

Mirarnos tranquilamente y escuchar a ver que tenemos que decirnos. Una vez que nos escuchemos estaremos de verdad en posición de empezar a cambiar.

Ese ejercicio lo hago muy a menudo, pero ahora con una intensidad mucho mayor. Y estoy dándome cuenta de que hay muchas cosas que me tengo que decir y que parecía no estar dispuesta a escuchar.

Hay mucho silencio a mi alrededor voy a aprovecharlo para tener una conversación larga y sincera conmigo misma a ver si cuando salgamos de esta, que saldremos, puedo ser una persona mejor y a la vez más feliz.

Por favor, cuídense mucho.